Por un lado, Cooper no paraba de pensar en cómo salir de allí. Estaba aterrado no por lo que iba a suceder en ConAbe, sino por como Jeff se iba a enterar de esto y estaba más que seguro que él se encargaría de cerrar su misión.
Pero, por otro lado, pensó en Shixed y Phemphit, en cómo se debían de encontrar aterradas. Quizás Phemphit estaría llorando o en silencio pensando en cómo había vuelto a este terrible lugar; mientras que quizás Shixed intentaba usar sus poderes paternales para salir de allí a la fuerza.
Comenzó a juzgarse por cómo esta misión había fallado y como les había fallado a ellas.
Era un popurrí de pensamientos negativos.
No era culpa de ellas haber nacido Aberrantes, no era su culpa que no existieran lugares para controlar sus poderes.
La puerta, abriéndose, interrumpió sus pensamientos.
La puerta se cerró.
Cooper no paraba de verlo con desprecio.
—Debo haber muerto, porque estoy viendo un fantasma, de nuevo —dijo Cooper viéndolo de arriba a abajo.
Era Dylan.
Esta vez, Dylan estaba diferente. Ya no llevaba su máscara de animal, aquella que solía esconder su rostro y convertirlo en un enigma imposible de leer. Ahora su cara estaba expuesta: cabello negro despeinado, ojos oscuros que no reflejaban nada y una calma exasperante que solo intensificaba la ira de Cooper.
No llevaba su cinturón lleno de armas. Eso era lo único que le daba un mínimo de alivio a Cooper, aunque sabía que Dylan no necesitaba armas para ser peligroso.
Dylan tomó asiento frente a él, sus movimientos pausados, como si estuviera en control absoluto de la situación.
—¿Descansaste? —preguntó Dylan con su tono monótono, siempre al borde del desprecio.
Incluso su voz era como un cuchillo. A cada palabra, Cooper sentía un nudo de rabia apretándose en su pecho. Lo odiaba tanto.
—Tenía mucho frío, y la almohada era dura —respondió Cooper con sarcasmo mordaz.
Dylan no reaccionó. Ni una sonrisa, ni un gesto. Solo inclinó la cabeza ligeramente, como si estuviera evaluando.
—Es lo mejor que te pude conseguir —la voz de Dylan era sin emoción.
Siempre igual. Siempre el chico misterioso, el que parecía imperturbable, como si nada en el mundo pudiera afectar. La indiferencia de Dylan lo enloquecía.
—Que atento. Te preocupaste por mí, qué adorable —habló Cooper ladeando la cabeza con falsa dulzura.
—¿Puedes cortarlo ya? —pidió Dylan frunciendo ligeramente el ceño, con voz baja
El sarcasmo de Cooper explotó en cólera. Con un golpe seco, sus manos aterrizaron sobre la mesa, haciendo que el sonido retumbaba en el espacio cerrado. Su rostro, que hasta ese momento había mantenido cierta compostura, se retorció en pura furia.
—¡Dylan, qué coño te pasa por la cabeza! —Cooper gritaba tanto que sentía su garganta seca—, ¿Cómo se te ocurre trabajar con ConAbe? Tú y yo… ¡Juntos éramos mejores que todos ellos!
Dylan no respondió de inmediato. Desvió la mirada, como si no tuviera prisa en justificar sus acciones. Pero su postura lo delataba: se cruzó de brazos y dejó escapar un suspiro largo. Había algo en sus ojos, una sombra de duda que Cooper notó al instante.
—Lo sé —respondió Dylan finalmente con voz grave. Vaciló. Se inclinó hacia atrás en la silla, su tono más bajo, casi susurrante—, no lo dudo. Pero ConAbe es peor de lo que piensas. Son un iceberg y solo conoces la punta.
—¿Y tú lo sabes mejor que yo? —dijo Cooper con amargura en su voz.
—Sí. Mucho mejor —Dylan asentía.
El silencio se volvió pesado, casi insoportable. Cooper apretó los puños, sus nudillos pálidos contra la piel.
—¿Y ahora trabajas para ellos? —Cooper susurraba con la rabia contenida—. ¿Esto es una broma, Dylan? ¿Me dejaste a mí, a Guyana… a todo lo que construimos, para esto?
La respuesta de Dylan fue un leve movimiento de hombros, una aceptación silenciosa que hizo hervir la sangre de Cooper.
—No sabes lo que pasa detrás de las puertas de ConAbe —habló Dylan finalmente después de una pausa, con voz seca—. Todo lo que conoces es la punta del iceberg.
Dylan lo miró entonces, con esos ojos oscuros y vacíos, pero esta vez había algo más en ellos. Algo que Cooper no pudo identificar de inmediato.
—Sé lo suficiente para saber que nadie puede detenerlos —la voz de Dylan era fría—. Tú sigues luchando contra algo que no puedes ganar.
Esas palabras encendieron algo más profundo en Cooper. Ya no era solo ira. Era traición. Desilusión. Y, en el fondo, una sensación inquietante de que tal vez Dylan tenía razón.
—¿Eso es lo que te dices a ti mismo para poder dormir por las noches? —dijo Cooper con voz áspera, temblorosa—. ¿Qué hiciste lo necesario? ¿Que no tenías otra opción?
Dylan no respondió de inmediato. Bajó la mirada por un momento, sus dedos tamborileando sobre el borde de la mesa. Por primera vez, parecía humano. Vulnerable.
—Es fácil odiarme, Cooper —Dylan murmuró—. Es más difícil entenderlo.
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Editado: 27.03.2025