RED
The Rose
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Durante los tres días siguientes a la reunión en Constellation Entertainment, la vida de Geo continuó con su habitual e implacable ritmo de superestrella. Ensayos coreográficos que le dejaban los músculos ardiendo, reuniones de producción para el diseño visual de su concepto y largas horas nocturnas frente al piano de su estudio privado. Geo no era un hombre atormentado por un pasado oscuro; de hecho, no había tenido una infancia triste ni mucho menos. Era un hijo profundamente amado por sus padres, contaba con el respaldo de grandes y leales amigos, y su vida siempre había transcurrido rodeada de buenas personas. Tampoco sufría de pesadillas. Sin embargo, a veces simplemente no dormía; las extenuantes y largas horas de trabajo en el estudio estiraban las madrugadas, manteniéndolo despierto por pura exigencia profesional mientras intentaba dar forma a las melodías de Aurum.
Lo que las letras de Ámbar Ponce significaban para él no era el reflejo de un trauma personal, sino una profunda empatía artística. El autor había expuesto las emociones de los protagonistas de la novela de una manera tan cruda y visceral que Geo se había identificado de inmediato con los sentimientos del personaje principal: ese miedo latente al rechazo, el temor constante a no ser lo suficientemente bueno para corresponder a todo el cariño, admiración y respeto que recibía de la gente, y el ferviente deseo de ser siempre perfecto en todo lo que hacía. Se identificaba, sobre todo, con la ineludible soledad que conllevaba su nivel de fama. Geo sabía perfectamente lo que era estar en la cima del mundo, pero también sabía que ahí arriba, en lo más alto, el panorama suele ser sumamente solitario. Una parte de su mente seguía atrapada en aquella sala de juntas, esperando una respuesta que aliviara esa soledad a través del arte.
Al cuarto día, mientras revisaba unas partituras en el suelo de su estudio, su teléfono comenzó a vibrar. Era el Sr. Park. Geo deslizó la pantalla y se colocó el teléfono al oido, pero no pronunció una sola palabra; no hacía falta. Al otro lado de la línea, el mánager solo dijo una frase corta con un tono de victoria contenida. Geo no respondió. Se limitó a escuchar en silencio mientras una sonrisa lenta, mansa y cargada de una profunda expectación se dibujaba en su rostro. El puente, finalmente, se había tendido.
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Unas noches antes... en el apartamento de Chae-Yoon.
La atmósfera en el apartamento de Chae-yoon era de puro nerviosismo. Soo-min se encontraba en el apartamento de la de su amiga, sumergida en un estado de nervios tan absoluto que rozaba la locura. Llevaba más de media hora moviéndose de un lado a otro de la sala como un león enjaulado, con los ojos abiertos de par en par, abriendo la boca para hablar sin que saliera una sola palabra de ella.
Chae-Yoon intentaba concentrarse en una idea que le rondaba la cabeza desde hace días, pero la presencia frenética de su amiga terminó por agotar su paciencia. Con un suspiro de frustración, cerró la computadora de golpe, provocando un seco chasquido que rompió el silencio del lugar. La miró fijamente.
-¡Ya basta, Soo-min! ¡Me estás volviendo loca con tanto movimiento!-le dijo, cruzándose de brazos-. Lo que sea que tengas que decir, dilo ya. Me pones nerviosa.
Soo-min, lejos de calmarse, soltó un jadeo ahogado. Con los ojos aún desorbitados, avanzó hacia Chae-Yoon de una manera completamente impredecible: en lugar de rodear la mesa, se subió por encima de los muebles, gateando literalmente sobre el sofá para acortar la distancia. Chae-Yoon la miró con profundo recelo y un toque de alarma; sabía perfectamente que su mejor amiga y mánager era una mujer dramática, pero jamás la había visto actuar como una loca desquiciada. Aquello tenía que ser algo de una gravedad inaudita.
Soo-min se plantó frente a ella, invadiendo su espacio personal, y le tomó el rostro con la mirada encendida.
-Por favor, abre tu mente -le suplicó Soo-min con la voz temblorosa-. Tienes que abrir tu mente a lo que voy a decirte... Alguien de una agencia muy grande me contactó.
En cuanto escuchó esas palabras, el mecanismo de defensa de Chae-Yoon se activó de inmediato.
Intuyendo hacia dónde iba la conversación, su rostro se endureció.
-No, no, no. -sentenció Chae-Yoon de forma tajante, haciendo el amago de ponerse de pie-. Sabes perfectamente cuál es mi postura. Si es para conocer a Ámbar Ponce, la respuesta siempre es no. No voy a exponer mi privacidad.
Antes de que pudiera levantarse, Soo-min la agarró firmemente por los hombros, obligándola a quedarse en el sitio, y luego deslizó sus manos hacia abajo para tomar las de Chae-Yoon entre las suyas, apretándola con fuerza.
-Escúchame primero, Chae-Yoon. Te lo ruego, mírame, ¡Esto es grande! ¡No tienes idea! Llevo varios días con la mente en blanco sin poder creeer lo que estaba pasando.-le pidió Soo-min, con una seriedad tan genuina y emotiva que desarmó a la escritora-. Si lo que tengo que decirte no fuera de una importancia monumental para tu vida, y por ende para mí también, ni siquiera me atrevería a hablarte del tema. Jamás rompería tus reglas si no supiera que esto puede cambiarlo todo. Solo escúchame. Después, tú decides, tendrás al última palabra.
Ambas se quedaron mirándose a los ojos durante unos tensos segundos que parecieron eternos en el apartamento. El silencio se volvió denso. Al ver la súplica desesperada y el cariño protector en la mirada de su amiga, Chae-Yoon exhaló un largo suspiro y cedió, ya estaba intrigada, inclinando la cabeza ligeramente en una señal muda para que hablara.
Soo-min soltó el aire y, hablando de manera rápida e hilvanada, comenzó a explicarle todo lo que había sucedido desde la conversación que tuvo por teléfono con el manager de un artista, sin mencionar el nombre del idol y la posterior reunión en Constellation Entertainment, recargo en varias ocasiones que vio y tocó al mismísimo Idol y si era de carne y hueso, Le habló de los contratos de confidencialidad con penalizaciones multimillonarias, de la seguridad extrema que la agencia garantizaba y de cómo ese proyecto respetaría la esencia pura de la literatura de Ámbar Ponce sin arrastrarla al ojo público. Desglosó cada una de las ventajas artísticas y profesionales de aquella colaboración con una elocuencia impecable.