Mid [#2 Aberrantes]

Capítulo 27 - Soy un ser querido

—Bueno, ya es domingo por la mañana —Lissa vio por encima de su hombro el sol—. Por todo esto te debo algo. ¿Qué tal si preparo el desayuno?

—Acabas de cenar.

—¿Y? La comida no es para mí, es para que tú comas. Tanto desastre apuesto a que te dio hambre.

Lissa se dirigió a la cocina y Alan la seguía con la mirada. Apenas conocía a esta chica, pero sabía que algo estaba mal, tenía que acostumbrarse a su constante risa burlona y a su inmadurez por un tiempo. Pero algo olía mal, estaba pensando en algo, y esa sonrisa era una apariencia para cubrirlo.

—Lissa —llamó Alan y ella no apartaba su mirada del refrigerador—, dime que es lo que tanto te preocupa.

—¿Qué quieres decir?

—Sabes algo y no me quieres decir —Alan se cruzó de brazos—, si quieres que esta confianza continúe, tienes que decirme que ocurre.

Lissa suspiró.

—Esta chica —Lissa continuaba mientras extraía huevo, harinas y demás ingredientes—. ¿Quién le dijo acerca de MID? ¿Cómo alguien es capaz de saber algo que nunca supe, que, más bien, estaba batallando por saber? ¿Quién es la persona que supo que estaba allí si nadie sabe de mi existencia, solo sabe que formé parte de un grupo de niños que pelean por una causa perdida? Son muchas, muchas, pero muchas preguntas Alan y no las quería decir por qué tú y yo tenemos las mismas incógnitas.

—Lo siento, no es que no confíe en ti, es que…

—Tienes miedo de que te hagan daño otra vez —Lissa se detuvo en seco y sus miradas se encontraron.

Alan se sorprendió de que ella supiera algo con respecto a sus heridas anteriores, amigos que no eran amigos que querían matarlo al final. Aventuras que tuvo en el pasado tratando de ser como los chicos de Pestrom. Ella lo sabía todo.

Era más sospechoso.

El teléfono de Alan comenzó a sonar en su habitación.

En un parpadeo Alan estaba frente al aparato que emitía el estruendo, esperó unos segundos para atender, no quería parecer tan veloz, siempre que el teléfono sonaba estaba frente a él antes de que terminara de emitirse el primer repique.

Tomó el teléfono.

—¿Hola? —preguntó Alan.

—Alan, soy Shawn Brown. Me contaron que estás mejor.

Alan le dio un salto al corazón, más de lo usual.

—S-Sí, estoy mejor ¿Quién le dijo eso?

—Mi sobrina, hijo —respondió el hombre—. Escucha, no sé si sabes lo que pasó en la central de ConAbe. Una de las tantas sedes de ConAbe explotó anoche.

—Sí, lo sé, lo sé —asintió—. Lo escuché, fue casi un temblor desde mi apartamento.

—Sí, entiendo, escucha —Shawn Brown hablaba con prisas—, necesito que nos reunamos, tenemos un trabajo muy grande aquí. Es una cantidad exuberante de dinero.

—D-De acuerdo —tartamudeó Alan—, ¿Dónde quiere vernos?

—En el Tablero Blanco —respondió su jefe de inmediato—. Nos vemos a las 8 de la mañana. Te quiero puntual, el café va por mi cuenta.

Shawn Brown colgó la llamada.

—Escucha, Lissa —dijo Alan acercándose a la cocina, el olor a panqueques inundó el departamento, era una delicia—. Si quieres puedes hacer lo que quieras, termina de cocinar, juega en la computadora, usa tu teléfono o cómprate uno, no lo sé, haz lo que quieras, pero yo voy a dormir y cuando sean las 7:56 de la mañana me voy a vestir para ir a trabajar. Quizás no vaya siquiera a despedirme, ya que tengo demasiado sueño y solo quiero descansar ¿De acuerdo? Gracias.

—¡Espera! —vociferó Lissa. Alan había hablado con tal rapidez que le era difícil interrumpirle—, necesito que me prestes tu teléfono.

Alan tomó su móvil encima de su cama y lo lanzó al otro extremo de la cocina, confiaba en los reflejos de su nueva compañera de cuarto, habían sido más que demostrados esta noche.

—Haz lo que quieras con él, excepto decir que soy gay en Facebook.

—Gracias —respondió.

Al alzar su vista Alan ya había desaparecido, debía de estar en cama.

Lissa encendió la pantalla y había una clave bloqueando el celular. Colocó los ojos en blanco. De su mano brotaron pequeñas chispas y el teléfono logró desbloquearse. Ella marcó unos números y mientras repicaba decidió apagar la llama de la estufa, se sentó en el sofá de nuevo hasta que el teléfono fue contestado.

—¿Hola? —preguntó Cooper en la otra línea.

—Hola, Cooper, soy Lissa —respondió ella observando sus uñas largas, estaban puntiagudas, pero no tenían ningún color que las cubriera.

—Lissa ¿Dónde estabas? —preguntó Cooper preocupado—. Te he estado llamando por semanas y nada que atendían. Nadie sabía de ti, tu comunicador estaba muerto, ni siquiera podíamos ver tu ubicación.

—Bueno, es una historia muy graciosa —Lissa fingió una sonrisa—, verás, estaba secuestrada.

—¡¿Qué?! —Cooper estaba alarmado—. ¡¿Por qué no dijiste nada?!

—Bueno, lo gracioso de ser secuestrada es que no puedes llamar o mandar mensajes a tus seres queridos.




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