El salón de clases de primer año de secundaria se sentía inusualmente grande, frío y sumido en un silencio opresivo para Jessie. A sus trece años, la sensación de ser la nueva era una carga pesada y asfixiante que le oprimía el pecho; el aula bullía con la energía desbordante de niños que se conocían desde el jardín de niños, creando un grupo compacto y ruidoso donde todos parecía encajar a la perfección en una ecuación social que ella aún no lograba descifrar. Ella se sentía como un elemento extraño, una pieza de rompecabezas equivocada que intentaban forzar en el lugar incorrecto. La maestra, una mujer de expresión amable pero distraída por el caos del inicio de clases, dio un golpe seco con su borrador en el escritorio para captar la atención de los alumnos y presentarla. Jessie, sintiendo cómo el peso de decenas de ojos curiosos se clavaba en ella como alfileres, caminó hacia el único pupitre vacío al fondo del salón, tratando desesperadamente de pasar desapercibida, de volverse invisible. Una vez sentada, mantuvo la mirada baja, concentrándose intensamente en los rayones y marcas de la madera de su banco para evitar cualquier contacto visual que pudiera delatar su nerviosismo. Para ella, aquel sentimiento de incomodidad no era solo por la novedad de la escuela; era algo más profundo y difuso, una respuesta emocional que le resultaba ajena y desconcertante, algo que no encajaba con lo que se suponía que debía sentir una chica de su edad, y por eso, con una mezcla de confusión y una negación instintiva, decidió archivar esa sensación en lo más profundo de la mente, tratándola como un error del sistema que pronto desaparecería. El tiempo dentro del salón se dilató tortuosamente hasta que finalmente el timbre anunció el fin de la primera clase, y el bullicio estalló de inmediato mientras todos salían apresurados hacia el patio. Jessie, al no conocer a nadie y sentirse aún fuera de su elemento, buscó desesperadamente un refugio lejos de la multitud. Caminó con pasos sigilosos por los pasillos hasta encontrar un lugar tranquilo en el patio trasero, donde se sentó sobre una paleta de madera abandonada cerca de una pared cubierta de hiedra. Allí, suspirando con alivio por la soledad momentánea, sacó una manzana de su mochila y comenzó a comerla lentamente, intentando camuflarse con el entorno. Sin embargo, no había terminado ni el primer bocado cuando sintió una sombra proyectarse sobre ella. Alzó la vista lentamente y encontró a un chico que la observaba con una mezcla de curiosidad y timidez. Era el mismo que la había mirado persistentemente durante la presentación en el salón. Él se acercó un paso más, rascándose la nuca nerviosamente, buscando las palabras adecuadas para romper el hielo en aquel terreno desconocido.