Mi vida mi color

Capítulo 2: El primer puente

El chico se mantuvo a una distancia prudente, con las manos hundidas en los bolsillos de su pantalón de uniforme y mostrando una sonrisa tímida que no terminaba de formarse del todo en su rostro. Era obvio que buscaba romper el hielo, pero la tensión en el aire era palpable y Jessie se sentía como un animal acorralado.
—Hola —dijo él finalmente, tratando de que su voz sonara casual y amistosa—. Me llamo José Antonio. ¿Y tú?
Jessie, que aún sostenía la manzana a medio terminar, sintió que un nudo se apretaba dolorosamente en su garganta. Su primera reacción, alimentada por la incomodidad y la desconfianza ciega de ser la nueva, fue cerrarse por completo. Apenas levantó la vista, sus ojos se encontraron con los de él por una fracción de segundo antes de desviarlos rápidamente hacia el suelo, concentrándose en una grieta del cemento.
—Yo... Jessie —respondió ella en un susurro, casi inaudible, dándole otro mordisco defensivo a la fruta sin atreverse a sostenerle la mirada.
José Antonio se quedó de pie un momento, descolocado por la brevedad y la frialdad de la respuesta. Se frotó la barbilla, buscando una salida elegante a la situación sin parecer intrusivo. Jessie, por su parte, se sintió fatal apenas las palabras salieron de su boca; se recriminó internamente por haber sido tan seca y grosera, sabiendo que él no tenía la culpa de su nerviosismo y que solo intentaba ser amable.
—Oye, Jessie, no te preocupes por estar así —dijo él, esta vez con un tono más sereno, casi reconfortante, dando un paso más hacia ella—. Yo era exactamente igual cuando entré a esta primaria, justo como tú te sientes ahora. Casi no quería hablar con nadie porque tenía mucho temor. Tenía miedo de no encajar, de que todos me miraran feo.
Al escuchar aquello, algo se fracturó dentro de la pesada armadura que Jessie había construido a su alrededor. Levantó la vista lentamente y esta vez no vio a un desconocido amenazante; vio a alguien que reflejaba su propia vulnerabilidad y miedos. En ese instante, la percepción de Jessie cambió por completo. Sin necesidad de una sola palabra más, supo que, a pesar de sus diferencias, había encontrado un aliado, un puente hacia la normalidad que tanto anhelaba.
—Dime, Jessie —continuó él, animándose al ver que ella no huía—. ¿A ti qué te gusta para divertirte? ¿Qué cosas te apasionan realmente?
Jessie soltó un suspiro profundo, dejando de lado la manzana y su reserva inicial. Comenzó a hablar de deportes, mencionando el béisbol y el fútbol, y pronto la charla derivó hacia el mundo de la animación. Cuando mencionó que le fascinaban las producciones japonesas y chinas, los ojos de José Antonio brillaron con un entusiasmo genuino.
—¡Ay, qué chido! —exclamó él, dando un pequeño salto de emoción—. A ver, cuéntame, ¿cuáles son sus series favoritas? Oye, ¿y te gustan las películas coreanas o no?
—Más o menos —respondió Jessie, sintiéndose finalmente en un espacio seguro y comprendida—. Me gusta una que otra, pero sí, definitivamente me llaman mucho la atención. ¿Y a ti?
Antonio soltó una carcajada vibrante que resonó en el patio vacío.
—¡Uh, si te contara! Yo veo de todo, no me pierdo ninguna, ¡hasta las de zombies me encantan! ¿Y a ti?
Jessie no lo dudó ni un segundo.
—¡Sí, a mí me encantan! —dijo con una firmeza y un entusiasmo que la sorprendió incluso a ella misma. Fue como un chispazo: el mundo exterior desapareció y solo quedaron ellos dos, conectados por las historias y los mundos imaginarios que habitaban sus mentes.



#308 en Joven Adulto

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Editado: 30.08.2026

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