Al día siguiente, el sol apenas comenzaba a calentar las calles de la ciudad y a disipar la bruma matutina cuando Jessie caminaba con paso constante y la mochila al hombro hacia la escuela. El aire de la mañana era fresco y la rutina se sentía segura y predecible hasta que, a mitad del trayecto, una figura conocida apareció a lo lejos, caminando apresuradamente. Era Amanda, quien al reconocerla, aceleró el paso con una sonrisa de alivio.
—¡Hola, Jessie! —exclamó Amanda, alcanzándola rápidamente y tratando de recuperar el aliento—. Qué bueno encontrarte, se me estaba haciendo un poco tarde y odiaría llegar después de que cierren la puerta.
—¡Hola, Amanda! —respondió Jessie, sintiéndose contenta de no tener que hacer el resto del camino sola—. Qué coincidencia, vamos a buen ritmo, no te preocupes, sí llegamos a tiempo.
Mientras caminaban juntas por la acera llena de gente, la plática fluyó con total naturalidad sobre las series que habían visto la noche anterior, analizando tramas y personajes con el entusiasmo de siempre. Sin embargo, al doblar la esquina que marcaba la entrada a la zona más transitada y ruidosa antes de llegar a la escuela, el ambiente cambió bruscamente y la tensión se apoderó del aire. Un grupo de chicos de otra escuela, que venían en sentido contrario y pareciendo buscar problemas, se detuvo en medio de la acera estrecha, bloqueándoles el paso por completo con una actitud desafiante y burlona, como si fueran los dueños absolutos de aquel pequeño territorio urbano del que ellas debían sortear para poder avanzar.
Jessie sintió que un escalofrío helado recorría su espalda y que su corazón comenzaba a latir con fuerza en su pecho. Aquella sensación de vulnerabilidad e inseguridad de sus primeros días en la secundaria regresó con fuerza, pero al mirar de reojo a Amanda, que se veía genuinamente asustada y se pegaba a ella buscando protección, un interruptor se encendió en la mente de Jessie. No iba a permitir que nadie las intimidara, que las hicieran sentir menos o que les impidieran llegar a la escuela tranquilas. La rabia y la determinación suplantaron al miedo. Sin pensarlo dos veces, impulsada por una chispa de adrenalina que no sabía que poseía, su mano bajó rápidamente al suelo, sintiendo la textura fría y rugosa de una piedra de buen tamaño. Con un movimiento fluido, preciso y cargado de una fuerza que sorprendió incluso a ella misma, Jessie lanzó la piedra con todas sus fuerzas hacia la cara del chico que lideraba al grupo y que se reía de forma más burlona. El impacto fue certero y el agresor soltó un grito ahogado de sorpresa y dolor, llevándose las manos al rostro con incredulidad. La sorpresa de los otros chicos fue total; no esperaban una reacción tan feroz y directa por parte de una chica.
—¡Córran, córran, hijos de su perra puta madre! —gritó Jessie con una voz cargada de una firmeza, una rabia y una autoridad que hicieron que el grupo entero, al verse superado por su determinación inquebrantable, perdiera toda su actitud desafiante y saliera huyendo despavorido como una parvada de gallinas asustadas, tropezando entre sí en su desesperación por escapar de la furia de Jessie.
Amanda, que se había quedado completamente congelada en su lugar, observando toda la escena con los ojos muy abiertos y la boca abierta, miró a Jessie con una mezcla de miedo, asombro y una profunda admiración. Nunca había visto a nadie reaccionar así.
—Jessie... —dijo Amanda finalmente, todavía procesando lo que acababa de ocurrir y con un tono de voz que mezclaba el temblor del susto con un rastro de reverencia—, ¡qué loquita estás, eh! No inventes, los hiciste correr a todos.
Al llegar a la puerta de la escuela, aún con la adrenalina a flor de piel y el corazón latiendo rápido, se encontraron con José Antonio, quien las esperaba impaciente. Amanda, sin poder contenerse ni un segundo más, se adelantó para contarle todo lo sucedido con lujo de detalles.
—¡José, no sabes lo que hizo esta mujer en el camino! —dijo Amanda, todavía alterada y gesticulando exageradamente con las manos.
—¿Qué pasó? ¿Qué hizo? ¿Están bien? —preguntó él de inmediato, visiblemente preocupado al ver sus expresiones y su agitación.
Cuando Amanda le relató la escena del enfrentamiento, describiendo la valentía de Jessie al lanzar la piedra y cómo había hecho huir al grupo con sus gritos, José Antonio pasó rápidamente del asombro a una mezcla de incredulidad y un respeto absoluto y profundo. Se quedó mirando a Jessie como si la viera por primera vez, con una luz diferente y llena de admiración en los ojos. No podía creer que su amiga fuera capaz de algo así.
—No manches... ¡a la madre! —exclamó José Antonio al terminar de escuchar la historia, soltando una carcajada de asombro y palmeando el hombro de Jessie con fuerza—. ¿En serio hiciste eso tú sola? ¡Eso es todo, Jessie! ¡Eso es todo!
Aunque el tono de voz y el vocabulario que Jessie había utilizado en el camino habían sido poco convencionales y muy duros, José Antonio no podía evitar sentirse inmensamente impresionado por el carácter, la fuerza y la valentía de su mejor amiga. Para él, aquello no hacía más que reafirmar que Jessie era una aliada valiente y leal, alguien que, ante cualquier problema o amenaza, no dudaba ni un segundo en defender lo que era suyo y a las personas que quería.