Salgo del aula roto por dentro. Por fin me he abierto con alguien y no se ha reído. La señora Jimena sabe una parte, pero el señor Fernández lo sabe todo, porque esta vez no he mentido, no me he callado.
Inconscientemente, mis pasos me arrastran hasta la sala de música. Meto la mano en el bolsillo y saco la llave, esa pequeña llave con el llavero en forma de guitarra. Jimena me la dio a escondidas — “Para cuando necesites huir” — como si supiera que tarde o temprano acabaría aquí.
Abro la puerta. Dentro, todo sigue igual: los atriles mal colocados, las partituras abiertas sobre el piano, la guitarra esperándome como si me guardara un secreto.
Me siento frente al piano. Levanto la tapa y dejo que mis dedos rocen las teclas. Cierro los ojos. Respiro. Me viene a la cabeza esa canción que escuché hace poco: 인정하기 싫어, de Bang Chan de Stray Kids. Las palabras me tiemblan dentro, pero las notas no.
Toco la primera. Después la segunda. Y en cada nota me repito lo único que tengo claro: aunque pierda esta guerra, mi voz… mi música… no son suyas. Nunca lo fueron. Nunca lo serán.
Por un segundo, escucho la puerta abrirse a mi espalda. Tal vez es Ulrich. Tal vez Leila. Tal vez nadie. No importa. No me detengo. Toco más fuerte, aunque la voz se me quiebre, aunque la garganta se me cierre.
Hoy entendí que si me rompen los dientes, hablaré con los ojos. Si me rompen las manos, cantaré con la garganta rota. Lo único que sé es que ya no me voy a callar.
Estoy tan concentrado que cuando siento que una mano me toca el hombro me sobre salto gritando de todo menos bonito.
—Perdon Liam no quería molestarte —entre risas me mira Jimena.
—Dios que susto me has dado pensaba que eran mis padres —respondo con la mano en el pecho dramático.
—No, pero te he venido a decirte que te están buscando para iros a casa —mira al suelo incómoda.
—No quiero irme estoy a gusto aquí —me giro otra vez hacia el piano, toco notas aleatorias.
Se siembra un silencio para nada incómodo entre los dos, Jimena se acerca al piano para buscar mi mirada.
—Se que aquí estás a gusto por eso te di unas llaves, pero hoy no puedes quedarte hasta tarde, tus padres se enfadaran más de lo que están —posa sus manos en mis hombros.
—Me iré para no causar más problemas en la escuela, bastante espectáculo han dado hoy —me rindo ante el comentario “se enfadaran más de lo que están”.
Jimena me sonríe y me acompaña hasta donde el conserje tiene retenidos a mis padres, en cuanto me ven mi madre, se acerca hecha una furia, pero Jimena se interpone.
—Señora Lee, lo encontré en los pasillos estaba saliendo del baño, no lo castigues —sería empieza Jimena.
—Me da igual dónde demonios estaba el mocoso maleducado de mi hijo hace tres horas que nos teníamos que haber marchado a casa —gesticula cabreada mi madre.
—Su hijo tiene dieciséis años, no es un mocoso, y tiene más educación que usted —le dice Jimena, firme, dejando a mi madre y a mí boquiabiertos.
Mi madre abre la boca, pero tarda un segundo en encontrar palabras. Mi padre, detrás de ella, me lanza una mirada que me atraviesa hasta el alma, pero esta vez no tengo miedo.
—¿Perdón? —escupe mi madre, dando un paso hacia Jimena—. No se meta donde no la llaman, profesora. Lo que pase con mi hijo es asunto mío y de mi esposo.
Jimena no se mueve. Ni siquiera parpadea. Me mira de reojo y me sonríe.
—Lo sería, señora Lee, si usted se tomara la molestia de escucharlo —responde, con esa calma que da más miedo que un grito—. Pero como no lo hace, es asunto mío. Y de cualquiera que no quiera verlo callarse y marchitarse.
Siento que mi respiración se detiene. No sé si quiero que siga o que pare. No sé si quiero correr o abrazarla. No se si quiero intervenir o permanecer callado esperando mi momento.
Mi madre me lanza una mirada que podría incendiarme vivo. Después vuelve a mirar a Jimena.
—No vuelva a decirme cómo educar a mi hijo. O la próxima vez hablaré con la dirección —escupe mi madre, con la voz cargada de amenaza.
Jimena sonríe, pero esa sonrisa es hielo.
—Hágalo. Mientras tanto, yo seguiré escuchándolo. Y permitiendo que se abra, porque ese es MI trabajo.
Sus dedos rozan los míos, apenas un segundo, como diciendo aguanta. Luego se aparta.
Mi padre me hace un gesto brusco. Entiendo que es hora de irme.
—No, quiero quedarme un rato más, tengo que hacer unos ejercicios para un examen de recuperación —improviso, rezando para que cuele.
Jimena me lanza una mirada rápida, con esa mezcla de complicidad y comprensión que solo ella sabe dar. Sabe que no es mentira del todo: el inglés siempre ha sido mi punto débil. Si alguien puede cubrirme, es ella.
—No, tú te vienes con nosotros —gruñe mi padre.
—No necesito la ayuda del profesor Bradford, es el profe de inglés —insisto, sin dar mi brazo a torcer.
—Pues te reunes mañana con él ahora nos vamos —ordena mi madre,
Editado: 15.06.2026