Mi vida es música

CAPÍTULO 14

Y con el corazón hecho trizas, pero latiendo… doy un paso hacia la puerta agrietada.
El suelo cruje como si también estuviera cansado.
El aire tiene ese peso que solo tienen los lugares que han sido testigos del dolor.
No sé a dónde voy, ni por qué el cuerpo todavía me obedece.
Quizás es solo por costumbre… o porque algo en mí todavía se aferra a lo que queda.

Cuando abro los ojos, veo a una joven llorando, sujetando mi mano.
Está sentada a mi lado. Su cuerpo se encoge con cada sollozo, como si intentara hacerse invisible frente a la realidad.
Sus dedos tiemblan, pero no me sueltan. Me aferra como si pudiera sostenerme en este lado del mundo solo con eso: su mano sobre la mía.
Su cabello castaño cae en desorden sobre su rostro, y sus lágrimas manchan mis nudillos.
No me habla. No puede.
Solo me mira con unos ojos llenos de preguntas sin respuesta, de promesas rotas, de un “quédate” que no necesita pronunciarse.

Yo no sé quién es.
O tal vez sí lo supe.
Pero en este momento, en este espacio donde todo duele, eso no importa.
Importa su llanto.
Importa su mano.
Importa que yo siga aquí.
Aunque no sepa por cuánto tiempo más.

Y por un instante —solo uno— deseo que el dolor no me arrastre del todo.
Solo por ella.
Solo por este momento.

Trato de incorporarme.
Asusto a la chica.
La observo, confuso: no la conozco.

—Perdona… no quería asustarte, pero… ¿quién eres? —pregunto, desorientado.

Ella se queda inmóvil.
Como si la pregunta la desarmara por dentro.
Su boca se abre, pero no sale sonido. Solo un temblor.

—¿No… no sabes quién soy? —susurra, apenas audible.

Niego con la cabeza.
Ella parpadea varias veces. Llora en silencio. Luego traga saliva.

—Soy Leila… tu hermana menor.

Las palabras caen como piedras.
Algo se quiebra en el aire.
No sé si es su voz, el tiempo… o yo.

Leila.
Ese nombre me es familiar, pero no despierta nada.
Y eso, más que cualquier otra cosa, me rompe.

—¿Hermana? —repito, sin comprender del todo.
—Sí —dice, y ahora su voz es un hilo—. Siempre fuiste tú quien me cuidó, quien me protegió. Cuando papá me pegaba y abusaba de mí, me prometiste que nunca me dejarías sola.
Y ahora... ahora ni siquiera sabes quién soy.

No puedo responder.
No tengo las palabras.
Solo la observo, hecha pedazos.
Y no sé por qué, pero me duele.
Me duele como si la recordara sin memoria, como si su tristeza se hubiese alojado en mi sangre antes que en mi mente.

—Leila… —digo su nombre, apenas.

Ella asiente, sonriendo entre lágrimas, esa sonrisa que no quiere estar ahí.

—Te extrañé todos los días de este mes, Liam. Todos. Te contaba lo que pasaba, aunque no pudieras oírme. Dormía en esta silla por si despertabas, por si… por si volvías.
Y ahora estás aquí. Pero no estás del todo.

Baja la cabeza.
Aprieta los labios.
Y entonces me rompe el alma cuando dice:

—No pasa nada si no me recuerdas. Solo… solo quédate. Quédate un poco más.

Y por un instante —solo uno— deseo que el dolor no me arrastre del todo.
Solo por ella.
Solo por Leila.
Solo por este momento.

—Disculpa un segundo, voy a hacer una llamada —sollozando se levanta y sale de la habitación.

Asiento con la cabeza.
“¿Cuánto tiempo llevo decidiendo qué puerta escoger? Tal vez mucho más que un mes…” pienso internamente.

Leila sale de la habitación para hacer la llamada. El silencio queda suspendido en el aire, pesado, como si cada segundo pesara una tonelada. Trato de acomodarme en la cama, pero mi cuerpo se siente extraño, distante, como si aún no me perteneciera del todo.

Los doctores entran y me hacen preguntas para evaluar qué recuerdo, si puedo reconstruir algún fragmento del día en que me internaron. Recuerdo con claridad cada detalle previo al hospital, pero una sensación incómoda me atenaza: siento que he olvidado a dos personas muy importantes para mí.

La puerta se abre de nuevo y Leila regresa, esta vez acompañada de cuatro personas. Dos de ellas me resultan inconfundibles en cuanto cruzan el umbral: mi madre y mi padre.

Un joven moreno que viene junto a Leila se acerca sin dudarlo. Se inclina sobre la camilla y me abraza con fuerza, con lágrimas en los ojos. Siento su emoción como un peso cálido, aunque no logro identificar quién es. Solo sé que me quiere, profundamente.

—¿Qué le pasa a este bastardo? —escupe mi padre, con su tono habitual, seco y cruel.

—No hables así de tu hijo mayor —responde mi madre, con su eterna voz de víctima, como si eso la disculpara de todo.

—¡Callaros ya! —explota Leila, con un grito quebrado por la tensión—. ¡Dejad hablar a la doctora!

El silencio que sigue es tan cortante como un vidrio astillado. Mi padre lanza a Leila una mirada que podría quemar.

Entonces la doctora da un paso al frente, con tono firme pero contenido:

—El joven tiene amnesia. Es un cuadro común después de un trauma como este. Puede que recupere la memoria poco a poco… o que ciertos recuerdos se mantengan ausentes por un tiempo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.