Han pasado dos semanas desde que se llevaron a nuestros padres. Aún no he recuperado del todo la memoria, pero los vecinos, los señores García, nos están cuidando muy bien. La escuela, al enterarse de la situación en casa, nos ha permitido no asistir a clase hasta que el asunto de nuestros padres se resuelva.
Leila se hizo íntima amiga de Nova. Mientras tanto, yo me aislaba en mi habitación, alejándome de todos. Como bien, pero escondido, para que nadie viera los moretones que tengo, aunque no recuerdo cómo ni quién me los hizo. Aun así, me avergonzaba de ellos.
Miro el viejo cuaderno de notas de mi abuelo, que dejé en mi cuarto. Curioso, lo abro. Al leer la primera canción, tuve un déjà vu de lo que hablé con Ulrich. Salgo de la habitación con el cuaderno en mano, en shock por todo lo que recordé con ese déjà vu.
—Liam, ¿estás bien? —se acerca Leila hacia mí.
—He recordado todo —digo con la voz entrecortada, apoyado contra la pared.
—Eso es bueno —dice la señora Pérez, saliendo de la cocina.
—No sé qué decir… solo recuerdo cosas del pasado, cuando nuestro abuelo estaba vivo —decepcionado, me dejo caer al suelo.
—No te fuerces. Poco a poco, ¿vale? —Leila me sujeta la mano con expresión preocupada.
Asiento. Algo más tranquilo, Leila y la señora Pérez entran en la cocina, dándome espacio para respirar. Me levanto y me dirijo a la puerta sigilosamente.
—¿A dónde vas, Liam? No estás en condiciones de salir —pregunta Nova, saliendo del salón.
—Sssss —digo, llevando mi dedo índice a los labios.
—¿Qué? —responde confundida la joven castaña, saliendo completamente al pasillo.
—¿Quieres callarte? ¿Y tú qué sabes de mis condiciones? Apenas me conoces —contesto borde, por miedo a que me pillen escapándome.
—No me mandes callar. Sé lo bastante como para saber que no deberías salir de casa en las condiciones en las que te encuentras —se cruza de brazos, seria.
—Perfecto. Tú también te crees con derecho a darme lecciones. ¿Vas a llamar a tu madre adoptiva para chivarte?
—¿Tú crees que me importa lo que hagas? Solo intento evitar que vuelvas a terminar en un hospital, otra vez —su voz suena tensa.
—¿Otra vez con el discurso? ¿Quién te pidió que lo hicieras? Ya tengo bastante con las “salvadoras” de siempre. No necesito una niñera, y menos una que llegó hace dos semanas y se cree que lo sabe todo —empiezo a enfadarme.
—Tranquilo, drama king. Solo digo que, si te desmayas en la calle, no pienso ir corriendo a salvarte —dice indiferente, la castaña.
—No te pedí ayuda, así que déjame en paz, ¿vale? —gruño.
—Pero al menos yo no me encierro en un cuarto fingiendo que el mundo no existe —contraataca, bajando los brazos, tensa.
—¿Y qué quieres, Nova? ¿Que me siente en la sala, te cuente mis traumas mientras tomamos té con galletas? —doy un paso hacia ella, serio.
Me doy cuenta de que soy mucho más alto que ella, así que tengo que inclinar ligeramente la cabeza para mirarla a esos ojos avellana que me hipnotizan.
—¡Solo quiero que dejes de actuar como si fueras el único que ha sufrido! ¡Todos tenemos mierdas, Liam! —se pone de puntillas para gritarme.
—Sí, claro… cuéntame lo dura que es tu vida de niña adoptada, con casa nueva, cama caliente y padres que te miman. Te juro que no sé cómo sobrevives cada día —digo cortante, sin medir mis palabras.
Se instala un silencio entre nosotros. Nova me mira con ojos llorosos. No dice nada. Respira hondo, como si no se permitiera llorar.
—Eres un cabrón, Liam —su voz suena como un susurro roto.
Me tenso al darme cuenta de que le he hecho daño sin querer.
—Yo… yo… —trato de pedir perdón, pero no soy capaz de decir nada.
—¿Sabes qué? Quédate con tu cuaderno y tus traumas. Yo no vine aquí para que me escupieras en la cara. Solo te cuidaba porque mi madre y tu hermana me lo pedían —dice en un susurro, dejando de mirarme a la cara.
—¡Ah! Liam, un consejo: piensa antes de hablar. Porque si vas a romperte, no nos arrastres a todos contigo —se gira, y su voz suena totalmente rota.
Nova da media vuelta y se marcha hacia el salón sin mirarme. Me quedo en mitad del pasillo, bloqueado, sin saber qué hacer. Mi respiración agitada, mi vista clavada en el suelo. De la rabia que me entra, aprieto los puños.
—Mierda...
Salgo de casa con un portazo.
Editado: 30.04.2026