Después de despejarme, decido enfrentar a mis padres. Entro en casa; mamá y papá ni me miran. Subo a mi habitación, cojo una maleta que tenía a mano y meto ropa para unos meses, cosas de aseo… El cuaderno de mi abuelo lo escondo entre la ropa, para que no lo vean. Tomo mi DNI y la cartera con los pocos ahorros que me quedan.
Respiro hondo y vuelvo al salón. Ellos me esperan. Dejo la maleta en el suelo. Y decidido me acerco al sofa donde estan sentados.
—¿Se puede saber por qué coño vendisteis a Leila? —grito, obligándolos a mirarme.
—Porque en esta casa había demasiadas bocas que alimentar y no llegaba el dinero —responde mi madre, seca.
—A Leila la mantenía la abuela, así que no vayas de santa —gruño, sintiendo cómo la rabia me quema por dentro.
—Mocoso maleducado, ¿dónde te crees que vas con esa maleta? —gruñe mi padre con tono autoritario.
No respondo. Él se levanta, se acerca a la entrada del salón donde la deje y la lanza lejos.
“Mierda”, pienso, mirándola en el suelo. Cuando levanto la vista, su sombra ya me cubre.
Me agarra por el cuello y aprieta.
—No te vas a ir de esta casa. Eres nuestro futuro para hacernos millonarios cuando estudies empresariales —escupe entre dientes.
Su aliento me golpea, pero esta vez no me quedo quieto. Le clavo el codo en las costillas y aprovecho para empujarlo con todas mis fuerzas. Tropieza hacia atrás, sorprendido.
—No pienso vivir ni un segundo más con vosotros —digo, con la voz temblando de ira y adrenalina.
Me acerco con paso ligero a la maleta que entro en la cocina.
—No pienso rendirme, no seré una víctima más de vuestros abusos, no me busquéis, ni tratéis de llamar a la policía —señalo las cámaras —están al tanto de todo lo que ha pasado y de todo lo que tengo planeado.
Mis padres quedan boquiabiertos, salgo por la puerta con una sonrisa de victoria.
No sé donde viviré a partir de ahora, pero por lo menos no estaré en un lugar tóxico.
Editado: 15.07.2026