Alan abrió los ojos.
Lo primero que logró ver fue la noche envolviendo la ciudad y cómo las luces de los edificios se veían tan preciosas como millones de árboles de Navidad, el cielo estaba despejado y la luna tenía forma de uña. Rayos, era de noche.
Alan se colocó de pie con dificultad, el dolor de cabeza se había marchado al igual que las punzadas en su estómago. Todo se había ido, se sentía perfectamente, solo necesitaba una siesta. Él se apoyó en la mesa de la cocina, abrió la llave del fregadero y mojó sus manos con el agua fría.
Pasó ambas manos por su rostro, tratando de espabilarse. Jamás se había sentido de esa manera, tenía mucha hambre. Su estómago ahora comenzaba a sonar, tenía que comer, una cena le haría bien.
Cena.
Alan abrió los ojos como platos y corrió hasta dar con el teléfono de su apartamento. Recordaba haber dejado su móvil en la oficina. La había liado demasiado.
Tres notas de voz.
Alan presionó el botón para reproducir.
—Hola, Alan, soy Shawn, Twyla me comentó de lo que te pasó, lo siento mucho por eso. Y debo admitir que pensaba que eras un Aberrante, pero al ver cómo Twyla me lo decía, de verdad estaba alterada. Lamento haber pensado en ti, supongo que como tu padre fue…
Alan se encaminó al espejo que estaba cerca de su cama, observó su rostro, se encontraba en perfectas condiciones a excepción de su cabello despeinado y las prendas sucias.
Al fin sabía qué se sentía despertar cómo debía sentirse despertar después de una borrachera.
—En fin —continuó Shawn Brown sabiendo que el tema de su padre era un tanto frágil—, solo espero que estés bien y nos vemos el lunes.
Beep.
—Hola, Alan —esa voz hizo que el corazón de Alan pegara un brinco. Alan observó el teléfono como si de Twyla se tratara—, soy Twyla. Dime que estás bien, al menos cuando llegues a casa. Supe que el velocista te llevó a un hospital, no lo sé, pero sé que él te salvó ¿No es buena persona? Es tan dulce por haberlo… Eso no importa, por favor cuando te encuentres bien llámame, ¿vale? Te dejé tu celular en la puerta en caso de que no lo hayas visto cuando hayas entrado…
Alan corrió a la puerta y abrió de par en par, había una caja pequeña de zapatos con un pequeño lazo hecho de periódicos. Lo había hecho con prisas, pero eso solo lo hizo sentir más nervioso.
Tomó la caja y cerró la puerta, corrió nuevamente hasta su cama y dejó la caja encima de la cama y agarró su teléfono celular. No tenía miedo de dejar su móvil con ella, no había nada sospechoso ni tampoco fotos referentes a ser el hombre que salva vidas.
—… Espero que no roben mucho en tu apartamento —Twyla rió entre dientes—. Supongo que nuestra cena se cancelará. Qué tristeza, la estaba esperando con ansias. En fin, te dejo este mensaje, es muy largo, me sorprende que no se haya…
Beep.
Alan sonrió de oreja a oreja.
Esa voz tan angelical había cambiado todo. Escucharla hacía que su estómago se llenara de mariposas. Podía sentir las alas revolotear y rozar las paredes de su estómago.
Rayos. Todo estaba perfecto.
Ella era una de esas chicas que hacía que el mundo tuviera una perspectiva diferente. Nada iba mal a su alrededor, todo era hermoso.
Despertó de su ensimismamiento. Rayos, la cita.
Ocultó su rostro con ambas manos. Estaba tan avergonzado. No podía llamarla, aunque quisiera, no estaba completamente listo, necesitaba agallas y el único que podía hacerlo era su mejor amigo.
Corrió hasta la mesa alta y marcó el número de Enrique. Sus dedos apenas podían seguir el ritmo.
Respondió al segundo tono.
—Amigo, ¿Qué pasó? —preguntó Enrique.
Alan podía escuchar el apretar de unos botones, estaba jugando videojuegos, le sorprendía siquiera que hubiera contestado el teléfono.
—No me digas que estás jugando Fortnite —dijo Alan colocando su mano sobre su frente con decepción.
—Es el mejor juego del mundo, idiota.
—En fin, te llamo porque tenía una cita con Twyla y…
—Y no pudiste ir —concluyó Enrique—, porque alguien estaba ocupado.
—Bueno… Sí, es exactamente eso.
—De acuerdo, ¿Con qué exactamente? —Aún podía escuchar el sonido de los botones siendo presionados por debajo de la voz de Enrique.
—Es que me quedé dormido.
—¿En el trabajo? —preguntó Enrique.
—Yo…
Enrique suspiró y los botones dejaron de ser golpeados. Escuchó el chillar de la silla comprendiendo que estaba colocándose de pie.
—Escucha, no sé qué fue lo que pasó, pero sé que fue grave, Alan. Fui a tu trabajo para desearte suerte con Twyla, y también para pedirte un poco de pasta, al llegar Twyla me dijo que te enfermaste, pero que el velocista te llevó al hospital, o a tu casa, no lo sé, pero es flipante.
—Sí, es muy…
—No, no he terminado —continuó Enrique—. Cada vez que te muestro algo con respecto a un robo o cuando en las noticias aparecen cosas impresionantes, siempre tienes que irte, bien sea al baño o a trabajar. La ráfaga de viento que desprendía el velocista es despampanante y recuerdo que lo hiciste unas cuantas veces conmigo presente. Nunca lo olvidaré. Y no quiero decir nada más obvio, pero jamás te he visto a ti y al velocista en la misma habitación.
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Editado: 16.06.2026