Microcuentos de terror

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El hombre bebió el vaso de zumo e hizo una mueca.

—Estaba muy amargo —dijo.

—Es lo que tiene cuando lo aderezas con una fuerte dosis de veneno.

La sonrisa ladina de su mujer le confirmó que no decía mentiras.

—Lo sé todo —continuó la mujer—. Sé adónde fuiste anoche, con quien te viste y lo que hiciste. ¡Me traicionaste, cariño! Sé que no pudiste con la culpa y fuiste con tu amigo el policía a contarle lo de los cadáveres en el sótano. Pero descuida, para cuando lleguen, ya estaremos muertos.

Acto seguido, se bebió de golpe su propio vaso de zumo.




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