Andron llegó al origen de la explosión y se detuvo en seco.
La entrada del recinto había desaparecido. Donde antes se alzaban enormes puertas de acero solo quedaban escombros retorcidos, vigas dobladas y un inmenso agujero abierto en el edificio. Las llamas trepaban por los muros como si aún buscaran algo que devorar. El humo ennegrecía el aire, las cenizas flotaban como nieve gris y el penetrante olor a pólvora e incendio le quemó la garganta.
Avanzó despacio, esquivando fragmentos de concreto y metal, hasta cruzar el boquete.
Solo la entrada había cedido.
El resto del complejo permanecía en pie.
No le sorprendía. Era ConAbe. Un lugar construido para resistir ataques de Aberrantes. Cada pared, cada puerta y cada piso estaban reforzados con toneladas de acero y materiales diseñados para soportar casi cualquier cosa.
A lo lejos comenzaron a escucharse las sirenas.
No les prestó atención.
Su mirada permanecía clavada en los cuerpos inmóviles que yacían entre los restos de la explosión.
Guardias. Científicos. Personal de seguridad.
Personas.
Cada una de ellas había muerto por una única razón.
Él.
Sintió un nudo cerrarle la garganta.
Una pelea contra Andron jamás debió costar tantas vidas. Había hijos que esa noche no volverían a ver a sus padres. Padres que jamás volverían a abrazar a sus hijos. Familias enteras acababan de romperse... por alguien que ni siquiera creía merecer ser salvado.
Apretó los puños.
Esto termina hoy.
Desapareció en un borrón de velocidad antes de que la policía llegara al lugar.
Al otro lado del acceso destruido encontró un largo corredor. Las luces de emergencia parpadeaban, tiñendo las paredes de un rojo intermitente. Decenas de puertas permanecían cerradas a ambos lados del pasillo, mientras el silencio resultaba mucho más inquietante que la explosión.
Entonces la vio.
Una silueta inmóvil esperaba al fondo del corredor.
Era una mujer.
Su figura delgada, las curvas marcadas de su cuerpo y el largo cabello perfectamente cuidado contrastaban de forma inquietante con el caos que la rodeaba.
No se movía.
Como si hubiera estado esperándolo todo ese tiempo.
—¿Esta será nuestra primera cita? —dijo Scorpion.
—Ni siquiera te tomes el tiempo en contarlas, no habrá más.
—Vamos, cariño, este juego se llama Hit & Run.
Un portal se abrió detrás de Scorpion.
Andron reaccionó al instante.
Corrió.
Pero ya era tarde.
Ella desapareció junto con el óvalo de luz dorada y el portal se cerró frente a él con un suave destello. Andron perdió el equilibrio al intentar detenerse y cayó de rodillas sobre el suelo. Apretó los dientes mientras observaba el lugar vacío.
Ella no podía haberse ido tan lejos.
Si había elegido ConAbe para aquella absurda "primera cita", era porque aún tenía algo que hacer allí.
Se incorporó de inmediato y salió disparado por el corredor.
Fue abriendo puerta tras puerta hasta que encontró una sala de vigilancia. Decenas de monitores cubrían la pared principal, cada uno mostrando un rincón distinto del complejo.
Revisó las pantallas a una velocidad imposible para cualquier ser humano.
Las grabaciones estaban en tiempo real.
Fue descartando plantas una tras otra hasta que una imagen hizo que se detuviera.
Scorpion.
La cámara mostraba uno de los niveles más profundos de las instalaciones.
Piso 12B.
Desapareció en un borrón.
Bajó los peldaños como un rayo. Mientras descendía, los gritos de los prisioneros retumbaban por los pasillos. Algunos suplicaban ayuda. Otros golpeaban los barrotes de sus celdas. También estaban quienes reían o lanzaban amenazas, como si disfrutaran del caos.
Andron los dejó atrás.
Tres segundos después ya estaba frente a ella.
Su mano quedó a apenas unos centímetros de atrapar su muñeca.
Se detuvo.
El recuerdo del veneno recorriendo su cuerpo volvió a golpearlo. Aún podía sentir aquel dolor insoportable, la fiebre, el mareo, la impotencia. Si volvía a tocarla con la piel desnuda, quizá no tendría una segunda oportunidad.
Scorpion abrió los ojos sobresaltada.
La ráfaga de viento que acompañaba a Andron le revolvió el cabello y la obligó a entrecerrarlos durante un instante.
Cuando volvió a enfocarlo, una sonrisa lenta apareció en sus labios.
Sus ojos verdes, encendidos por la ira, estaban clavados en ella. Su mandíbula permanecía tensa, esculpida como piedra, y la determinación que irradiaba le aceleró el pulso.
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Editado: 18.07.2026