Microcuentos de terror

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Encontré a la niña junto a la barandilla del puente. Lloraba desconsoladamente y me acerqué con premura. Creí que alguien se había caído. Traté de consolarla y le pregunté con voz tierna qué ocurría.

Al volverse hacia mí y clavar mis ojos en los suyos, tan vacíos y tan negros, comprendí que no era alguien de este mundo. «Un espíritu», me dije.

“Ahí”, dijo, y señaló con el dedo el profundo lecho de rocas. Me asomé con cautela, temeroso de lo que pudiera encontrar. “Ahí es donde mi señor espera los sacrificios”. Luego, un leve golpe en la espalda y lo siguiente que supe fue que gritaba, que gritaba y caía.

La niña sonreía, con una sonrisa inhumana.




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