Llevo dos semanas componiendo mi propia canción con la ayuda de Jimena; la canción tiene estrofas en inglés y en español.
Mientras practico mi canción, en casa los problemas se vuelven cada vez más intensos, ya que papá y mamá siguen tentando a la suerte. Las cámaras nos han salvado de muchas agresiones: papá fue detenido por la policía durante una de estas semanas, y mamá ahora busca los puntos ciegos de las cámaras para golpear a Leila, porque conmigo ha descubierto que, sin papá, no puede hundirme en la miseria.
El día anterior a la fiesta de la escuela, apareció un hombre de unos treinta y pocos años que estuvo durante horas en casa “hablando” con mamá.
Esa noche, el hombre y mamá tuvieron relaciones, y los ruidos me impidieron dormir. Doy vueltas en la cama, apretando la almohada contra los oídos, hasta que el cansancio finalmente me vence.
Estoy en un pasillo oscuro, tan largo que no veo el final. Un murmullo lejano crece hasta convertirse en gritos. Es la voz de Leila.
—¡Liam! ¡Ayúdame!
Intento correr hacia ella, pero mis pies no se mueven; es como si estuvieran hundidos en el suelo. La penumbra se vuelve más densa, y de entre las sombras aparece la silueta del hombre desnudo, con las manos aferradas al cuerpo semidesnudo de mi hermana. Ella forcejea, pero de nada sirve.
—¡No otra vez! ¡Esa imagen no! —lloro desconsoladamente, llevando mis manos a la cabeza.
Quiero gritar, pero de mi garganta no sale ningún sonido. El hombre se ríe, tira a mi hermana en la cama como mi padre hizo aquella vez, se aleja dirigiéndose a la puerta y un resplandor blanco me ciega. Lo último que veo es a Leila llorando, con la mirada perdida, como aquella vez... antes de que la puerta se cierre de golpe y me deje atrapado en la oscuridad.
Despierto sobresaltado, con el corazón latiendo como si quisiera escapar de mi pecho. Me repito que solo ha sido un mal sueño... pero la sensación de que algo malo va a pasar no me deja en paz.
Llegó mi día. Estoy súper ilusionado: le había prometido a Leila que, antes de salir al escenario, hablaría con Ulrich sobre lo que pasó cuando me encontré con Jack. Ahora estoy en el salón, sentado en el sofá, tratando de que los nervios no me jueguen una mala pasada.
Mamá sale de su dormitorio junto al hombre. No les presto atención. Leila se acerca a mí con los ojos llorosos.
— ¿Qué pasa? ¿Te pegó mamá? ¿Quieres que le diga algo? —me pongo de pie en el mismo instante en que Leila se sienta junto a mí.
—No, estate quieto... no quiero arruinarte tu día —me sujeta la muñeca con fuerza.
—Entonces, ¿por qué lloras? —pregunto, preocupado, mientras sujeto sus manos con las mías, grandes, y vuelvo a mi sitio en el sofá.
—Tengo algo que decirte, pero... no me atrevo —suelta y se derrumba sobre mí, desconsolada.
—Leila, me estás poniendo nerviosa... ¿qué demonios está pasando? —pregunto, histérico, abrazando a mi hermana.
—Puede que sea nuestro último día juntos en esta casa... si mamá y papá cumplen la promesa que le han hecho a este hombre —susurra, para que no la escuchen.
— ¿Qué promesa? ¿De qué hablas? —le sujeto los hombros, histérico, tiritando de los nervios.
—No estoy segura de qué es exactamente de lo que han hablado... pero este hombre lleva viniendo todas las tardes desde que vinisteis de la reunión de profesores para decidir tu futuro —sorbe los mocos, inconsolable.
Me quedo pensativo. Leila tiene razón: desde que volvimos, me he cruzado con este hombre todos los días al regresar a casa. Mi instinto me dice que puede que sea la última vez que vea a mi hermana; Ese hombre es muy sospechoso. Me quedo mirando a la nada hasta que Leila me dice que es hora de irnos. Ella le grita a nuestra madre que nos vamos y que la esperan en la escuela.
Estamos esperando al autobús y vemos a Nova con sus padres.
—Hola, Nova. ¿Quieres venir con nosotros a la fiesta de la escuela? —le saluda emocionada Leila, como si hace un rato no hubiera estado llorando como una Magdalena.
—Mamá, papá, ¿puedo ir con Leila y su hermano? —pregunta ella.
—Sabes que hoy viene la chica de la adopción a hacerte unas preguntas, pero podremos acercarte después y así vemos cuál va a ser tu escuela el año que viene —le responde el señor García con una sonrisa.
—En serio, ¿luego vamos a ir? —responde desconfiada Nova.
—Sí, cariño —sonríe la señora Pérez.
—Vale, te pasa mi hermano la ubicación de la escuela —dice Leila, guiñándole un ojo a Nova.
Esta se pone roja como un tomate.
—Leila, ¿qué tramas? —la miro serio, desconfiando de mi pequeña hermana.
—Nada... solo quiero que Nova venga a verte cantar —dice, intentando disimular, pero su sonrisa la delata.
—Ajá, claro... —respondo, entornando los ojos—. ¿No será que quieres hacer de celestina, verdad?
—¡¿Qué?! —salta, finciendo ofenderse—. Por favor, si tú y el amor son como el agua y el aceite. Mira cómo acabaste con Nadine.
—¡Aj! Ni la menciones. Bueno, al menos no me paso el día viendo dramas coreanos llorando por chicos imposibles —le pincho, dándole un codazo suave.
Editado: 15.07.2026