Y antes de caer al suelo, justo antes de que todo se vuelva negro, alcanzo a oír las voces de Ulrich y Jack. Un par de minutos después despierto en el suelo, veo borroso una chaqueta naranja fluorescente.
—Liam, ¿me escuchas? —una voz firme pero tranquila me llega desde arriba.
Siento unas manos que me tocan con cuidado, suaves pero seguras. El paramédico me revisa rápido: palpa mi cuello, me pide que mueva los dedos, comprueba que respondo. Limpia con delicadeza la sangre que aún gotea de mis heridas, mientras me envuelve en gasas y vendajes.
—Respira hondo, tranquilo —me dice, su voz tratando de calmar el caos dentro de mí.
Me colocan en posición lateral para que pueda respirar mejor y revisan mi pulso y respiración con precisión.
—Vamos a llevarte al hospital, todo estará bien —asegura mientras ajustan la camilla para levantarme.
El miedo no desaparece, pero en ese momento siento que no estoy solo.
—No llaméis a mis padres —consigo articular.
—No te preocupes, Liam —responde el paramédico con voz tranquila pero firme—. Primero vamos a asegurarnos de que estés bien. Después, hablaremos con alguien de confianza para cuidarte, ¿vale? Ahora lo importante eres tú.
—No hay nadie de confianza que pueda ayudarme —respondo a duras penas.
—Lo sé, por eso estamos aquí —dice mientras revisa mis heridas con cuidado—. No estás solo. Vamos a ayudarte a salir de esto, paso a paso. Ahora respira hondo, que te voy a poner un vendaje para detener la sangre. ¿Puedes contarme qué pasó? Solo si quieres, cuando estés listo.
—En serio, no lo sabe, usted hace su trabajo realmente no le importo —respondo antes de perder la conciencia nuevamente.
—No digas eso, Liam —responde el paramédico con suavidad, mientras continúa limpiando una herida—. Estoy aquí porque me importa tu seguridad, no solo porque sea mi trabajo. Vamos a asegurarnos de que estés bien, y después te prometo que alguien te escuchará. Aguanta, que ya viene la ambulancia.
El paramédico hace todo lo que está en su mano para mantenerme consciente, pero nada funciona, me duermo una y otra vez. El paramédico aprieta suavemente mi hombro, intentando despertarme.
—Liam, mantente conmigo, ¿vale? No estás solo. Vamos a sacarte de aquí.
Siento cómo la luz de la ambulancia se acerca, y aunque mis párpados pesan toneladas, una pequeña voz dentro de mí se agarra a esa esperanza. Pero esa esperanza se siente cada vez más débil, como si todo lo que llevo guardado dentro me estuviera consumiendo lentamente.
Cuando me internan en el hospital, las pruebas no tardan en llegar. Los médicos hablan en susurros, miradas que evitan encontrarse conmigo. No necesito que me digan nada para saberlo: no hay esperanza alguna. El peso de todo lo que he callado, de las heridas invisibles que nadie ve, amenaza con apagarme.
En ese instante, todo se vuelve frío, y me doy cuenta de que no solo mi cuerpo está roto, sino también mi alma.
Siento cómo el frío de la camilla me envuelve mientras los médicos se apresuran a hacer todo lo posible. Escucho fragmentos de sus voces, palabras que no alcanzo a comprender del todo, pero que saben a sentencia: mi cuerpo está al límite, desgastado más allá de lo que parece.
Es como si una niebla espesa me invadiera, y entre sombras siento que me deslizo, que me hundo en un vacío donde el tiempo pierde sentido. El dolor se mezcla con la calma, y por momentos me parece que voy a desaparecer, que esta lucha que llevo dentro va a consumirme por completo.
Entro en un coma del que nadie sabe si despertaré. En casa, las cosas van de mal en peor. Comemos mal; Leila es la única que parece mantener algo de vida. Estoy desnutrido, fumo como un camionero a pesar de tener sólo dieciséis años. En casa hay de todo: desde tabaco hasta cocaína.
Los servicios sociales intentan sacarnos de esa horrible casa, pero la abuela siempre nos acoge. Sin embargo, mamá y papá terminan secuestrándonos de nuevo. Para evitar que Leila acabe en una casa de acogida, la última vez acordaron con la abuela que ella sería la única que se quedaría con ella, a cambio de traerla todos los días por la noche.
No sé cuánto tiempo pasa, pero despierto, no del todo, en un lugar entre la vida y la muerte, entre la esperanza y la oscuridad.
Miro a mi alrededor todo está oscuro y silencioso como aquella vez que vi a mi abuelo. El suelo se abre bajo mis pies caigo al vacío infinito, mientras caigo una melodía que reconocía me regresa a la paz y alegría que tanto ansío, veo cada nota, cada letra, cada canción que mi abuelo dejó escrita para mi. Mi caída se detiene en seco, vuelve la oscuridad y el silencio, un camino de luces se enciende ante mí, y al fondo, dos puertas se abren lentamente. Ambas parecen idénticas al principio, pero cuando me acerco, empiezo a notar la diferencia.
La primera puerta es cálida, tranquila, como una canción de cuna que me llama a descansar. Desde ella no siento miedo, ni dolor, ni frío. Solo un silencio apacible que me invita a soltarlo todo. Es la promesa de no sentir más.
La segunda, en cambio, es gris y áspera, con los bordes agrietados por el tiempo. Desde su interior se cuelan gritos, caos, recuerdos rotos y una música lejana, apagada, como si alguien al otro lado aún esperara mi regreso. No es una puerta amable, pero es real. Y aunque me aterra cruzarla, algo en mi pecho —una nota, una voz, una promesa— me dice que esa es la única que lleva a una segunda oportunidad.
Editado: 15.03.2026