Mi Voz De Angel

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SNOOZE
Agust D
(Ryuichi Sakamoto, WOOSUNG)

🎧

El resto del día transcurrió con una ligereza extraña, casi irreal. Tras colgar el teléfono y ordenar las hojas impresas de COMO DISOLVER UN ICEBERG EN UNA BAÑERA, Chae-Yoon se paró frente a la ventana de su sala. El sol de la mañana ya iluminaba por completo las calles de Seúl, pero su mente estaba en otra parte. Necesitaba irse. Quería empacar una maleta y marcharse a algún lugar donde nadie supiera su nombre, un sitio idílico para estar tranquila y cambiar de aires. El problema era que aún no sabía a dónde ir. Sopesó sus opciones en silencio: ¿valía la pena tomar un avión y salir de Corea, o sería mejor hacer algo de turismo interno, tal vez buscar el cobijo del mar o la paz de las montañas de la isla de Jeju?

Mientras le daba vueltas a los posibles destinos, la pantalla de su celular parpadeó. Era un nuevo mensaje de Soo-min. Su amiga le proponía quedar esa misma noche en un restaurante para celebrar por todo lo alto que, tras tantos meses de encierro y sudor, el libro por fin estaba terminado. Chae-Yoon no lo pensó dos veces y le respondió que sí; si alguien se merecía brindar por ese manuscrito, eran ellas dos.

Alrededor de la una de la tarde, el estómago le recordó que apenas había tomado un té y un café desde la madrugada. Chae-Yoon suspiró al mirar la cocina impecable de su apartamento. No sabía cocinar.

Absolutamente nada. Durante su niñez y adolescencia bajo el estricto régimen de sus familia, sus padres le prohibieron terminantemente entrar a la cocina para cualquier otra actividad que no fuera sentarse a comer. Le repetían que su tiempo era demasiado valioso como para perderlo entre sartenes y que debía concentrarse únicamente en sus estudios médicos. Como consecuencia de esa crianza restrictiva, creció sin el menor conocimiento culinario y, para ser sincera, la verdad era que no le gustaba en lo absoluto. Recordó con una mueca de vergüenza la única vez que intentó prepararse el almuerzo por su cuenta: casi quema la casa de Soo-min en el proceso. Desde ese día, ambas habían hecho el pacto implícito de mantener a Chae-Yoon alejada del fuego. Sin complicarse, tomó el teléfono y pidió algo de almuerzo a domicilio.

Después de almorzar, Chae-Yoon se preparó para cumplir con la promesa que se había hecho a las cuatro de la mañana frente al espejo. Salió de su edificio y manejó su coche con tranquilidad hasta la clínica de su terapeuta, el Dr. Choi Min-Hyuk, decidida a hablar de la pesadilla que la había asaltado en la madrugada.

Soo-min le había recomendado a este terapeuta hacía un año. El Dr. Choi y Soo-min habían salido durante su época universitaria y, aunque el romance no prosperó, terminaron la relación en excelentes términos y quedaron siendo muy buenos amigos. Chae-Yoon agradecía enormemente ese puente. La clínica de Min-Hyuk era un oasis en medio del bullicio de Seúl; el espacio estaba diseñado con maderas cálidas, plantas y una luz tan acogedora que se sentía exactamente como si estuvieras entrando a la sala de una casa particular. El doctor era increíblemente bueno en su trabajo; tenía un don natural para desarmar las defensas de Chae-Yoon sin que ella se sintiera acorralada. Ir allí no se sentía como someterse a una fría terapia clínica, sino más bien como ir a tener una charla honesta y profunda con un amigo que sabía escuchar sus silencios.

Sentada en el cómodo sillón del consultorio, con una taza de té aromático entre las manos, miró a su siquiatra y, por primera vez en el día, se dispuso a poner en palabras el vacío del precipicio que había vuelto a soñar.

El aroma a madera de cedro y té de manzanilla flotaba en el aire, disolviendo de inmediato la tensión que Chae-Yoon traía en los hombros. El consultorio del Dr. Choi Min-Hyuk no tenía batas blancas, ni escritorios imponentes, ni esa frialdad clínica que ella tanto había detestado durante sus años en los hospitales. Era, en toda regla, la acogedora sala de estar de un amigo.

Min-Hyuk, vestido con un suéter holgado, dejó su taza sobre la mesa ratona, se cruzó de piernas en su sillón y la miró con esa sonrisa apacible que siempre lograba que Chae-Yoon bajara la guardia.

-Hacía meses que no te veía por aquí a las dos de la tarde de un martes, Chae-Yoon -comenzó él, con un tono suave, casi casual-. Y conociéndote, sé que no vienes solo a presumir que por fin terminaste tu manuscrito. ¿Qué pasó anoche?

Chae-Yoon apretó las manos alrededor de su taza caliente, mirando el vapor ascender.

-Tuve la pesadilla otra vez -soltó en un susurro, sintiendo que decirlo en voz alta la hacía real-. La misma de siempre. El precipicio, la lluvia, el vestido blanco... y el salto.

Min-Hyuk no se tensó, ni tomó notas en un bloc. Solo asintió lentamente, sus ojos reflejando una empatía genuina y profunda.

-¿Cómo te sientes al tener esa pesadilla nuevamente, Chae-Yoon? Después de tanto tiempo en calma, ¿qué crees que se movió dentro de ti para que regresara?

-Miedo -confesó ella, sosteniéndole la mirada-. Sabes cómo funciona mi cabeza, Min-Hyuk. Una pesadilla nunca viene sola. Odio pensar que voy a recaer, que voy a necesitar pastillas otra vez. Me costó demasiado dejarlas. Siento que... si vuelvo a ese ciclo, una parte de mí se va a rendir.

El doctor guardó un silencio respetuoso por unos instantes, permitiendo que las palabras de Chae-Yoon flotaran en la habitación. Luego, se inclinó un poco hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas. Su tono bajó a una octava más íntima, la de alguien que cuida una herida de cristal.

-Chae-Yoon, tener miedo es natural. Pero no estás en el mismo lugar de antes. Esta pesadilla es solo el eco de una noche real. Hace dos años, estuviste parada en el borde de ese puente en una noche idéntica de tormenta, a punto de saltar. El cerebro usa el sueño para procesar lo que tu memoria aún bloquea.




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