Mi Voz De Angel

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Adiós melancolía
Ricardo arjona

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La atmósfera en el apartamento de Chae-Yoon se había vuelto irrespirable. Conforme se acercaba la fecha de su cumpleaños, cada fibra de su ser vibraba con una tensión nerviosa que ni siquiera las llamadas diarias de Geo lograban calmar. El músico, atrapado en una sesión fotográfica fuera de la ciudad, notaba a través del teléfono que ella se desmoronaba; cada noche, Chae-Yoon despertaba envuelta en un sudor frío, atrapada en los restos de pesadillas donde el trauma de la muerte de su hermano se fundía con la hostilidad de sus padres. En esos momentos de oscuridad total, sus manos buscaban instintivamente el frasco de pastillas que el doctor Choi le había recetado, pero antes de permitir que la química la dominara, recordaba los efectos secundarios que la volvían un autómata y, con una mezcla de miedo y rebeldía, las dejaba sobre la mesa de noche sin ingerirlas, aún no estaba tan desesperada, podía aguantar un poco más.

Una tarde, mientras estaba en compañía de Soo-min. Su teléfono vibró con insistencia; era su prima, quien al contestar le lanzó una noticia que le heló la sangre: «Chae-Yoon, ven a la clínica ahora mismo. Tu padre se ha desplomado y no sabemos qué sucede». Sin perder un segundo, Soo-min la llevó conduciendo a una velocidad

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El trayecto hacia la clínica fue una nebulosa de estática y luces pasando a toda velocidad. Chae-Yoon, sentada en el asiento del copiloto mientras Soo-min conducía con una destreza impropia de la situación, mantenía las manos cerradas en puños sobre su regazo. Sus uñas se clavaban en la palma, un dolor físico necesario para contrarrestar la disociación que amenazaba con devorarla. "Mantén la compostura", se repetía a sí misma como un mantra.

Al cruzar las puertas automáticas de la clínica, el aire gélido con olor a desinfectante le golpeó el rostro, devolviéndola al presente con una crudeza punzante. Allí, en la planta privada, la estirpe Kang se desplegaba como una guardia de honor fúnebre. Sus tíos hablaban en susurros conspiratorios, sus primos observaban sus teléfonos con una indiferencia fingida, y el aroma a café quemado de la máquina del pasillo llenaba el aire de una pesadez abrumadora.

Chae-Yoon caminó con una lentitud calculada, manteniendo la cabeza erguida, aunque por dentro sus pensamientos eran un caos de espejos rotos. "Es el mismo pasillo", pensó, mientras su mirada se fijaba en una mancha de humedad en el techo que parecía no haber cambiado en una década. "La misma luz, las mismas caras de hipocresía, el mismo silencio sepulcral que solo se rompe cuando alguien muere". La punzada en su pecho era un eco de aquel día en que la vida de Dae-Yoon se apagó, pero se obligó a suavizar sus facciones. Cuando su madre se acercó, envuelta en un abrigo de cachemira gris y con el rostro surcado por el terror, Chae-Yoon no reveló la tempestad que la consumía.

-Chae-Yoon, finalmente llegas -dijo su madre, tomándola de los codos con una fuerza desesperada-. Tu padre colapsó en su despacho hace poco más de una hora. Los médicos aún no nos dan un parte definitivo.

-Entiendo, madre -respondió Chae-Yoon con una voz plana, desprovista de cualquier inflexión emocional.

El silencio que siguió fue interrumpido por la apertura de las puertas dobles. El médico jefe, un hombre cuya reputación dependía enteramente de la supervivencia del Director Kang, salió limpiándose las manos con un pañuelo de seda, con el rostro desencajado por el peso de la responsabilidad. La familia se cerró sobre él en un círculo hermético. Chae-Yoon se quedó en la periferia, observando la escena como si fuera una espectadora de una obra de teatro que ya conocía de memoria, una tragedia donde el guion nunca cambiaba.

-Señores, la situación está controlada por el momento -anunció el facultativo, aunque su voz titubeaba-. El Director sufrió un episodio hipertensivo agudo, un evento vascular que, afortunadamente, no ha derivado en un derrame, pero su corazón está funcionando al límite. Necesita reposo absoluto. Está estabilizado, ya se encuentra en su suite privada.

-¿Reposo? ¡Es el Director Kang! -rugió su tío, dando un paso al frente-. ¿Qué tipo de tratamiento le están aplicando?

-El protocolo de rigor, no podemos arriesgar más. Entren de dos en dos, diez minutos cada pareja. No toleraré altercados ni temas laborales en la habitación. Si su ritmo cardíaco vuelve a elevarse, no seremos responsables de lo que suceda.

Chae-Yoon escuchaba las instrucciones mientras sentía una náusea persistente. Su madre le lanzó una mirada inquisidora, esperando que fuera ella la primera en entrar para demostrar la unión familiar ante el resto de la dinastía. La joven sintió el peso de la historia sobre sus hombros; el hombre que le había dado una bofetada hace apenas unos días estaba ahora inerte, dependiendo de la benevolencia de los mismos que él mismo había instruido para ser tan fríos como el hielo. Chae-Yoon dio un paso hacia adelante, con el alma partida entre el deber filial que aún no lograba desterrar y la libertad que había comenzado a saborear al lado de Geo, sin saber que al entrar en esa suite, estaba sellando el inicio de una lucha que apenas comenzaba.

La suite privada estaba sumida en una penumbra artificial, apenas rota por el ritmo constante y metálico del monitor cardíaco. El Director Kang yacía sobre la cama de hospital con una palidez mortecina que le quitaba toda la autoridad que solía emanar en los pasillos de la corporación. Chae-Yoon estaba de pie junto a la ventana, observando las luces de la ciudad, cuando su teléfono vibró contra su muslo. Lo sacó con disimulo y leyó el mensaje de Soo-min:

- "Estoy aquí afuera, en el pasillo. Si necesitas salir, un respiro o cualquier cosa, solo dímelo".

Con los dedos tensos, Chae-Yoon respondió rápidamente antes de que su madre, sentada en una butaca de cuero junto al paciente, pudiera ver la pantalla:




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