Leopold Joachim cerró un ojo mientras mantenía el otro pegado a la mira telescópica. Sujetaba el fusil M40 con ambas manos, mientras el bípode mantenía el arma firmemente apoyada en el borde de la cornisa.
Su respiración era lenta.
Su pulso, estable.
El objetivo estaba justo donde lo quería.
Leopold apretó el gatillo.
El disparo resonó por encima de los edificios.
Pero, cuando retiró ligeramente el rostro de la mira, sus ojos se abrieron con incredulidad.
Ambos habían desaparecido.
La chica de cabello azul y el hombre que llevaba un antifaz cubriéndole el rostro ya no estaban allí.
Leopold permaneció inmóvil.
Había visto Aberrantes toda su vida. Había perseguido a algunos, había disparado contra otros y conocía perfectamente las habilidades que podían poseer. Pero aquello era diferente.
Había fallado.
Una bala.
Jamás había fallado un disparo en todos sus años de trabajo.
Sus ojos color avellana permanecieron fijos en el lugar donde ambos habían estado apenas un instante atrás. No podía comprender lo que acababa de ocurrir.
Se pasó una mano por el cabello amarillento. Sus dedos se hundieron entre aquella abundante y lisa cabellera mientras soltaba un largo suspiro.
Por primera vez en mucho tiempo, Leopold Joachim no tenía una explicación.
—Fallé —murmuró enervado.
—¿A qué te refieres con que fallaste? —preguntó una voz dentro de su auricular.
La voz era femenina y robusta, siempre tenía ese tono de autoridad.
—No lo sé, Roswell, ¿qué es fallar para ti? —Leopold volvió su mirada en la mira telescópica.
Comenzó a rebuscar entre los peatones que caminaban por allí. Todos parecían peatones comunes, ninguno Aberrante. Lo único que contrastaba era como todos estaban impresionados de que Andron hubiera pasado al lado de ellos sin percatarse.
—La palabra «fallar» no existe en mi vocabulario —respondió Roswell—, y tampoco debería en el tuyo.
—No pasará de nuevo —comentó Leopold sin apartar su mirada.
—Tienen permiso para matar, todos ustedes —sentenció Roswell—, ¿entendido?
—Entendido —respondió Leopold junto con un grupo más en el comunicador.
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—Yo me encargo de él —decretó Blue Velvet—, tú tienes que correr.
—¿A dónde? —preguntó Andron encogiéndose de hombros.
—Tiene que ser lejos —Blue Velvet vio sobre el hombro de Andron—. Esta ciudad ya está plagada, las lacras de ConAbe están aquí y no sabemos cuántas son. Mientras más nos alejemos, será mejor.
—Pero…
—Vete —sentenció Blue Velvet.
Sin decir nada más, Blue Velvet volvió a ser una corriente eléctrica surcada por los cielos despejados. Atravesó las terrazas de los edificios hasta dar con una donde específicamente había un hombre de cabellos dorados y aún podía notar la sombra de su barba. Se detuvo en medio del cuadrilátero. Sus tacones repiqueteando contra el suelo.
Leopold escuchó ese golpeteo y vio sobre su hombro a esa chica de cabellos azules y piernas largas y delgadas descubiertas.
—Supongo que tú debes de ser la nueva marioneta de Roswell —habló Blue Velvet entornando los ojos.
—Tengo una política estricta de no hablar con el diablo —respondió Leopold colocándose de pie viendo su mano en dirección a su bolsillo.
Blue Velvet se percató de dicha acción y antes de que él lograra alcanzar el arma que estaba en su cinturón, ella corrió en su dirección.
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Roswell escuchaba la conversación que tenía lugar en la azotea entre Leopold y Blue Velvet. Podía reconocer aquella voz en cualquier parte.
Era femenina, ligeramente amenazante, pero había algo más en ella. Una especie de picardía, como si disfrutara provocándolo y obligándolo a perder la paciencia.
Roswell permanecía resguardada dentro de la camioneta, con un auricular conectado a uno de sus oídos y una laptop apoyada sobre el regazo. A su lado, sobre el asiento vacío, había otra computadora portátil. En su pantalla se reproducían imágenes en directo de la ciudad: las cámaras de seguridad instaladas en cada semáforo, cada esquina y cada calle cercana.
Unos cuantos golpecitos resonaron en su auricular.
Roswell no necesitaba preguntar qué significaban.
En la azotea se estaba librando una batalla.
Leopold tenía que ganar.
No había otra opción.
Si se dejaba vencer, Roswell solo tendría que presionar un botón.
Y Leopold moriría.
Desvió la mirada hacia la ventana de la camioneta. El restaurante estaba siendo inspeccionado por varios oficiales. Esta vez, las cortinas habían sido apartadas y permitían ver el interior con claridad.
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Editado: 28.08.2026