Eran la una de la madrugada cuando escuché el zumbido de una abeja. Me desperté de golpe con el corazón agitado y le escuché:
—No sé por qué te esfuerzas en mantenerte con vida, si de igual forma iras al mundo de los muertos—sus penetrantes palabras vibraron en mí y evocaron el adefesio de mi fisionomía humana.
—Sí, lo sé. Todos, algún día, vamos allí y yo…, no soy la excepción— respondí valientemente, aunque asustada sin saber de dónde procedía tal y le pregunté— Pero ¿sabrás tú sí de entre todos yo me iré contigo?
Y él guardó silencio.