Aún recuerdo la primera vez que la vi de verdad. Todo ocurrió esa Nochebuena cuando ella tenía dieciséis años. Salía de casa de sus abuelos con el ceño fruncido y con la mirada perdida. No sabía qué había pasado, pero lo único que deseaba era quitarle esa mala cara. Así que, sin pensarlo, dije:
- Eh – se giró para mirarme – no sé que ha pasado, pero todo mejorará, ya verás.
Se me quedó mirando unos segundos con el ceño fruncido. Luego esbozó una pequeña sonrisa y dijo:
- Gracias
Y acto seguido se alejó caminando calle abajo.
Y aunque en ese momento todavía no tenía claro mis sentimientos, ya había caído por ella.
Y lo volvería hacer mil veces más.