El agua comenzaba a desaparecer, estaba vaciándose.
El corazón de Andron comenzó a palpitar con fuerza, luchando por salir de su tórax.
Scorpion se cruzó de brazos observando con desdén como la criatura comenzaba a descender.
—Nononono ¡No! —regañó Andron—. ¿Tienes idea de lo que has hecho?
—No, pero por algo la estabas viendo demasiado. Me da tantos celos que te pongas así por otras chicas y no por mí.
—¡Esto jamás va a funcionar! ¡Entiéndelo!
Mientras la alarma seguía sonando, detrás se podían escuchar pisadas viniendo hacia ellos. Ya era la policía, o las fuerzas armadas. Era la ley.
—Veamos qué tiene esto de monstruo —dijo Scorpion a su vez que Andron corría en torno a uno de los monitores, comenzaba a teclear desesperadamente para encontrar una respuesta—. Espero que te guste tu nueva amiguita. Yo me largo.
—¡¿Qué?! —preguntó Andron y sobre su hombro vio como un portal se abría bajo los pies de Scorpion.
Había desaparecido.
Las tropas aguardaban al otro lado de la puerta. Andron podía sentirlas. Ya no había vuelta atrás.
El líquido del domo terminó de drenarse y la cápsula comenzó a girar lentamente sobre su eje hasta abrirse con un siseo metálico. El cuerpo de la niña cayó hacia delante, pero el mecanismo la sostuvo apenas un instante antes de depositarla con suavidad sobre el suelo.
Era, en efecto, una niña.
Su piel era tan blanca como la nieve y el largo cabello azul ocultaba casi por completo su rostro. Permanecía inmóvil, respirando con dificultad después de haber pasado tanto tiempo suspendida en aquella cápsula.
Andron corrió hasta ella y cayó de rodillas a su lado. Con extremo cuidado apartó el cabello que cubría su cara. En cuanto sus dedos rozaron aquellos mechones azules, diminutas chispas eléctricas recorrieron el cuerpo de la niña y una de ellas saltó hasta su mano. El pinchazo fue intenso, pero apenas le hizo fruncir el ceño.
Sin apartarse de ella, retiró con delicadeza la mascarilla que cubría su nariz y su boca.
—¡Listo! —Gritaron los hombres detrás de la puerta.
Andron vio la puerta de metal, tenía suficiente grosor como para soportar los martillazos de una patrulla, quizás hasta de un tanque.
Bajó la mirada de nuevo, viendo a la niña, estaba luchando por abrir sus ojos. Estaba hablando, tratando de comunicarse.
—¿Qué dices? —murmuró Andron y acercó su oído.
—… cable… —la chica extendió su mano.
Andron observó que era lo que ella trataba de alcanzar y en efecto era un cable que se había desprendido del tubo de cristal. Andron tomó el filamento con una mano y lo acercó con desdén.
No estaba seguro si hacerlo, su cuerpo estaba brotando chispas azules, se veía adolorida, pero por alguna razón la tenían encerrada allí. Estaba dudando en ayudarla.
—1… —gritó uno de los hombres detrás de la puerta.
Debía hacerlo rápido. Le entregó el cable y la chica lo sujetó con fuerza. Al instante, toda la instalación reaccionó. Las luces titilaban, la alarma se quebró entre interferencias y los monitores comenzaron a apagarse uno tras otro.
Andron no pudo apartar la mirada.
El azul de su cabello se volvió luminoso. La electricidad danzaba sobre su piel mientras un traje surgía como si estuviera tejido por la propia energía. Unas botas negras cubrieron sus piernas hasta las rodillas y, por un momento, el resplandor de las chispas fue tan intenso que parecía imposible mirarla directamente.
—2…
Las luces se apagaron. Al otro lado de la puerta comenzaron a escucharse murmullos.
La única fuente de luz en la habitación eran las manos de la niña, envueltas en destellos azulados.
Se incorporó con dificultad. Dio un paso y estuvo a punto de desplomarse. Andron corrió para sostenerla. Fue un error.
En cuanto sus manos se tocaron, una descarga le atravesó el cuerpo. Era como si miles de agujas incandescentes perforaran su piel al mismo tiempo. El dolor fue insoportable.
La niña tampoco salió ilesa.
Ambos se apartaron de inmediato con un gruñido ahogado. Andron se llevó una mano al brazo y luego al pecho, buscando el origen del dolor. Levantó un poco su camisa. No había quemaduras, ni heridas. Solo aquel ardor que seguía recorriéndole el cuerpo.
La chica cayó de rodillas, pero logró sostenerse apoyándose en la pared. Respiró hondo y observó sus manos con detenimiento. Pequeños relámpagos seguían danzando entre sus dedos.
Andron conocía esa expresión.
No era miedo.
Era la mirada de alguien que acababa de reencontrarse con una parte de sí mismo.
—¿Quién eres? —preguntó Andron.
—… ¿Alan? —susurró ella.
—¿Cómo sabes…?
—¡3! —Exclamaron detrás de la puerta y a su vez un fuerte golpe retumbó en la habitación provocando que partículas del polvo que se hallaban en el techo cayeran.
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Editado: 04.08.2026