Vienna
Billy Joel
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El frasco de pastillas sobre la mesa de noche parecía burlarse de la situación. El doctor Choi había sido implacable en la última sesión, insistiendo en que Chae-Yoon era una bomba de tiempo clínica, pero ella se negaba rotundamente a volver a tomar antidepresivos. Sentía que si cedía a ellos, le daría la razón al Director Kang; aceptaría que era el desastre roto que su padre siempre había señalado.
Habían pasado dos semanas asfixiantes. El mini álbum de Solstice finalmente se había lanzado y el mundo entero parecía haber entrado en un estado de histeria colectiva. Siete canciones perfectas de amor, odio y dos ritmos contagiosos que hacían bailar a cualquiera. Las plataformas de streaming explotaron y, en cuatro de los vídeos principales, Gye-On se veía tan arrebatadoramente sexy que a la escritora le costaba respirar cada vez que su imagen aparecía en la pantalla.
Pero mientras el mundo de él brillaba con más fuerza, el de Chae-Yoon se apagaba. No dormía, el apetito se le había cerrado por completo y llevaba días sin poder escribir una sola línea de su trabajo. Se sientía vacía.
Esa noche, a pesar del cansancio acumulado, habían logrado coordinar una cita nocturna secreta. Caminaban a paso lento junto al río Han, envueltos por la brisa fresca de la madrugada y protegidos por la complicidad de la oscuridad. Chae-Yoon forzaba sus músculos a relajarse, dibujando una sonrisa mansa y borrando cualquier rastro de la ansiedad que le carcomía el pecho. No eran una pareja formal aún; sus salidas seguían siendo un terreno delicado que recorrían con cautela, y ella no quería arruinar el momento. No quería asustarlo ni convertirse en una carga en el punto más alto de su carrera.
-Estás muy silenciosa hoy, escritora -murmuró Geo, su voz profunda y parsimoniosa rompiendo el murmullo del agua mientras se acomodaba la gorra negra para cubrir su rostro.
-Solo estoy disfrutando de la vista, Gye-On -mintió ella con suavidad, esforzándose por sostenerle la mirada.
Gye-On se detuvo y se giró hacia ella. Sus ojos negros se clavaron en el rostro de la joven con esa fijeza analítica que tanto la intimidaba. Se inclinó un poco, y Chae-Yoon sintió el sutil roce de sus dedos largos cerca de su mejilla, buscando adivinar lo que las capas de maquillaje intentaban esconder desesperadamente bajo las luces tenues del muelle.
-¿Estás cansada? Chae-Yoon. Tienes unas ojeras pronunciadas y tus ojos no brillan igual -dijo él, con un tono cargado de una preocupación sutil pero punzante.
-Es solo el cambio de estación, Gye-On -respondió ella de inmediato, forzando una pequeña risa-. Además, ver tus vídeos musicales le quita el sueño a cualquiera. Te ves demasiado expuesto ahí fuera.
Él sonrió de medio lado, mostrando esa expresión ladina que ella tanto amaba, y pareció conformarse con la respuesta, aunque el peso de su mirada protectora la persiguió durante todo el camino de regreso.
Geo no era tonto, y sabía perfectamente que a Chae-Yoon le ocurria algo.
Esas dos semanas habían sido un torbellino indomable. Entre las promociones del álbum, las entrevistas y los programas de variedades, la agenda del líder se había vuelto asfixiante. Las siete canciones eran un éxito sin precedentes, pero el precio había sido pasar el tiempo con ella a cuentagotas; limitados a breves citas nocturnas y caminatas secretas con el corazón en la boca para evitar a los reporteros.
Y mientras caminaban a la orilla del río Han, Geo notó con total claridad una nueva grieta en la armadura de la escritora.
Chae-Yoon intentaba aparentar que todo estaba bien, regalándole esa sonrisas tiernas que siempre había sido su cable a tierra, pero sus pasos eran más lentos, su cuerpo se veia más frágil y, aunque usara capas de maquillaje para la cita, las ojeras delataban que dormía bien y eso la estaba devorando. Ella intentaba actuar con normalidad porque aún no eran una pareja oficial y el terreno entre los dos seguía construyéndose, pero su lenguaje corporal gritaba auxilio. Geo no sabía qué le ocurría con exactitud. Intentaba acceder, buscaba su mirada, pero ella levantaba un muro invisible y luego volvía a sonreír como si nada pasara. No sabía cómo ayudarla si ella no se abría del todo, y el pánico a que ese silencio terminara destrozando lo que estaban empezando a construir le quemaba por dentro.
Por eso planeó la escapada. Tenían tres días libres antes de que él tuviera que abordar un vuelo rumbo a los Estados Unidos para la gira internacional de promoción. No podía marcharse al otro lado del mundo dejándola en ese estado.
-Preparé una escapada para este fin de semana -le dijo Geo, deteniendo el paso y atrapando las manos delgadas de ella entre las suyas-. Nos vamos de cámping. Una zona privada en las montañas, lejos del ruido, de las cámaras y de Seúl.
Ella parpadeó, sorprendida por el tono desbordante y determinado del líder de Solstice.
-¿Nosotros dos? -preguntó en un susurro.
-No escritora, No solo nosotros. Invité a los chicos del grupo y a Soo-min. Necesitas aire limpio, Chae-Yoon. Necesitamos desconectar de todo y dejar de pensar por unos días -le acarició la mejilla, sintiendo su piel fría-. Déjame cuidarte este fin de semana.
Geo no lo mencionó en ese instante, pero en ese bosque, bajo el amparo de la naturaleza y sin el peso de la ciudad, iba a dar el paso definitivo. Estaba decidido a declararle sus sentimientos y a demostrarle que estaba listo para avanzar y sostener su desastre, sea cual sea el fantasma que oculte su mirada.
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La sala de estar del apartamento de Chae-Yoon se sentía helada esa tarde, a pesar de que la claridad del sol entraba por el ventanal. Soo-min no podía dejar de caminar de un lado a otro, con el corazón en un puño, mientras observaba la receta médica que su amiga había dejado olvidada sobre la barra de la cocina.