No One
Alicia Keys
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El ronroneo del motor del sedán negro de la familia Kang era el único sonido que habitaba el habitáculo. Chae-Yoon miraba a través del cristal tintado las luces difusas de Seúl, agradeciendo internamente la fría desconfianza de su padre; él había asumido que, de no enviar un coche oficial con un chófer a buscarla, ella simplemente no asistiría a la velada. Y tenía razón. Pero allí estaba, avanzando de manera implacable hacia el hotel de cinco estrellas donde se celebraría la gala anual de la fundación médica en memoria de su hermano Dae-Yoon.
Aquella noche, la calidez que Chae-Yoon había recuperado en los últimos días se congeló por completo bajo el peso del deber familiar. Volvió a colocarse la armadura rígida que la había caracterizado desde que era una niña pequeña: una coraza de hielo, distancia y una formalidad milimétrica. Estaba hermosamente impecable.
Para la ocasión, Chae-Yoon portaba un deslumbrante y esplendoroso vestido de gala negro de un solo hombro, con una caída de satín pesado que nacía en un delicado drapeado en la cintura y se abría en una abertura profunda en la pierna. El diseño combinaba una manga larga y ceñida con un hombro completamente al descubierto, otorgándole un aire de elegancia aristocrática y severa.
Su peinado y maquillaje, complementaban la máscara de perfección: llevaba el cabello castaño chocolate alisado a la perfección, con una raya al medio que enmarcaba un rostro esculpido por un sutil difuminado en tonos terracota, pestañas perfectamente delineadas que rasgaban sus ojos y unos labios en tono nude mate. Sus llamativos ojos lucían fríos, fijos, desprovistos de cualquier rastro de la ansiedad que la consumía por dentro.
Al llegar, el despliegue de flashes en la entrada principal la obligó a levantar el mentón. Al cruzar el umbral del salón principal, sus padres ya la aguardaban junto a la mesa presidencial. El Director Kang la escaneó de arriba abajo con una mirada cargada de una crítica afilada, buscando el más mínimo defecto en su postura. Su madre la miró por un breve momento a los ojos pero, fiel a su costumbre de años, no dijo absolutamente nada y desvió la vista hacia los arreglos florales.
-Llegas veinte minutos tarde al protocolo de recepción -sentenció su padre con una dignidad gélida, revisando su reloj de oro-. Supongo que al menos tienes el discurso listo.
-Sí. Lo tengo -respondió Chae-Yoon, inclinando la cabeza en el ángulo exacto de la sumisión heredada.
A partir de ese segundo, la sonrisa de Chae-Yoon se volvió estática, inmovilizada en sus labios como una mueca ensayada que ya le entumecía los músculos faciales. El infierno de la alta sociedad médica comenzó a desfilar ante ella. Tuvo que inclinar la cabeza, saludar y sonreír falsamente ante los viejos miembros del consejo de la clínica privada Kang, soportar las miradas altivas de sus esposas y los comentarios competitivos de sus hijos.
La tensión e intriga flotaban en cada mesa. Uno que otro invitado, carente de tacto y buscando una debilidad en el linaje Kang, no se contuvo y le lanzó la pregunta directamente a la cara: «Chae-Yoon, querida, tenía siglos sin verte, estás cada día más hermosa. ¿Dónde has estado?
Chae-Yoon no respondió a nadie. Se limitó a sostenerles la mirada y a regalarles una sonrisa vacía, muda. Su padre, cuya furia crecía de manera subterránea al ver el escrutinio sobre su hija rebelde, interceptaba las preguntas respondiendo con tecnicismos corporativos, pero de inmediato le dedicaba a Chae-Yoon una mirada tan severa, cargada de una violencia psicológica tan implacable, que en otra ocasión la habría puesto de rodillas en el suelo rogando misericordia y perdón. Pero la Chae-Yoon de esa noche era de piedra.
Para cuando llegó el momento de los discursos oficiales y el inicio de las subastas benéficas, la escritora estaba agotada física y mentalmente; los zapatos de tacón le mataban los pies y el aire acondicionado del salón se sentía como agujas en su piel.
En un momento de la noche, el Director Kang se puso de pie de la mesa para discutir un asunto financiero con un ministro en el pasillo lateral. Al quedar solas, la madre de Chae-Yoon rompió su mutismo milenario. Miró de reojo la rigidez de su hija y preguntó en un susurro:
-Chae-Yoon... ¿te encuentras bien?
La escritora giró el rostro despacio. Sus ojos dorados se clavaron en la mujer que le había dado la vida con una frialdad desparramada que hizo que la matriarca se tensara.
-No actúes como si yo te importara algo ahora, madre -soltó Chae-Yoon en un susurro sibilino, pausado y letal-. Mejor sígueme ignorando. Estoy perfectamente acostumbrada a ser una paria y a recibir tu indiferencia mucho antes de haber renunciado. Me da coraje cuando actúas como una madre devota y cariñosa frente a los demás, cuando en privado jamás lo has sido.
La madre de Geo le había enseñado esa misma semana lo que era el amor maternal real, y el contraste hacía que la falsedad de la mujer sentada a su lado fuera insufrible. La matriarca de los Kang, que jamás en su vida había escuchado a Chae-Yoon hablar con semejante veneno y determinación, se quedó paralizada, con los ojos abiertos de par en par. El impacto de las palabras fue tal que los ojos se le aguaron instantáneamente, reflejando una culpa reprimida por años. Sin embargo, el orgullo de su apellido fue mayor: tras un instante de flaqueza, apartó la vista, se tragó las lágrimas, se puso de pie con rigidez y se marchó a saludar a unos conocidos al otro lado del salón para no derrumbarse.
Finalmente, la voz del maestro de ceremonias llamó al estrado a la familia principal. Chae-Yoon tuvo que ponerse de pie detrás de su padre, al lado de su madre y de sus tíos cirujanos, para la ronda de discursos benéficos. El Director Kang habló de cifras, de prestigio y de la excelencia de la clínica. Cuando los aplausos protocolares cesaron, llegó el turno de la menor del linaje.