BUTTERFLIES
Abe Parker
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El destino posee un pulso silencioso, una fuerza invisible que se dedica a tejer hilos entre almas distantes hasta que el nudo es simplemente inevitable. La respuesta que Geo y el Sr. Park aguardaba con una mezcla de ansiedad y fe artística llegó a través de una llamada telefónica que paralizó el tiempo en la oficina de la agencia. Soo-min, despojándose por completo del torbellino de emociones que la asfixiaba en privado, marcó el número del Mánager con la voz imperturbable de quien custodia el secreto más valioso de la literatura actual. Su mensaje fue conciso, definitivo y electrizante: Ámbar Ponce había aceptado. Había dado el sí para adentrarse en el universo de Aurum, y estaban listos para formalizar una reunión donde se firmarían los rigurosos contratos de confidencialidad y colaboración.
Sin embargo, la aceptación venía blindada por una condición innegociable: la discreción debía ser absoluta, casi espectral. No podían permitirse el más mínimo margen de error; un solo desliz, una mirada curiosa en un pasillo equivocado, y el anonimato de Ámbar Ponce se desmoronaría. Al escuchar la firme advertencia de la editora, el Mánager de Geo sonrió con alivio y absoluta comprensión. Conociendo el asedio constante que sufrían las instalaciones de la agencia por parte de la prensa y los fanáticos, el representante se apresuró a disipar cualquier temor. Las reuniones creativas y contractuales jamás se efectuarían en las oficinas corporativas. El santuario para dar vida a la colaboración sería el propio estudio privado de Geo; un espacio de alta seguridad, blindado contra el ojo público y las filtraciones. Con las cartas sobre la mesa y los miedos apaciguados, ambas partes sellaron el pacto para encontrarse el sábado por la mañana de esa misma semana.
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El sábado amaneció con un cielo limpio, pintado de un azul pálido que parecía presagiar los nuevos comienzos. En el interior de su complejo residencial, Geo aguardaba con una quietud que contrastaba con la electricidad que corría por sus venas. Para garantizar su privacidad y tener un control absoluto de su entorno de trabajo, el líder de Solstice había adquirido tiempo atrás el apartamento contiguo al suyo. Tras derribar los límites convencionales, creó allí su propio estudio privado: un espacio de creatividad pura que se conectaba directamente con su residencia personal a través de una puerta interior secreta. Sería justamente en ese estudio, aislado del mundo exterior y protegido por accesos blindados, donde se efectuaría la reunión de esa mañana.
No había rastro del cansancio de sus habituales noches de desvelo en el estudio. Junto al Mánager Park, quien revisaba por última vez las carpetas de cuero negro con los contratos impresos, Geo se encargó personalmente de preparar el entorno. Acomodó un juego de té de cerámica sobre la mesa ratona, ordenó sus libretas de composición y ajustó la iluminación para que el ambiente resultara cálido y acogedor. Su deseo de colaborar con Ámbar Ponce trascendía lo profesional; era el anhelo profundo de un creador que, aun habiéndolo recibido todo -el amor incondicional de su familia, la lealtad de sus amigos y la adoración de las masas-, seguía buscando a alguien que comprendiera el peso de la corona en la cima solitaria. El respeto que sentía por la mente detrás de aquellas novelas latía con fuerza en cada uno de sus gestos solemnes.
-Todo está listo, Geo -anunció el Sr. Park, mirando el reloj de reojo-. Faltan quince minutos. Mantén la calma.
Geo se limitó a asentir, clavando sus ojos oscuros en el ventanal del estudio, dándole la espalda a la puerta de entrada. Una sonrisa mansa, cargada de una expectación casi mística, habitaba en sus labios. Estaba a punto de abrirle las puertas de su refugio al autor que había descifrado sus propias grietas.
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Al mismo tiempo, cruzando las avenidas de la capital, el espacio dentro del automóvil de Soo-min se sentía extrañamente reducido, asfixiado por una tensión contenida. En el asiento del copiloto, Chae-Yoon contemplaba el paisaje urbano desdibujarse a través del cristal, sumergida en un estado de nerviosismo absoluto que amenazaba con desbocarle el corazón. Llevaba las manos entrelazadas con tanta fuerza sobre el regazo que sus nudillos se habían vuelto blancos. Toda la elocuencia que solía volcar con maestría en sus manuscritos parecía haberla abandonado, reemplazada por un nudo áspero en la garganta, aunque tenía ropa cómoda y fresca, se sentía sudorosa y sofocada.
Llevaba una falda de satín nude, muy femenina con una blusa sin mangas de color gris un una chaqueta informal del mismo color, llevaba unos botines del mismo color de la falda, cuándo se vistió estaba tan nerviosa que le pregunto a Soo-min si estaba bien así y su amiga le dijo que siempre está hermosa, que siempre tiene buen gusto y es muy femenina.
Soo-min, con la vista fija en el asfalto, notó de reojo la respiración agitada de su amiga y el temblor imperceptible de sus dedos. Buscando romper esa atmósfera tan densa, estiró la mano hacia el tablero del coche y encendió el reproductor, dejando que una melodía suave y con un ritmo pausado comenzara a flotar en el habitáculo, un bálsamo silencioso para calmar los vientos que rugían en la mente de la escritora.
Al ver que Chae-Yoon se relajaba un milímetro contra el respaldo, Soo-min se enfrascó en sus propios pensamientos, conmovida por la inmensa valentía de la mujer que llevaba al lado. Su vida había cambiado de una manera drástica en los últimos dos años. Mientras esquivaba el tráfico matutino, los recuerdos la arrastraron irremediablemente hacia el pasado, directo a la primera vez que vio a Chae-Yoon en el dormitorio de la universidad.
En aquel entonces, Soo-min la creía una chica sumamente aburrida y sosa. Chae-Yoon siempre vestía con ropa oscura, holgada, y llevaba ese horrible corte de pelo que no le favorecía en lo absoluto. Su rutina era inamovible: siempre estaba sentada en el escritorio del dormitorio, sepultada entre libros de medicina, sin salir ni socializar con nadie más que con su propia familia. Así pasaron los meses, como si habitaran mundos paralelos en la misma habitación, hasta que una noche todo cambió.