Twyla abrió los ojos y permaneció inmóvil durante unos segundos. Tardó un momento en comprender por qué estaba en su cama cuando recordaba haberse quedado dormida en el sofá junto a Alan.
Se frotó los ojos. La luz de la mañana atravesaba las cortinas e iluminaba la habitación. Se incorporó apoyándose sobre los brazos y, poco a poco, los recuerdos regresaron.
Recordó a Alan cargándola entre sus brazos con una delicadeza casi irreal, como si temiera romperla. La había acostado sobre el colchón, acomodó la almohada bajo su cabeza, la cubrió con la manta y le apartó un mechón de cabello del rostro. Ella le había dicho algo, aunque el sueño había borrado esas palabras de su memoria. Después sólo recordó el suave clic de la puerta al cerrarse.
Twyla sonrió.
Apartó las sábanas y descubrió que aún llevaba el mismo pijama de la noche anterior. Fue al baño, se lavó el rostro, cepilló sus dientes y caminó hasta la cocina esperando encontrar a Alan dormido en el sofá.
Pero el apartamento estaba en silencio.
El sofá permanecía vacío. El televisor seguía apagado. Las cajas de pizza habían desaparecido y los vasos ya estaban limpios dentro del fregadero.
Todo estaba impecable.
Solo una hoja doblada descansaba sobre la isla de la cocina.
Twyla la tomó con curiosidad. Varias palabras estaban tachadas con bolígrafo, como si Alan hubiera cambiado de opinión una y otra vez antes de decidir qué escribir.
Twyla gracias por todo, pasé un buen momento contigo. Amé jugar contigo y pasar un buen rato. Tenía tiempo que no me sentía así con alguien. Espero que esto se repita. Eres una gran amiga. Te quiero, espero que eso no sea raro porque los amigos se quieren. Volveré dentro de poco, fui a buscar café como te gusta y dejé la comida hecha encima de las hornillas.
Twyla se rió entre dientes y dobló la hoja. Al ver la hornilla se percató de que era cierto, había un sartén lleno de huevos revueltos y una jarra de jugo de naranja. Eso explicaba el olor tan delicioso.
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Alan transitaba las calles de Acrisea con una bandeja de café en ambas manos para mantener el equilibrio. Había despertado con una sonrisa en el rostro y no había nada que le hiciera peor el día.
El sol se ocultaba entre los rascacielos de la ciudad, el cielo continuaba de un azul celeste y el ruido de las aves cantar estaba interrumpido por los coches a sus costados. Eran pocas las personas que transitaban por las mañanas a excepción de adultos mayores.
El olor a pizza caliente de la otra calle le produjo una mnemotecnia anoche. Comieron, bailaron, y terminaron durmiendo juntos.
Decidió pasar la bandeja de café a una mano para tomar su teléfono con otra. Había recibido notificaciones de una página en Instagram que seguía basada en las noticias de la ciudad (si iba a protegerla, iba a hacerlo bien) con una publicación nueva.
Alan abrió la publicación y la foto de Scorpion fue lo que lo hizo detenerse en seco. En definitiva, era ella por su cabello castaño y sus ojos grandes. Comenzó a leer la descripción de la foto declarando que Scorpion se había escapado del coche de policía. Nadie sabía su paradero actual, es capaz de transportarse a voluntad, expulsa veneno por su cuerpo, por lo tanto, debían tocar a la chica en ninguna circunstancia. Si la encontraban debían llamar a las líneas de policía de la ciudad.
Alan tenía los ojos como platos. Estos días serían eternos.
Alan cerró la aplicación y decidió llamar a su mejor amigo. Contestó al cuarto tono.
—Hola, estúpido —respondió Enrique—. ¿Cómo fue todo con Twyla? No supe más nada de ti.
—Me fue bien —respondió Alan y continuó caminando por la acera—. Estuvimos juntos toda la noche y dormimos en su apartamento.
—¿Durmieron juntos? —preguntó Enrique con asombro.
—No en la misma cama y no como tú piensas, enfermo —respondió Alan frunciendo el ceño.
—Me pregunto si con tu velocidad podrías hacer maravillas en la cama, es decir, hay tantas cosas. Quizás…
—De nuevo, ¿Cómo fue que llegaste a ser mi amigo?
—Está bien, ¿Qué sucede? ¿Necesitas que te ayude con alguien?
—No, escúchame, Scorpion está libre por allí. Esa mujer fue la que me hizo sentir pésimo toda la tarde y si ella se llega a enterar quién soy yo y quienes son ustedes va a matarlos y no puedo dejar que eso pase.
—¿Ella vio tu cara?
—No, pero…
—Exacto, nadie puede ver tu cara, nadie logra hacerlo. Así que despreocúpate. Siempre usas un puto disfraz sin contar con que eres tan veloz como una bala.
Alan asintió. Su corazón volvía a latir con la misma velocidad, estaba todo bien. Tenía razón.
—¿Alan? —preguntó Enrique con recelo.
—Sí —respondió el chico con la bandeja de cafés. No se había percatado de que se había quedado inmóvil mientras el resto de las personas pasaban por él—, aquí estoy.
—Bien —respondió Enrique—, no te preocupes ¿Vale? —Se escuchó el crujir de algo, debía ser comida—, todo estará bien. Tú eres casi invencible. Por cierto, ¿Es seguro que hablemos de esto por teléfono?
—Te aseguro que la respuesta a eso es un rotundo no —Alan continuó caminando, apoyando su teléfono en su hombro para evitar que las bebidas cayeran, tratando de impedir a las personas que pasaban enfrente.
—Bueno, amigo, te dejo —finalizó Enrique y colgó la llamada.
Alan tomó el teléfono con una mano y lo colocó en su bolsillo.
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Abrió la puerta del apartamento, estaba abierta sin pasador. Lo primero que logró notar fue a Twyla lavando los platos con el cabello castaño recogido en forma de cebolla, al girar para ver a su amigo, notó que varios mechones de cabello estaban delante de su rostro. A pesar de estar usando un pijama, a pesar de estar tan temprano, al menos ante los ojos de Alan, ella era la mujer más encantadora que existía en este vasto mundo.
Twyla sonrió.
—Hola —saludó ella mientras dejaba uno de los platos en el estante.
—Hola —dijo él cerrando la puerta detrás de él.
—¿Cómo te fue? —preguntó Twyla secando sus manos.
—Excelente, te traje el que te gusta —dijo Alan a su vez que dejaba la bandeja de café encima del mostrador.
—Es perfecta —Twyla se aproximó a su amigo y lo abrazó con fuerza, sin titubear, tomó su vaso de café y comenzó a tragar—. Está delicioso —Twyla colocó los ojos en blanco—. Todo lo que has hecho esta mañana fue delicioso.
—Gracias —Alan se encogió de hombros.
—Realmente anoche fue la mejor cita en mucho tiempo —Twyla tomó asiento en uno de los taburetes altos.
—Entonces… ¿Si fue…? Digo… Gracias. Honestamente, es mi primera cita, bueno… Eso suena triste.
—Muy triste —asiente Twyla con una risa—. Pero no entiendo por qué no salíamos antes, es decir, los amigos salen a comer y hacer cosas.
—Sí…
—Deberíamos terminar de ver Brooklyn Nine-Nine, recuerdo que me la recomendaste, pero la dejamos hasta la mitad.
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Editado: 18.07.2026