GRAVITY
John Mayer
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Detras de las imponentes paredes de hormigón del Domo de Tokio, el ambiente vibraba con una electricidad casi tangible. Faltaban apenas dos horas para que se encendieran los reflectores principales, y los camerinos de Solstice eran un hervidero de actividad de alta intensidad. Aquella noche marcaba la segunda fecha de los tres conciertos consecutivos que el grupo tenía programados en Japón, y tras el rotundo éxito del primer día, la atmósfera prometía una velada verdaderamente histórica.
El espacio estaba inundado por el zumbido de los secadores de pelo, las directrices de los coordinadores de escenario que entraban y salían con auriculares de diadema, y el brillo de los espejos de tocador. Los siete chicos se encontraban en distintas etapas de su preparación física y mental, manejando los nervios previos al espectáculo con la camaradería que los caracterizaba.
En una de las esquinas, S.H permanecía sentado con los ojos cerrados mientras una estilista retocaba con spray su cabello oscuro. Llevaba puestos sus auriculares de monitorización, repasando mentalmente las transiciones de los ritmos para sus solos de rap. A su lado, D-yon ya lucía el primer vestuario de la noche: una chaqueta de cuero negro con incrustaciones plateadas que resaltaba su porte impecable. Dae-Jin miraba fijamente el monitor de televisión que transmitía el plano del estadio, donde miles de luces del fandom ya se encendían en las gradas.
-El domo está completamente lleno otra vez -comentó Dae-Jin con una sonrisa de lado, ajustándose los anillos de las manos-.
Escucho los gritos de las Eclipses desde aquí. La energía de hoy va a ser el doble de fuerte que la de ayer.
-Eso es porque no han visto la nueva versión de la coreografía principal -intervino SKY, quien se encontraba en el centro de la habitación dando pequeños saltos y estirando las piernas para calentar los músculos-. Hoy vamos a romper ese escenario.
En el otro extremo, el caos cómico habitual corría a cargo de los más jóvenes. Min, el inquieto maknae, intentaba quitarle un trozo de fruta a Han (Han Jung-woo), quien se defendía cubriendo el plato con los brazos mientras Si-woo (Park Si-woo) modulaba su voz haciendo escalas musicales con un piano portátil, riéndose por lo bajo de la escena.
En medio de todo ese movimiento, Geo (Moon Gye-On) se encontraba sentado frente al espejo principal de su tocador. Su estilista acababa de terminar de colocarle el micrófono de diadema, ocultando el cableado debajo de su camisa de seda oscura de cuello abierto. El líder de Solstice miró su propio reflejo, concentrándose.
Ser el líder de la banda más grande del planeta requería una fuerza mental inquebrantable, especialmente en noches como esta, donde la expectativa de cincuenta mil personas presionaba sobre sus hombros. Geo respiró hondo, dejando que el murmullo de sus compañeros en el camerino lo llenara de esa seguridad familiar. Sabía que mientras estuvieran los siete juntos en esa plataforma, nada podía salir mal.
Se puso de pie, atrayendo de inmediato las miradas de los demás integrantes. Cuando el líder se levantaba con esa postura firme y decidida, era la señal no verbal de que el tiempo de juego había terminado; era hora de convertirse en reyes.
-¡Muchachos, acérquense un segundo! -llamó Geo, extendiendo una mano hacia el centro de la habitación.
Los seis chicos dejaron lo que estaban haciendo de inmediato. Seong-Ho se quitó los auriculares, Min-Seok dejó de bromear y todos caminaron en silencio para formar un círculo estrecho, entrelazando sus brazos sobre los hombros del otro, sintiendo los latidos acelerados del grupo.
-Ayer dimos un gran espectáculo, pero hoy es el segundo día y el público japonés espera aún más de nosotros -dijo Geo con su voz mansa, clavando su mirada profunda en cada uno de ellos-. No piensen en el cansancio del viaje, ni en la presión de las cámaras. Miren a las gradas y canten por el puro amor que nos trajo hasta aquí. Cuidémonos los unos a los otros en el escenario, como siempre lo hemos hecho. ¿Están listos?
-¡Listos! -respondieron a una sola voz.
-¡Solstice, Solstice, vamos! -gritaron al unísono, rompiendo el círculo con un aplauso cerrado que resonó en todo el camerino.
Los coordinadores de piso comenzaron a dar los tres minutos de aviso a través de los intercomunicadores. Geo tomó su botella de agua, dio un último trago largo para aclarar la garganta y se ajustó los monitores integrados en los oídos. Al mirar a sus seis hermanos listos y con los ojos brillando por la anticipación, una oleada de orgullo absoluto le inundó el pecho. Estaban en la cima del mundo, y esa noche se la iban a comer entera.
Caminaron juntos hacia el oscuro y estrecho túnel que conducía a las plataformas elevadoras. A lo lejos, el rugido ensordecedor de las cincuenta mil Eclipses hacía temblar los cimientos del estadio, reclamando su presencia. La noche prometía ser una leyenda, y el reloj acababa de marcar la hora del eclipse.
Cuando la plataforma elevadora finalmente llegó al nivel del escenario, el Domo de Tokio pareció estallar en un espectáculo de luz y sonido. La oscuridad se disipó de golpe ante el destello de cincuenta mil varitas luminosas que pintaban el mar del fandom en un azul eléctrico deslumbrante. El rugido de las Eclipses fue tan sísmico que Geo pudo sentir la vibración reverberando directo en las suelas de sus botas y en el centro de su pecho.
En el segundo en que sus pies pisaron las tablas, el Moon Gye-On cansado y pensativo de los camerinos desapareció por completo. Su postura se irguió con una elegancia imperial y sus ojos adquirieron un brillo felino y magnético. El concierto arrancó con Gravity Pulse, una canción de ritmo pegajoso y electrónico, cargada de sintetizadores futuristas y una línea de bajo tan potente que volvía locas a las Eclipses, haciéndolas saltar en las gradas desde el primer segundo. Frente a la multitud, Geo se movía con la seguridad de un monarca que conoce cada rincón de su reino. Su cuerpo respondía con una precisión matemática a la exigente coreografía, pero lo que verdaderamente hipnotizaba a la audiencia era su control escénico: una sutil inclinación de cabeza durante el coro de Neon Shockwave -otro de sus éxitos más bailables y rompe-pistas-, una sonrisa de lado o una mirada directa a las cámaras principales eran suficientes para provocar oleadas de gritos ensordecedores que amenazaban con derribar el techo del estadio.