Después de un largo rato hablando sobre animes, mangas y películas de zombies, José Antonio notó que, aunque Jessie parecía más relajada y sonreía con más frecuencia, todavía mantenía cierta distancia física y emocional hacia el resto del grupo escolar, como si tuviera miedo de ser absorbida por la multitud. Queriendo que ella se sintiera plenamente integrada, cómoda y segura en su nuevo entorno, y que viera que había más gente con la que podía conectar, se le ocurrió una idea para romper esa última barrera de timidez.
—Oye, Jessie, espérame un segundo, no te vayas a mover de aquí —dijo él, levantándose con entusiasmo de la paleta de madera—. Quiero presentarte a una amiga mía. Ella también es súper buena onda, creo que se van a llevar muy bien porque tienen gustos parecidos.
Jessie lo miró con curiosidad y un rastro de desconfianza mientras lo veía caminar rápidamente hacia otro grupo de alumnos que reían cerca de la cafetería. Poco después, regresó acompañado por una chica que Jessie había visto de lejos en el salón de clases, pero con la que nunca había cruzado palabra. Era Amanda, una chica de mirada vivaz y una sonrisa contagiosa. Al llegar frente a ella, las presentaciones fueron directas y cordiales.
—Hola, me llamo Jessie —dijo ella con una sonrisa sincera, esforzándose por mostrarse abierta y amistosa, tal como se lo había propuesto para sobrevivir a la escuela secundaria.
—Ah, hola, yo me llamo Amanda —respondió ella con total naturalidad, evaluándola con una mirada curiosa pero amable—. Soy amiga de José Antonio desde hace tiempo, estamos en el mismo taller. ¿Cuántos años tienes?
—Tengo trece —respondió Jessie, tratando de que su voz no temblara y de no sonar demasiado formal.
—Yo tengo catorce —dijo Amanda, soltando un suspiro profundo y dejando caer los hombros en un gesto de cansancio—. Ya casi voy de salida de la secundaria, pero, para ser honesta, no estoy muy bien en las materias. Se me complican muchísimo, especialmente las matemáticas, y a veces siento que no avanzo por más que estudio.
Al escuchar esa confesión de vulnerabilidad y honestidad por parte de Amanda, Jessie sintió un alivio inmediato y una extraña conexión con ella. El hecho de que Amanda, siendo mayor y pareciendo tan segura de sí misma, también tuviera sus propias inseguridades y problemas escolares hizo que la presión de ser "la chica nueva y perfecta" disminuyera considerablemente en su mente. A partir de ese encuentro fortuito, la dinámica entre los tres cambió de forma irreversible y positiva. Amanda, José Antonio y Jessie dejaron de ser simples compañeros de salón o conocidos para convertirse en un trío inseparable, una pequeña fortaleza contra la monotonía escolar. El miedo inicial de Jessie a ser el blanco de las miradas y las burlas quedó enterrado en el pasado. Ahora, cada vez que el timbre anunciaba el recreo, los tres se buscaban de inmediato con la mirada, convirtiendo aquel rincón del patio en su territorio sagrado de risas y confidencias.
Un día, mientras José Antonio se alejaba corriendo hacia la cancha para su habitual partido de fútbol con los chicos de su salón, las dos chicas se quedaron sentadas a la sombra de un gran árbol, disfrutando de la calma y de la compañía mutua. En medio de la charla sobre música y series, Amanda bajó un poco la voz y, con un gesto cómplice y una mirada pícara, señaló hacia un grupo de chicos que pasaba cerca de ellas.
—Oye, Jessie... —susurró Amanda, con una sonrisa juguetona—. ¿Ya viste al chico de allá, el que trae el suéter azul marino? Está bastante guapo, ¿no crees? Tiene una sonrisa muy linda.
Jessie siguió su mirada hacia el chico indicado, aunque en su interior la idea de evaluar la apariencia de los chicos le resultaba completamente ajena y distante a lo que ella realmente sentía en su corazón. Ella prefería guardar sus verdaderos pensamientos y deseos bajo llave, en ese lugar oscuro que nadie visitaba. Sin embargo, para no romper la armonía del momento, encajar en el juego de su amiga y disimular su falta de interés real, respondió sin dudarlo, manteniendo un gesto tranquilo y una voz convincente:
—Sí, la verdad es que está guapísimo. Tiene bonitos ojos.
Aunque sus palabras fueron afirmativas y sonaron naturales, una pequeña punzada de culpa y falsedad le recorrió el pecho, un recordatorio silencioso y doloroso de los secretos que aún prefería ocultar para protegerse del mundo.