MEDICINE
James Arthur
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El sonido del timbre resonó en el pasillo del exclusivo complejo residencial con una nitidez que a Chae-Yoon le pareció ensordecedora. Plantada frente a la imponente puerta del estudio privado de Geo, sintió que el aire se volvía denso, casi sólido. Sus dedos, helados por la ansiedad, se cerraron con fuerza alrededor de la correa de su bolso. A su lado, Soo-min mantenía una postura impecable, transmutada por completo en la mánager implacable que había devorado los contratos días atrás. Chae-Yoon cerró los ojos un breve segundo, obligando a sus pulmones a llenarse de aire. Estaba a punto de cruzar el umbral de su búnker.
La cerradura electrónica emitió un sutil pitido y la pesada puerta se abrió. Lo primero que registró la mirada de Chae-Yoon fue la expresión del mánager Park. El rostro del experimentado ejecutivo se descompuso en una mueca de absoluto asombro. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, recorriendo la silueta de Chae-Yoon de arriba abajo, congelado por la sorpresa de descubrir que el hermético, profundo y enigmático Ámbar Ponce, el autor que había sacudido las fibras más íntimas de la superestrella del momento, era en realidad una mujer joven, elegante y de una presencia magnética.
-Por favor, adelante -atinó a decir el mánager Park, recuperando la postura a duras penas y haciéndose a un lado con una reverencia apresurada.
Chae-Yoon entró en absoluto silencio, incapaz de articular una sola palabra. Sus pasos, lentos y cautelosos, la adentraron en un espacio que la dejó maravillada. El estudio, era una obra de arte arquitectónica. Amplio, bellísimo y bañado por una luz natural que se filtraba a través de inmensos ventanales, lograba un equilibrio perfecto entre la calidez de la madera y la sofisticación tecnológica de una consola de grabación de última generación. Paredes acústicas, estanterías repletas de vinilos y guitarras colgadas como obras de arte, una batería y un magestuoso piano de cola blanco creaban una atmósfera magnética hecha genialidad pura.
Mientras Chae-Yoon absorbía el entorno con una mezcla de admiración y vértigo, Soo-min tomó las riendas de la situación, hablando con firmeza por las dos.
-Buenos días, señor Park. Agradecemos mucho la recepción y la confidencialidad para este encuentro -pronunció Soo-min con una voz ejecutiva que ayudó a Chae-Yoon a anclarse en la realidad.
Guiadas por el mánager a través del pequeño vestíbulo que conectaba el acceso con el área principal del estudio, el corazón de Chae-Yoon dio un vuelco violento. Allí, de espaldas a ellas, sentado en uno de los mullidos sofás que estaban dispuestos con una mesa de centro gigantesca humeaba un juego de té, estaba él. Vestía una camisa blanca cómoda y su postura recta delataba la sutil tensión de la espera.
Soo-min dio un paso al frente, aclarándose la garganta con delicadeza.
-Señor Moon, le presento formalmente a Ámbar Ponce.
Al escuchar el nombre, la figura de espaldas se tensó notablemente. Geo ya se había dado la vuelta por completo, y el impacto visual fue inmediato y devastador para ambos. Se quedó paralizado, mirándola con los ojos abiertos de par en par, completamente impactado. Su respiración pareció detenerse y sus facciones, habitualmente mansas y controladas, se alteraron por una oleada de asombro que no pudo ocultar. Chae-Yoon sintió que las piernas le flaqueaban; atrapada en esa mirada oscura y profunda que tantas veces había buscado en fotografías, se quedó sin habla, incapaz de romper el hechizo que los había congelado en medio de la habitación.
Chae-yoon pensó que verlo en los conciertos a cierta distancia y verlo ahora a menos de un metro es una cuestión completamente diferente, si Soo-min no la estuviera agarrando del brazo definitivamente se hubiera desmayado de la impresión.
El silencio se prolongó tanto que el aire comenzó a vibrar con una tensión casi eléctrica, hasta que el mánager Park, interviniendo con una sonrisa nerviosa, se acercó a Geo y le de unas palmaditas afectuosas en la espalda para traerlo de vuelta a la tierra.
Geo parpadeó, sacudiendo la cabeza sutilmente, y una sonrisa pequeña, mansa y un tanto turbada se dibujó en sus labios. Dio un paso hacia ella, rompiendo la distancia, y se inclinó en una reverencia profunda.
-Es... es un absoluto honor conocerla, Ámbar Ponce. Soy Moon Gye-On, Geo. Muchas gracias por estar aquí -dijo con esa voz profunda y de pecho que Chae-Yoon tantas veces había escuchado a través de sus auriculares.
Fue en ese instante cuando Chae-Yoon, reuniendo cada gramo de valor y despojándose de las barreras del seudónimo, dio un paso adelante. No quería esconderse detrás de una marca frente al hombre que la había salvado en secreto. Con una voz hermosa, armónica y de una calidez que pareció envolver las paredes acústicas del estudio, ejecutó una reverencia impecable y habló.
-El honor es completamente mío, señor Moon -dijo, mirándolo directamente a los ojos-. Sé que mi mánager me ha presentado como Ámbar Ponce, y ese es el nombre que protegerá nuestro trabajo... Pero frente a usted, quiero presentarme formalmente. Mi nombre es Kang Chae-Yoon, me pueden decir Chae-yoon. Es un placer conocerlo- dijo, haciendo una reverencia impecable.
Geo contuvo el aliento por una fracción de segundo. La revelación de su nombre verdadero, pronunciado con esa melodía tan pura, pareció asentarse en su pecho como una nota musical perfecta. El mánager Park alzó las cejas, conmovido por el gesto de confianza absoluta que la escritora acababa de otorgarles antes de tocar un solo papel.
Chae-Yoon extendió su mano derecha. Cuando la mano de Geo, cálida, grande y ligeramente áspera por el roce de las cuerdas de la guitarra, envolvió la suya en un apretón firme pero sumamente delicado, una corriente de estática pareció recorrer la piel de ella. Solo pensó que estaba soñando.