El tiempo pasaba, y con él las dudas. No solo durante el día, sino también por las noches y aún me sorprendía pensando en todo lo que podía salir mal.
Una de esas noches, estaba acostada en la cama junto a Mateo y me atreví a confesarle:
- ¿Sabes? A veces tengo miedo todavía
Él no me respondió enseguida. Se limitó a acariciarme el pelo con paciencia y dijo:
- Entonces, hasta que lo pierdas, deja que lo tenga por los dos.
No dije nada, solo me limité a acurrucarme en su pecho, y mientras seguía el latido de su corazón, comprendí que, aunque el futuro fuese siendo incierto, había alguien dispuesto a caminarlo conmigo, y no sabía cuánto duraría ni cómo terminaría nuestra historia, pero por primera vez, no me importaba mucho la respuesta. Lo único que quería era seguir descubriéndolo día tras día, a su lado.