Microcuentos de terror

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Había algo allá afuera. Lo percibíamos como un leve susurro, como las cautas pisadas de un predador. Lo peor era el miedo, un miedo inexplicable, que estrujaba nuestro espíritu.

Papá decidió ir a investigar. Cogió linterna y un viejo bate de béisbol. Lo vi pasar por la ventana y lo perdí de vista al doblar la casa. Al cabo lo vislumbré a través de las cortinas de la ventana del otro lado. Una vez en la puerta llamó para que fuera a abrir.

Fue entonces que oí su voz, que no provenía de enfrente sino de atrás.

—¡Hijo, no abras! ¡Esa cosa no soy yo!

Sin embargo, ya le había franqueado el paso. 




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