Pasaron tres días desde que papá y mamá regresaron a casa. Todo ha estado sospechosamente tranquilo. He seguido tocando música en secreto, aunque mamá insiste en venir a buscarnos a clase. Dice que quiere pasar más tiempo con nosotros, pero la verdad es otra: quiere vigilarnos y asegurarse de que no abrimos la boca, como hacía antes.
Hoy, nuestro tutor, el señor Fernández, nos ha comunicado que habrá una reunión con los padres para hablar sobre nuestro futuro. Nos explicó las opciones que tenemos para bachillerato. En mi cabeza ya lo tenía todo planeado, gracias a la ayuda de la profesora Jimena. El día transcurrió normal, tranquilo… hasta que, para no variar, Nadine tuvo que estropearlo.
—¿Has pensado ya en volver a salir conmigo?—su vocecita de falsa inocencia me revuelve el estómago.
—¿Volver a salir contigo?—repito, dejando que cada palabra se clave como un cuchillo—. ¿De verdad crees que después de todo tendría ganas de perder un minuto más escuchando tus mentiras?
Nadine finge sorpresa. Me doy la vuelta para marcharme, porque sé que lo que viene es peor.
—No entiendo por qué me hablas así, Liam. Yo solo quiero ayudarte…—me sigue por el pasillo, pegada a mis pasos.
—¿Ayudarme?—me detengo. Suelto una carcajada seca, sin alegría—. Lo único que sabes hacer es abrir la boca para envenenar todo lo que tocas. ¿Te divierte? Meterte donde no te llaman, esparcir mierda, reabrir heridas.
—No seas así… ¿recuerdas aquella vez que fuimos al parque y un perro me tiró al suelo?—me sonríe, intentando clavar esos ojos que antes me tenían atado, pero que ahora me dan ganas de escupirle en la cara.
—No lo recuerdo así—respondo cortante, echando a andar otra vez.
Nadine no se da por vencida. Me sigue pegada, como una sombra hambrienta.
—Claro que sí lo recuerdas, Liam—su voz sube un tono, reclamando algo que nunca fue suyo—. Me ayudaste a levantarme. Dijiste que nadie me haría daño mientras estuvieras conmigo…
Me giro tan de golpe que casi choco contra ella. Estamos a un palmo. Siento su perfume dulzón mezclado con el asco que me revuelve el estómago.
—Nunca dije eso—le escupo, mirándola de arriba abajo—. No manipules mis palabras. Lo único que hiciste fue volverlo todo una mierda. Como siempre.
Nadine parpadea, pero no se aparta. Sus labios tiemblan, como si dudara entre besarme o arañarme.
—No digas eso—susurra, entornando los ojos—. Tú no eres así conmigo. No de verdad.
—No me conoces. Nunca quisiste conocerme—le gruño, la rabia me sube por la garganta—. Empezaste a salir conmigo porque necesitabas presumir delante de tus amiguitas que ya no eras la solterona. ¿Quieres que siga? No juegues a la víctima, Nadine. No conmigo.
Ella levanta la barbilla, desafiante. Pone una mano fría en mi pecho.
—Te conozco mejor que nadie. Por eso siempre vuelves a mí…—su sonrisa se retuerce, insegura, venenosa.
Me río, una carcajada hueca que se muere en mi garganta.
—Vuelvo a ti porque siempre apareces donde nadie te llama. Eres un maldito virus.
Sus ojos se llenan de fuego. No sé si es rabia, deseo o desesperación. De pronto explota:
—¡Dilo! ¡Dime que no sentiste nada! ¡Dime que no piensas en mí cuando estás solo!
Me acerco un poco más, para clavarle la última estaca.
—No pienso en ti. Me das asco. Tengo cosas más importantes que perder contigo. ¿Contenta?
Nadine respira fuerte, se muerde el labio. Por un segundo creo que va a llorar, o a pegarme. Pero en vez de eso, se lanza. Sus manos me agarran la nuca, tira de mi camiseta y clava su boca en la mía. Un beso sucio, desesperado, que sabe a traición. Intento apartarla, pero muerde, muerde con rabia, como si quisiera comer lo que no puede tener. La empujo, jadeamos como perros callejeros. Me mira con los labios rojos, los ojos encendidos.
—¿Ves?—escupe entre dientes, triunfal—. No puedes odiarme tanto como dices.
Me limpio la boca con el dorso de la mano, sin apartar la mirada.
—No te confundas, Nadine—le digo, helado—. No fue amor. Fue lástima. Y es la última vez que me tocas.
Me doy la vuelta antes de que vuelva a agarrarme. Su risa, rota y amarga, me persigue por el pasillo como un rumor podrido.
—¡Liam Lee, eres mío! ¡No lo olvides!—chilla detrás de mí.
Me detengo solo para dedicarle una peineta por encima del hombro.
—¡Haz lo que quieras!—le grito.
—¡Tengo pruebas de que aún seguimos juntos!—grita ella de nuevo.
Me congelo un segundo. Aprieto los puños, respiro hondo. Jack. Claro que está detrás de esto.
Me alejo sin mirar atrás, tragándome su veneno. Pero no por mucho tiempo.
Camino por el pasillo, esquivando a una multitud que juraría nunca había en esta zona de la escuela, todos me miraban con esa expresión de odio y asombro. Siento la respiración caliente, como si todavía tuviera su perfume pegado en la garganta.
Pruebas.
Editado: 30.05.2026