Un amor para la historia
Gilberto Santa Rosa
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La semana había transcurrido en un suspiro, cargada de ensayos y viajes relámpago a Busan, pero el viernes llegó con una intensidad que a Geo le removía las entrañas. Estaba a punto de cruzar el umbral más importante de su vida adulta. Mientras conducía hacia el edificio de Chae-yoon, el corazón le martilleaba contra las costillas con una fuerza casi violenta.
Había pasado horas meditando el regalo perfecto. Sabía que los padres de ella eran doctores -gente de ciencia, de orden, de estándares elevados y muy ricos- y la idea de presentarse con las manos vacías le parecía un sacrilegio. Su madre lo habría desheredado si se enteraba. Al final, se decidió por un whisky añejo del 88 para el padre, una elección que rezumaba respeto por el tiempo, y un colgante de Tiffany & Co. para la madre, un detalle que hablaba de elegancia sin estridencias.
Cuando vio a Chae-yoon esperándolo en la acera, el mundo se detuvo un instante. Estaba preciosa, con una elegancia sencilla que lo dejó sin aliento. Se bajó del coche para abrirle la puerta, y ella, al verlo, no pudo evitar una sonrisa juguetona.
-Vaya, Geo -dijo ella, recorriéndolo con la mirada-, ¿no crees que vas demasiado arreglado?
Geo sintió cómo el calor le subía por el cuello.
-No bromees con eso, Chae-yoon -respondió, azorado y ajustándose la chaqueta-. Hay que dar una buena impresión, ¿o es que quieres que piensen que no me tomo esto en serio?
Ella soltó una carcajada suave, acercándose para darle un beso tierno en los labios.
-Estás muy nervioso. Cálmate un poco, por favor amor.
-Imposible -murmuró él, apretando el volante-. No puedo calmarme.
El trayecto fue silencioso, solo interrumpido por el murmullo de la música de fondo. El GPS los guio hasta una de las zonas más exclusivas de Seúl. Cuando el coche se detuvo frente a un portón eléctrico que Chae-yoon abrió con un mando, Geo se quedó mudo. El terreno era inmenso, un oasis de privacidad y lujo en medio de la metrópoli. Condujeron por un sendero arbolado hasta que la casa, una mansión imponente que parecía sacada de un sueño, apareció frente a ellos.
Geo soltó un suspiro profundo, soltando todo el aire que había estado conteniendo. Chae-yoon, al verlo, se echó a reír con complicidad.
-Tranquilo, Geo. Yo te protegeré -dijo, tomándole la mano.
Cuando se bajaron, Geo fue directo al maletero y sacó las bolsas de regalo. Chae-yoon arqueó una ceja.
-Te dije que no hacía falta traer nada.
-Los padres siempre tienen en cuenta estas cosas -respondió él con una sonrisa nerviosa.
Ella lo miró fijamente.
-¿Y cómo lo sabes tú, si supuestamente soy tu única novia oficial?
Geo le lanzó una mirada suplicante, casi como un niño pidiendo piedad, y ella, encantada con su torpeza, dejó de presionar. Caminaron de la mano hacia la entrada. Las puertas de madera maciza se abrieron antes de que tocaran, y Geo se quedó petrificado.
La mujer que salió a recibirlos era, sin duda, una versión de Chae-yoon unos años mayor. La elegancia era la misma, y la expresión de asombro que se dibujó en su rostro al ver a su hija tomada de la mano con un chico. Pero cuando sus ojos se posaron en Geo, se abrieron aún más. Lo había reconocido. Un punto para él, o eso creía.
-Buenas tardes, mamá -saludó Chae-yoon, sin soltar la mano de su novio.
Entraron y se pusieron los mocasines de cortesía. Una chica joven apareció para retirar los abrigos y las bolsas que Geo le entregó con una reverencia educada. Caminaron por un pasillo inmenso, adornado con obras de arte que daban a la casa un aire de museo cálido.
En el salón, sobre un sofá de cuero italiano, estaba el padre de Chae-yoon. Era un hombre alto, de facciones aristocráticas, vestido de forma casual pero impecable. Al verlos, se puso en pie con una naturalidad que denotaba autoridad. Geo supo que era su momento. Se cuadró, hizo una reverencia profunda y perfecta, y habló con voz clara:
-Buenas tardes, señor y señora Kang. Soy Moon Gye-On. Es un verdadero gusto conocerlos.
-Papá, mamá -añadió Chae-yoon con voz firme-, les presento a mi novio.
Los padres de Chae-yoon intercambiaron una mirada y luego sonrieron a Geo. El señor Kang se acercó y le extendió la mano con firmeza. La señora Kang hizo lo mismo, con una calidez que calmó instantáneamente el pulso acelerado de Geo. Tomaron asiento, y aunque el aire en el salón era imponente, la presencia de Chae-yoon a su lado hizo que, por primera vez en toda la semana, Geo sintiera que finalmente estaba justo donde debía estar.
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El salón estaba impregnado de un silencio que, lejos de ser incómodo, se sentía como una oportunidad para observar. La señora Kang, manteniendo esa elegancia natural que había heredado su hija, estudiaba a Geo con una curiosidad que, afortunadamente, no parecía hostil.
-No todos los días recibimos visitas de tu talla en casa, joven -comentó el señor Kang, con un tono que oscilaba entre la cortesía profesional y una punzante astucia. Se reclinó en el sofá, cruzando las piernas con elegancia-. He visto algunas de tus entrevistas. Sueles ser alguien que controla mucho su imagen. Es curioso verte aquí.
Geo sintió un pinchazo en el pecho, pero mantuvo la mirada firme. Chae-yoon apretó ligeramente su mano, un gesto que él valoró más que cualquier otra cosa en ese momento.
Su madre no dejaba de mirar sus manos entrelazadas.
-Tiene razón, señor Kang -respondió Geo, con una sinceridad que sorprendió incluso a sus oídos-. En mi trabajo, la imagen es una armadura. Pero hoy no he venido a traer esa armadura conmigo. He venido porque, para Chae-yoon, este lugar significa mucho, y quería mostrarles el debido respeto.
La señora Kang sonrió, esta vez con un destello de genuina aprobación.