Mi Voz De Angel

Capitulo. 1

TO MY YOUTH
Bol4

🎧

El frío de la piedra caliza bajo sus pies descalzos no se sentía como un dolor, sino como una advertencia encubierta.

En el borde del precipicio, el mundo se reducía al rugido sordo del viento y a una lluvia torrencial que caía del cielo como agujas de hielo. El vestido blanco, completamente empapado, se adhería a su cuerpo como una segunda piel, pesado y restrictivo, mientras que los mechones de su cabello oscuro, pegados a la frente, le nublaban parcialmente la vista. Pero no importaba. Sus ojos, desprovistos de cualquier rastro de vida, alegría o miedo, miraban el abismo con una fijeza vacía. Eran dos cuencas de silencio.

De repente, un eco rompió el sonido de la tormenta. Al mirar atrás por encima del hombro, la silueta de un hombre recortó la penumbra. Corría hacia ella con una desesperación frenética, estirando los brazos en el aire en un intento agónico por acortar la distancia, por evitar que ella diera el paso definitivo.

Chae-Yoon no esperó. No hubo vacilación, ni una lágrima, ni el más mínimo signo de arrepentimiento en su rostro. Simplemente se dejó ir.

El viento la envolvió en una caída libre que se sintió, por un microsegundo, como la libertad más absoluta. El suelo se aproximaba a una velocidad aterradora, los bordes afilados de las rocas listos para el impacto final y, justo cuando la distancia se redujo a cero...

Su cuerpo se sacudió en la cama con un espasmo violento.

Chae-Yoon abrió los ojos de golpe, inhalando el aire como si se estuviera ahogando. La respiración, agitada y errática, golpeaba contra sus dientes cerrados mientras su pecho subía y bajaba bajo las sábanas. Le tomó varios segundos salir del estupor asfixiante de la pesadilla, convencer a sus músculos de que el colchón era real y que el abismo ya no estaba allí.

Con una mano temblorosa, se quitó el cabello húmedo por el sudor de la cara y miró el reloj digital de la mesita de noche.

04:00 a.m.

Una exhalación amarga escapó de sus labios. Sabía, con la certeza que dan años de noches rotas, que no volvería a dormir. El mecanismo del miedo ya se había activado en su cerebro y no había marcha atrás.

Se deslizó fuera de la cama, arrastrando los pies en la oscuridad de ese apartamento que tanto le había costado construir lejos del Clan Kang. Entró al baño, encendió la luz blanca que la hizo parpadear y abrió el grifo. Juntó el agua fría en el hueco de sus manos y se la echó en la cara una, dos, tres veces, buscando que el frío real borrara el frío del sueño. Al mirarse en el espejo, las gotas resbalaban por sus mejillas, imitando las lágrimas que se negaba a llorar.

Apoyó ambas manos en el borde de mármol del lavabo y sostuvo su propia mirada.

Allí, bajo la implacable luz blanca, Chae-Yoon contempló la radiografía de su propia soledad.

Esos ojos desvaídos le devolvían la imagen de alguien que vivía en una tregua perpetua con sus propios demonios. La opresión en su pecho no cederá fácilmente; conocía demasiado bien el peso de ese vacío crónico que la acompañaba como una sombra silenciosa en las esquinas de su apartamento. El silencio que tanto había buscado a veces se sentía demasiado grande, demasiado frío, recordándole lo dolorosamente aislada que estaba del resto del mundo.

«¿De qué sirve una mente brillante si el alma está en ruinas?»,

Un pensamiento nítido y cargado de frustración cruzó su mente: hacía meses que no tenía una pesadilla. Meses de un equilibrio frágil que se había roto en un solo segundo de terror nocturno.

Sintió un vuelco de ansiedad en el estómago. Chae-Yoon creía fielmente en una regla cruel de su propia mente: si una pesadilla lograba romper la barrera, no vendría sola; significaba que una oleada de noches en vela estaba por llegar. La sola idea de regresar a ese ciclo destructivo le heló la sangre.

«Tengo que escribirle a Min-Hyuk para una cita en cuanto amanezca», se dijo, apretando los dientes. Tenía que agendarla antes de que el pánico ganara terreno.

Detestaría con toda su alma volver a tomar medicamentos para dormir. Los odiaba. Odiaba la sensación de letargo, el sabor metálico en la boca al despertar y la humillación de necesitar una pastilla para que su cerebro imitara la paz. Llevaba ya un tiempo limpio de fármacos, un logro silencioso que defendía con uñas y dientes.

No iba a permitir que una mala noche le arrebatara el control que tanto le había costado recuperar.

Cerró los ojos un instante, obligándose a vaciar los pulmones de manera rítmica, intentando disipar el eco del abismo.

Al abrirlos de nuevo, apagó la luz del baño, dejando atrás el examen de su propia vulnerabilidad. Caminó de regreso a la penumbra, cruzó el pasillo hacia la cocina para recoger hacerse una taza de té caliente y se dirigió directo a su estudio.

Fue en el momento exacto en que se sentó en la silla y presionó el botón de encendido de la computadora cuando el ruido mental comenzó a apagarse. Conforme la luz de la pantalla iluminaba el espacio y el procesador de textos se abría, mostrando el manuscrito que esperaba por ella, Chae-Yoon dejó esos pensamientos atrás. Los miedos, la cita médica y el fantasma del insomnio se disolvieron en el aire.

**********

El silencio del estudio fue interrumpido por el golpe seco y definitivo de una última tecla.

Chae-Yoon soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo y contempló el punto final que parpadeaba en la pantalla. Una sensación de calidez, de la que había estado privada durante la madrugada, se instaló en su pecho. Miró el desenlace de su historia y pensó que, después de todo el dolor y las pruebas, de sus protagonistas se merecían el final feliz que les había regalado. Era su manera de hacer justicia, de demostrarse a sí misma que, al menos en el papel, las heridas podían sanar por completo.




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