Mid [#2 Aberrantes]

Capítulo 30 - Kyung

La cocina estaba colmada de humo. El sistema contra incendios comenzó a sonar, sin embargo, Lissa corrió a la cocina y con su dedo índice apuntó el sensor de humo e hizo un ademán de haber disparado un arma, sin embargo, lo que brotó de su dedo fue una chispa de electricidad que provoca un silencio en el recinto.
—Maldición, maldición —corrió Lissa acercándose al horno.
Abrió la puerta y el humo que emanaba de allí salió con fuerza contra su rostro. Lissa liberó una pequeña tos a su vez que tomaba el paño de cocina para poder retomar la bandeja. Estaba hirviendo aún con los paños cubriendo sus dedos.
Colocó la bandeja encima de la isla de cerámica negra. Todo lo que había sido un pollo, había desaparecido dejando en su lugar la forma de un animal color negro carbón. El olor a quemado azotó la nariz de Lissa, el olor era tan desagradable que con una mano cubría su nariz mientras que con la otra buscaba un cuchillo en la encimera.
Quizás no todo estaba perdido, quizás por dentro estaba tierno y sabroso. No podía cortarlo por lo dura que se encontraba la corteza. Con el cuchillo en mano caminó a grandes zancadas hasta la ventana para abrirla y dejar que el humo se disipara para que lograra ver el apartamento con mejor detenimiento.
—Mierda —refunfuñó Lissa y dejó el pañuelo en la isla.
Observó el pollo rostizado con detenimiento, para encontrar algún lado tierno que no estuviera cubierto de negrura. Era imposible.
La puerta se abrió poco a poco, sin embargo, Lissa no fijó su mirada en la entrada, seguía buscando.
—Te estaba esperando, llegas un poco temprano —dijo ella tratando de cortar el pollo.
—No soy Alan —dijo una voz femenina en el umbral seguido de un portazo.
La persona que se hallaba en la entrada portaba una máscara de zorro que cubría por completo su rostro. Blanca, con detalles rojizos y largos ojos negros que le daban una expresión imposible de descifrar. Dos orejas puntiagudas sobresalían de la parte superior, mientras pequeñas piezas de madera colgaban a ambos lados.
Su cabello negro caía por detrás de la máscara y descendía por uno de sus hombros en una gruesa trenza que llegaba casi hasta su cintura. El cuello era alto y la prenda se ajusta sutilmente a la cintura, realzada por un cinturón negro ancho de textura rígida, decorado con un delicado grabado.
Los pantalones son negros, de tela gruesa que llegaban justo bajo la rodilla. Todo su atuendo está diseñado para permitir agilidad y sigilo sin sacrificar estilo.
Pero lo que más captaba su atención era como en ambas manos empuñaba un par de hoz de media luna lo suficientemente grandes que se arrastraban por el suelo.
—Lo sé, cariño —respondió Lissa con una sonrisa y esta vez observó a la chica a los ojos—. No me digas que eres uno de los compañeros de Darrin. Siempre traían máscaras de animales y era muy estúpido decir «maté como 5 lobos esta mañana». Créeme, no me ayuda en mi reputación.
Lissa se rió entre dientes. Una sonrisa genuina y llena de afabilidad.
—Tú y yo sabemos quién soy, Blue Velvet —su voz era tan suave y venenosa como una serpiente, sin contar encantadora y llena de un atractivo. Su cabello rojizo sobresalía de la máscara y caía sobre sus hombros en forma de cascada.
Lissa apostaba que debajo de esa máscara había una mujer hermosa con un rostro lleno de pecas y ojos color esmeralda.
—Lo sé, Kyung —respondió Lissa con voz desafiante.
Nuevamente, una aurora color celeste cubrió el cuerpo de Lissa de pies a cabeza y remplazando su cabello negro y alborotado por una coleta de caballo azul marino, los mechones de enfrente sobresalían cubriendo un poco su rostro en forma de corazón. Sus ojos eran azules y claros como el cielo. Su traje negro era igual de ajustado que el de su contrincante, sin embargo, este era de manga larga y era un traje de una sola pieza revelando sus piernas y cubriendo sus partes intimas. Sus botas de tacón negro cubrían sus piernas y llegaban hasta la mitad del muslo.
Continuaba aferrada al cuchillo de cocina.
—Entonces sabes por qué estoy aquí —dijo Kyung y dio un paso al frente.
—Supongo que Roswell te envió para matarme.
—Quiere que te entregues —respondió Kyung—. Aún no has terminado con tu labor.
—¿Labor? ¿Qué parte de haber estado encerrada en un tubo de química se refiere a «labor»?
—No lo sé, no me importa —dijo Kyung con un siseo—, si no te entregas tendré que matarte.
—Tal parece que ambas ideas te hacen feliz.
—Es un ganar, ganar, cariño —respondió Kyung y su sable derecho comenzó a balancearse.
Era un leve balanceo, apenas perceptible, pero Blue Velvet entendió la señal.
Kyung lanzó una de sus hoces en forma de luna menguante directamente hacia ella. Blue Velvet la esquivó girando sobre un hombro, pero entonces notó algo que no había previsto.
Una cadena de metal estaba atada al mango de la hoz y se extendía hasta el brazo de Kyung.
La hoja se incrustó en la pared con un estruendo. Antes de que Blue Velvet pudiera reaccionar, la cadena se tensó y la hoz salió disparada de regreso hacia su dueña. Kyung tiró de ella con un movimiento seco, recuperándola como si el arma formara parte de su propio cuerpo.
No importaba cuántas veces la lanzara. La hoz siempre regresaría a sus manos.
Esto era un reto.
Y a Blue Velvet le encantaban los retos.
Corrió directamente hacia Kyung.
La mujer lanzó su segunda hoz. Blue Velvet saltó sobre ella y cayó de pie encima de la isla de cerámica. Sin detenerse, tomó un cuchillo de cocina y lo arrojó.
Esta vez fue Kyung quien reaccionó. Giró la cabeza y el cuchillo pasó rozándole el rostro antes de clavarse en el suelo de madera.
Pero aquello no era más que una distracción.
Blue Velvet se abalanzó sobre ella y rodeó su cuello con las piernas. Estaba a punto de torcérselo cuando vio, reflejado en la ventana, el destello de una hoja acercándose peligrosamente a su espalda.
Se apartó de un salto.
La hoz pasó a escasos centímetros de su cuerpo y silbó al cortar el aire. Blue Velvet aterrizó con agilidad, casi como un gato, y volvió la mirada hacia Kyung.
No pensaba darle tiempo para respirar.
Corrió hacia la cocina y se agachó justo cuando una de las hoces pasó por encima de su cabeza. La cadena se tensó y la hoja cambió de dirección, golpeando el lavadero con un estruendo. La segunda hoz se clavó en la pared, a pocos centímetros de donde estaba su cabeza.
Blue Velvet abrió de golpe un cajón y, con una rapidez casi instintiva, tomó tres de los cuchillos más grandes.
Saltó sobre la isla de cerámica.
Kyung apenas tuvo tiempo de levantar la mirada antes de recibir una patada directa en el rostro.
Las dos cadenas se tensaron al mismo tiempo.
Las hoces regresaron a las manos de su dueña, pasando junto a Blue Velvet sin conseguir alcanzarla.
Ella aprovechó la abertura.
Un golpe.
Otro.
Y un tercero directo al rostro de Kyung.
La mujer retrocedió, pero Blue Velvet no le dio tregua. Levantó uno de los cuchillos y se lanzó hacia su pecho.
Entonces una de las hoces se interpuso.
La hoja curva de la luna menguante chocó contra el cuchillo y, aprovechando la inclinación de su filo, Kyung desvió el ataque. El impacto hizo que el cuchillo saliera despedido de la mano de Blue Velvet y atravesara el aire hasta estrellarse contra el televisor.
Blue Velvet ni siquiera se inmutó.
Con la mano libre, tomó el segundo cuchillo.
Ahora ambas tenían las manos ocupadas.
Por fin estaban en igualdad de condiciones.
—Esto va por lo que hiciste en Argelia —exclamó Kyung.




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