Me encuentro con Leila y Ulrich en el pasillo. Ambos tenían los ojos llorosos.
—¿Qué pasa? —pregunto confundido.
Los dos me miran con cara de orgullo y emoción.
—Sabemos que has tocado el piano. Se ha escuchado desde aquí —dice mi hermana, sonriendo.
—Estamos orgullosos de ti, Liam —añade Ulrich, frotándose los ojos.
—Pues no os hagáis ilusiones... no pienso volver a tocar —respondo, seco.
—¿Por qué? —gritan los dos a la vez.
—Porque… —vacilo, sin saber si contarles lo que pasó con Nadine— ...porque hay demasiada gente por aquí.
Ulrich sigue mi mirada y ve a Nadine salir del aula de música. Su expresión se endurece. Ulrich pasa su brazo por mi nuca. Luego toma la mano de Leila y, con calma, nos aleja del lugar sin hacer ruido. No quiere que ella se entere de lo que pasa.
—Puedo hablar con papá, para ver si te deja tocar en su local —dice Ulrich, soltándome y rascándose la barbilla.
—No hace falta que hagas eso por mí —murmuro, bajando la mirada.
—Liam… ya sabes que en casa, desde el accidente, no podemos ni escuchar ni tocar música —Leila se encoge de hombros.
Trago saliva. Ese “accidente” aún pesa como una losa. Y aunque nadie lo diga en voz alta, está siempre ahí, marcando todo lo que hacemos.
Me detengo, dejando que mi mejor amigo y mi hermana pasen de largo. Mantengo la mirada en el suelo.
Soy consciente de todos los problemas que hay en casa, de las reglas, de las prohibiciones…
“Pero… ¿y si me dedico a la música en el futuro? ¿No podrían decirme nada? ¿O sí?” pienso para mi.
—¡Liam, vamos!
Escucho las voces de Ulrich y de mi hermana, pero suenan lejanas, como si vinieran desde otro lugar. Como si estuvieran muy lejos de mí.
Doy media vuelta, dejándolos solos. Necesito un respiro... necesito estar solo.
Vuelvo al bosque, asegurándome esta vez de que nadie me siga. Quiero pensar. Pero justo cuando estoy por llegar a mi lugar seguro, suena el timbre de fin del descanso.
—¡Mierda! —gruño, girando sobre mis talones para regresar a clase.
Entro el último. Jack está en su silla y Ulrich, sentado sobre la mesa de este, charla con varios chicos más de la clase.
Ignoro a todo el mundo. Me dejo caer en mi asiento, cruzo los brazos sobre la mesa y apoyo la frente como si fuera a dormir. Siento cómo alguien se sienta en el lugar de Ulrich, a mi lado. No le doy importancia... hasta que un olor a perfume con un toque cítrico, a limón, me invade.Lo reconozco al instante. Y me repugna.
Nadine.
“¿Cuántas veces tendré que decirle que se aleje de mí?”
—¿Vas a seguir fingiendo que no me ves, Liam? Eres tan dramático que podrías protagonizar una telenovela barata —dice, tocándome el hombro.
—¿Y tú vas a seguir respirando cerca de mí, o es solo una tortura momentánea? —respondo sin molestarme en mirarla.
—Ay, qué borde estás. ¿Es porque todos escucharon cómo tocabas el piano como si lloraras por dentro? —ríe con amargura.
—¿Y tú lo escuchaste? Qué raro... pensé que solo te emocionaban los gritos de la gente cuando los haces... —levanto la mirada, llevándome una mano a la boca, con una sonrisa ácida.
—¿Desde cuándo eres así? ¡Qué asco! —escupe ella.
Su cara de repugnancia provoca en mí una risa que no sabía que tenía.
Todos en el aula se callan.
Nos miran.
Somos el centro de atención.
—Soy así desde que intentaste meterme en tu mierda —alzo la voz, con asco.
—Pero… si eres mi pareja, ¿cómo no voy a meterte en mi… mi… —tartamudea, ahogada por la vergüenza.
—Nadine, rompí contigo hace dos días. ¿Todavía no lo has entendido? —mantengo el tono alto, asegurándome de que toda la clase lo escuche.
Un murmullo recorre la clase. Algunos contienen la risa, otros me miran con ojos como platos, ya que suelo pasar desapercibido entre mis compañeros de clase.
Ella parpadea. Tiembla. Pero no de vergüenza. De furia.
—¿Ah, sí? ¿Rompiste conmigo? ¿Eso fue antes o después de… forzarme a quedarme en tu cuarto aquella noche?
El aire se vuelve denso. El silencio cae como un trueno.
—¿Qué…? —balbuceo, sin entender.
“Me ha pillado por sorpresa no esperaba que usara su violacion en mi contra” maldigo para mis adentros.
—¡Dilo! —grita, con lágrimas en los ojos que sé que no son reales. Nadine siempre supo llorar cuando le convenía—. ¡Diles lo que me hiciste! Yo no quería, Liam… yo te dije que no… y tú…
Toda la clase se vuelve hacia mí.
Un segundo. Dos. Siento cómo el suelo parece abrirse bajo mis pies.
Nadine se cubre la cara con las manos y solloza. Falsamente rota. Maestra del espectáculo.
Editado: 15.03.2026