La chica con máscara de gato comenzó a lanzar embestidas. Intentaba cortar a Blue Velvet, sin embargo, no lograba nada. Blue Velvet retrocedía y esquivaba las enormes espadas, haciendo que estas cayeran en el sofá, la mesa e incluso en las repisas de la cocina. El suelo estaba repleto de astillas y vidrios quebrados. El televisor conservaba un cuchillo clavado en el centro de la pantalla.
—Creía que lo habías disfrutado —Blue Velvet liberó una sonrisa llena de cinismo.
—¡No hablo de eso! —exclamó Kyung.
Kyung lanzó uno de sus sables y nuevamente Blue Velvet logró evitarlo, sin embargo, ella no había contado con que el otro sable iba a ser lanzado en la misma dirección en la que había caído.
La espada en forma de luna logró cortar una parte de su brazo. Era un rasguño, pero el dolor era inmenso. Sentía como pequeñas llamas se apoderaban de su piel en esa simple cortada.
—Ahora sabes lo que siente ser cortada por estas bellezas —respondió Kyung mientras sus espadas volvían a sus manos siendo atraídas por las cadenas de metal ocultas bajo su blusa verde esmeralda de manga larga—. No es un dolor tradicional como el que puedes sentir.
Blue Velvet se sentó en el suelo. Estaba agonizando en silencio y estaba renuente a liberar un grito. No le iba a dar esa satisfacción.
—Pero tú sentiste otras cosas en Argelia —respondió Blue Velvet y de nuevo esa sonrisa apareció.
Aquella sonrisa fue suficiente para hacer que la chica enmascarada perdiera la paciencia.
Kyung lanzó ambas hoces en la misma dirección.
Pero Blue Velvet ya no estaba allí.
Su cuerpo se transformó en un destello y atravesó la habitación como un rayo. En un instante, apareció detrás de Kyung. Sin darle tiempo a reaccionar, cruzó los dos cuchillos alrededor de su cuello, formando una especie de tijera.
Estaba a punto de cerrarlos.
Entonces las cadenas de Kyung se tensaron.
Las dos hoces regresaron a sus manos y la mujer las interpuso entre las hojas de Blue Velvet, bloqueando el movimiento antes de que pudiera cercarla. Kyung se agachó de inmediato e intentó barrerle las piernas con una patada.
Blue Velvet saltó.
La pierna de Kyung pasó por debajo de ella y, apenas sus pies tocaron el suelo, ambas volvieron a lanzarse una contra la otra.
El departamento seguía cubierto por una densa capa de humo y varias zonas aún desprendían el olor del fuego. Aun así, ninguna parecía tener problemas para orientarse.
Ambas habían sido entrenadas para combatir en condiciones extremas.
Podían pelear bajo una lluvia torrencial, con los pies hundidos en el lodo, o enfrentarse en medio de un desierto sin una sola gota de agua. La falta de visibilidad, el calor, el frío o el terreno jamás habían sido excusas.
Cada una había recibido un entrenamiento distinto, bajo las órdenes de un maestro diferente.
Y ambas habían aprendido lo mismo: adaptarse o perder.
—Espero que literalmente pagues por esto —enfatizó Blue Velvet extendiendo sus brazos, señalando todo el desastre que habían creado juntas.
—Primero tú pagarás por lo que robaste —una de las espadas se había incrustado nuevamente en el televisor ya inservible.
Blue Velvet, quien estaba de pie delante de la pared blanquecina, se percató de lo que iba a suceder.
Kyung hizo que la lanza volviera a su mano aún con el televisor adherido a ella y, con la fuerza del lanzamiento, provocó que el televisor diera contra la pared creando una grieta enorme. Había un agujero en la pared que dejaba a la vista el apartamento de los vecinos de Alan.
Una familia que estaba sentada en el sofá viendo televisión se encontró alarmada ante tal acontecimiento. La madre y sus dos hijas gritaron a todo pulmón al ver la sorpresa. Dos Aberrantes y ambas portaban cuchillos.
—Hola —saludó Blue Velvet con una sonrisa nerviosa.
Kyung se lanzó contra ella. Ambas ahora estaban en el apartamento que no les pertenecía a ninguna de las dos. El padre de la familia tomó a sus hijas y a su esposa y los llevó hacia la puerta.
Todo fue en vano, ya que Kyung salió disparada por la puerta, chocó contra ella y cayó al suelo sin apartar la mirada de Blue Velvet. El hombre, sin saber qué hacer, tomó a sus hijos y a su esposa, guiándolos hacia la esquina más segura que había en casa, sin tantos muebles alrededor.
Blue Velvet lanzaba sus cuchillos de cocina, pero fueron detenidos por las navajas. Había perdido la mayor parte.
—Esta pelea no la va a ganar nadie —sentenció Kyung colocándose de pie—. Tú y yo lo sabemos.
—No lo sé —Blue Velvet se encogió de hombros—, creo que la primera que se canse pierde. Es mejor que la primera que muera. No quiero ir a tu funeral, no estoy disponible esta semana.
—Bien, espero que asistas al de ellos.
Kyung colocó una de sus manos detrás de la espalda y extrajo algo similar a una pelota de metal. No, no era una pelota. Era una granada. Las pupilas de Blue Velvet se habían vuelto diminutas.
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Editado: 28.08.2026