STILL WITH YOU
Jung kook
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Geo pensó decirle algo que si no se equivoca la llenará de satisfacción.
-De hecho -continuó Geo, dibujando una sonrisa cargada de nostalgia y complicidad mientras jugaba con sus palillos-, hay algo que todavía no te he contado y que hace que todo esto sea aún más increíble. ¿Recuerdas que te dije que ella es mi hermanita es mi debilidad y que siempre está al tanto de todo?
Chae-Yoon asintió, mirándolo con atención, intrigada por el rumbo que tomaba la conversación.
-Pues resulta que la culpable de que hoy estés sentada en mi cocina es ella -reveló Geo, soltando una pequeña risa al ver la expresión de sorpresa en el rostro de la escritora-. Hace unos meses, para mi cumpleaños mi hermanita me obsequio un paquete. Cuando lo abrí, era tu libro. Me dijo con mucha seriedad que, como yo me la pasaba escribiendo música triste en mi estudio, tenía que leer a una autora que escribía cosas igual de profundas y melancólicas que mis acordes, y pensó que me gustaria mucho el libro con solo leer la sinopsis.
Geo se inclinó un poco hacia adelante, clavando sus ojos oscuros en Chae-Yoon, disfrutando enormemente del tierno color rosa que, predeciblemente, volvió a instalarse en las mejillas de la joven.
-Me obligó a prometerle que lo leería, y así lo hice. Me encerré en este mismo apartamento una noche entera y me bebí tus páginas de un solo tirón. Así que, técnicamente, mi pequeña hermana fue la visionaria que unió nuestras mentes mucho antes de que firmaramos los contratos. Ella fue quien me obsequió tu arte, Chae-Yoon.
Chae-Yoon bajó la mirada hacia su plato, con el corazón latiéndole a un ritmo acelerado y una sonrisa mansa dibujándose en sus labios. Saber que su literatura había entrado al hogar más íntimo y protegido de Geo a través de las manos inocentes de su hermana pequeña le dio un sentido completamente mágico a todo lo que estaba viviendo esa noche.
Geo la observó detalladamente, deleitándose una vez más con la genuina dulzura que emanaba de la escritora. Tras terminar la cena, la conversación siguió fluyendo de manera natural durante un rato más, extendiéndose entre anécdotas ligeras y risas compartidas que terminaron por disipar cualquier rastro de la timidez inicial. Sin embargo, al mirar de reojo el gran ventanal que mostraba el cielo nocturno de Seúl, Chae-Yoon cayó en la cuenta de la hora.
Chae-yoon se puso de pie con la intención de recoger la mesa, y Geo solo la miro y le dijo que no se preocupe que luego el limpia todo.
De todas formas Chae-yoon se quedó de pie.
-Se ha hecho muy tarde -dijo ella, levantándose de la butaca con un gesto educado-. Creo que es momento de irme a casa, Gye-On. Mañana nos espera otro día largo en el estudio.
-Te llevaré -declaró Geo de inmediato, poniéndose de pie con total frescura.
Chae-Yoon soltó una pequeña risa y lo miró con diversión.
-Agradezco el gesto, pero vine en coche. Está abajo en el estacionamiento.
Geo se quedó congelado un segundo, parpadeó y luego se dio un leve golpe en la frente con la palma de la mano, soltando una risa avergonzada.
-Ah, es verdad, no podré demostrarte la buena educación que recibí-admitió con una sonrisa ladeada-. En ese caso, al menos déjame acompañarte hasta tu coche.
Chae-Yoon no se negó. Ambos salieron del apartamento y subieron al ascensor privado del complejo, descendiendo en un cómodo silencio hasta el estacionamiento subterráneo. Al llegar frente al vehículo de la escritora, Geo esperó a que ella subiera, dedicándole una última mirada cálida a través de la ventanilla.
-Conduce con cuidado. Avísame cuando llegues, por favor -le pidió él, recostándose levemente en el marco de la puerta.
-Lo haré. Descanse, Gye-On -respondió ella, encendiendo el motor con las mejillas ligeramente rosadas.
Geo esperó en el lugar hasta verla salir del perímetro de seguridad. Con el pecho ligero y una sonrisa boba que no lograba quitarse del rostro, Geo caminó de vuelta al ascensor.
Sin embargo, cuando las puertas se abrieron en uno de los niveles residenciales, la figura de Chi Min-seok se materializó frente a él. Min-seok, uno de los miembros menores de Solstice, vestía unos pantalones deportivos holgados, una sudadera enorme y una gorra hacia atrás. Al ver al líder, sus ojos se iluminaron con una mezcla de malicia y alivio.
-¡Oh, líder! -exclamó Min-seok, colándose en el ascensor sin pedir permiso y apretando directamente el botón del ático de Geo-. Qué excelente servicio de transporte. Iba exactamente a invadir tu apartamento porque tengo un hambre que me muero. Sé que tu nevera siempre tiene comida real, no como la mía.
Geo lo miró de arriba abajo, borrando de inmediato su sonrisa idílica para adoptar su habitual fachada fresca de hermano mayor.
-Pues ya es tarde, es mejor que te vayas a tu propio piso -le dijo Geo con total desparpajo-. Puedes pedir algo para comer a domicilio por una aplicación. No molestes.
Min-seok abrió los ojos de par en par, dramatizando un dolor profundo en el estómago mientras el ascensor alcanzaba el piso superior.
-¡Vaya, te has vuelto un hombre cruel! ¿Cómo puedes tratar así a tu tierno hermano menor? Por favor, alimentame, dime que tienes un poco de estofado o moriré de inanición en tu alfombra. Además, somos vecinos en este edificio, es tu deber alimentarme.
Ignorando por completo las quejas y los sutiles empujones de Geo, Min-seok avanzó como un torbellino en cuanto las puertas se abrieron. Geo digitó el código de la puerta Min-seok entró primero, olfateando el aire como un sabueso. Se dirigió directo a la cocina con la firme intención de saquear los estantes, pero se detuvo en seco al ver la isla de mármol negro.
La mesa todavía estaba puesta. Había dos platos vacíos con restos de una cena espectacular, dos vasos y dos pares de palillos. Min-seok hizo una expresión de dolor exagerada, girándose lentamente hacia Geo con los ojos entrecerrados y una sonrisa de absoluta picardía.