Say You love me
Jessie Ware
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El viernes el aire se sentía distinto, cargado de una electricidad que Chae-Yoon no había experimentado en años. Con el corazón latiendo a un ritmo acelerado pero constante, tomó su teléfono y marcó el número del manager de Geo. Necesitaba que fuera un secreto absoluto, una sorpresa que solo ella pudiera orquestar.
-Hola, Sr. Park, soy Chae-yoon.-dijo ella, con una sonrisa involuntaria dibujándose en su rostro al escuchar la voz sorprendida del otro lado-. Necesito un favor importante. Quiero ver a Geo, pero no quiero que sepa que voy. ¿Podrías decirme si tiene algún momento libre este fin de semana?
El manager, cuya voz sonaba notablemente más relajada al reconocerla, soltó un suspiro de alivio genuino.
-Chae-Yoon, me alegra tanto saber de ti. ¿Dónde te habías metido? Déjame decirte que no tiene absolutamente ningún compromiso para este fin de semana. Como bien sabes, a él no le gusta salir cuando tiene días libres; se queda encerrado en casa. Honestamente, me alegra mucho que hayas vuelto. Ha sido un mes increíblemente difícil trabajar con él; su actitud ha sido... complicada, por decir lo menos.
Chae-Yoon soltó una risa cristalina, una melodía que le devolvió la ligereza al alma.
-Lo siento mucho por eso -respondió ella con ternura-. Prometo que, de ahora en adelante, yo me encargaré de mantener al artista feliz para que usted pueda trabajar a gusto. Considera que a partir de hoy, su carga de trabajo será mucho más ligera.
Tras despedirse, Chae-Yoon miró el reloj. Eran poco más de las cinco de la tarde y el sol empezaba a bajar, tiñendo el cielo de tonos rosados. Geo estaba libre. La idea de estar a solo unas horas de verlo, de sentir su cercanía y de terminar con ese periodo de distancia forzada, le revolvió las entrañas de una forma deliciosa. El anhelo que había estado reprimiendo estalló en su interior: lo extrañaba un mundo, con cada fibra de su ser.
Decidió que las siete de la tarde sería el momento perfecto. Se tomó el tiempo de arreglarse, buscando reflejar en su exterior la paz que finalmente había florecido en su interior. No sería una entrada triunfal ni dramática; sería simplemente el regreso a casa de alguien que, tras perderse en la oscuridad, había encontrado el camino de vuelta hacia la luz de la única persona que siempre la esperó. Mientras se ponía en camino, Chae-Yoon se permitió soñar con la expresión en el rostro de Geo al abrir la puerta y encontrarse, contra todo pronóstico, con la realidad que tanto había deseado.
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Chae-Yoon se miró en el espejo antes de salir. El vestido de satín nude, con sus finas tiras y su caída fluida hasta el suelo, le daba una elegancia etérea que se complementaba con la naturalidad de su cabello suelto y un maquillaje sutil. Se sentía renovada, pero mientras el taxi avanzaba por la ciudad hacia la residencia de Geo, los nervios comenzaron a hacer mella en su calma.
¿Y si estaba molesto? ¿Y si el dolor de los días de silencio había endurecido su corazón? Mientras el ascensor ascendía, se obligó a respirar hondo. Se repitió a sí misma que todo saldría bien, y si no era así, estaba dispuesta a todo: si tenía que rogar por su perdón, lo haría sin dudarlo.
Al llegar frente a la puerta, su mano tembló ligeramente antes de presionar el timbre. El silencio posterior pareció eterno. Segundos después, la puerta se abrió. Chae-Yoon se preparó para saludar, pero su rostro se congeló: era uno de los miembros de Solstice, quien, al verla, simplemente cerró la puerta de golpe, dejándola estática en el pasillo, con el corazón martilleando en sus oídos.
El desconcierto duró apenas un suspiro. La puerta se abrió de par en par de nuevo, esta vez para dejar salir a todo el grupo. Los chicos la saludaron con complicidad, levantando los pulgares y pasando a su lado como una procesión silenciosa que le abría paso. Al final de la fila, allí estaba él.
Geo no esperaba encontrarla. Su expresión, al principio de confusión, se transformó rápidamente en una sorpresa absoluta que le nubló la mirada. Se quedaron allí, detenidos en el tiempo, observándose en medio del pasillo. Chae-Yoon sintió que la vulnerabilidad la superaba; una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla, marcando el final de su larga espera.
Esa pequeña lágrima fue la chispa que Geo necesitaba. Sin mediar palabra, acortó la distancia de un solo paso y la envolvió en un abrazo desesperado, como si temiera que ella fuera a desvanecerse si la soltaba. La alzó un poco, llevándola dentro del apartamento mientras la mantenía pegada a su pecho, hundiendo su rostro en el hueco de su cuello.
El mundo exterior dejó de existir. Allí, en la penumbra del recibidor, permanecieron abrazados por varios minutos interminables. No necesitaban hablar; el latido de sus corazones, sincronizado al fin después de tantas tormentas, decía todo lo que el silencio había guardado durante meses. Ninguno quería romper el contacto, sabiendo que, en ese abrazo, finalmente estaban volviendo a casa.
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El apartamento de Geo era un caos de risas, botellas de soju y la música baja que acompañaba la camaradería de Solstice. Estaban disfrutando de ese raro fin de semana libre, ajenos a cualquier tensión, cuando el timbre interrumpió el ambiente. El miembro más joven del grupo se levantó, caminó hacia la puerta y, tras un instante, la cerró con una rapidez casi cómica, regresando a la sala con una expresión indescifrable.
Se acercó a S.H. y le susurró algo al oído. S.H. se puso en pie de inmediato, captando la señal, y con una mirada seria les indicó al resto:
-Tenemos que irnos, ahora.
Geo, confundido y receloso ante la actitud extraña de sus compañeros, se levantó con ellos mientras estos empezaban a recoger sus abrigos con una urgencia que no cuadraba con la relajación de hacía un momento.