Me encuentro sentado en un taburete de la barra del bar, con la cabeza un poco pesada por el alcohol. Soy consciente de que he bebido más de la cuenta. No suelo hacerlo, pero hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien y bueno, me he dejado llevar.
Cuando levanto la vista, la veo caminado hacia mí, y por un momento pienso que me lo estoy imaginando y esto es fruto del alcohol que corre por mis venas. Pero no, está justo delante. Sonrío, algo torpe porque no me sale otra cosa.
- Holaaa… - digo, arrastrando un poco las palabras
- Hola – responde – Bueno, creo que ya va siendo hora de que tomes agua, ¿no?
¿Agua? Eso suena aburridísimo. Pero no puedo evitar reírme como un tonto porque me gusta cómo me habla.
Ella resopla, pide un vaso al camarero y lo pone frente a mí, con esa mirada suya que no admite excusas.
- Pues sí o sí vas a beberla, porque si no mañana no vas a poder ni levantarte.
La observo, tan seria y decidida. Y no sé por qué, pero me gusta mucho que me hable así.
- Mmm…me gusta cuando te pones mandona.
Se ruboriza y desvía la mirada, haciendo que sonría aun más, y me vuelve a ordenar que beba. Lo hago a tragos pequeños y sin dejar de mirarla de reojo. Para mí es lo único interesante del bar ahora mismo. Cuando termino, su mano se posa en mi hombro, ligera pero firme
- Vamos, te llevo fuera. Estar aquí dentro no te está ayudando.
Asiento sin discutir y dejo que me guíe. Ya en la calle, me siento en un banco. El aire fresco me golpea en la cara y cierro los ojos un segundo, intentando ordenar mi cabeza, ella sigue a mi lado, como si no pensara moverse.
- Eres muy buena conmigo – digo en voz baja, porque es lo único que me sale ahora mismo
Traga saliva antes de responder:
- Solo estoy cuidando de ti, nada más.
- Ojalá no fuera “nada más”.
Ella no responde, pero no se mueve de mi lado. Se queda conmigo, callada, asegurándose de que no me duerma del todo.