Microcuentos de terror

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Conocí a Timmy en la escuela, y en ese entonces ya no tenía lengua. Pensé que la había perdido en un accidente, sin embargo, la verdad resultó perturbadora: su padre se la había cortado por decir mentiras.

Pese a ello, era un chico muy alegre, risueño y vivaz. Y por eso lo odiaba.

Cierto día fui a casa de su padre y le conté que su hijo no había cambiado, que pese a la ausencia de la lengua seguía siendo un mentiroso.

Su padre sonrió, maquiavélico. Y al cabo de un minuto me encontraba atado en una silla, y el malvado adulto se acercaba con un cuchillo. “No me gustan las mentiras, chico —susurraba—. No me gustan para nada”. 




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