Mid [#2 Aberrantes]

Capítulo 36 - La corona es muy pesada

Leopold apuntó a Blue Velvet.

Su dedo apenas comenzaba a presionar el gatillo cuando ella se agachó.

El tacón afilado de su zapato pasó junto a la muñeca de Leopold y abrió una profunda herida.

La sangre comenzó a brotar de inmediato.

El dolor hizo que sus dedos se aflojaran y el arma cayó al suelo.

Blue Velvet se incorporó y lanzó un golpe directo hacia su rostro. Leopold logró apartarse justo a tiempo. Apretó los puños mientras la sangre continuaba escurriendo por sus muñecas. La adrenalina comenzaba a inundar su cuerpo, amortiguando el dolor y obligándolo a mantenerse de pie.

Lanzó un puñetazo.

Blue Velvet atrapó su mano con una sola de las suyas. Se giró, aprovechó el impulso de Leopold y le clavó el codo directamente en la barbilla.

El impacto hizo que mordiera su propia lengua.

Un sabor metálico inundó su boca.

El dolor fue insoportable.

Blue Velvet aprovechó la distracción. Se agachó y recogió el arma que había caído al suelo. La levantó y apuntó directamente a la cabeza de Leopold.

Él apenas tuvo tiempo de reaccionar.

Entonces...

¡BOOM!

Una detonación sacudió la calle.

Blue Velvet se quedó inmóvil.

La explosión había ocurrido a cierta distancia, pero incluso desde allí pudo distinguir una columna de humo elevándose entre los edificios.

Entonces llegó otra.

¡BOOM!

Y después otra.

Y otra más.

Blue Velvet bajó lentamente el arma y giró la cabeza.

El humo comenzaba a extenderse por distintos puntos de la ciudad.

No era una explosión aislada.

Era una reacción en cadena.

Algo mucho más grande estaba ocurriendo.

—No —murmuró Blue Velvet.

El sonido se volvió más claro cada vez. Estaba cerca. Notó como una fugaz imagen, Andron, recorría las calles hasta dar contra una esquina. No logró ver más allá, ya que los edificios lo cubrían.

—Nononono —murmuró Blue Velvet.

Leopold corrió hacia ella.

Blue Velvet ya estaba completamente consciente de lo que ocurría a su alrededor. Cuando él se acercó, atrapó su muñeca y sintió inmediatamente el frío del metal.

Una navaja.

Leopold la empuñaba con la mano ensangrentada.

Blue Velvet reaccionó antes de que pudiera utilizarla. Con la mano libre le propinó un golpe directo en el mentón.

La navaja salió despedida.

Blue Velvet la atrapó en el aire.

Sin darle tiempo a reaccionar, se la clavó en el muslo.

Leopold cayó de rodillas y dejó escapar un grito de dolor.

El suelo temblaba bajo ellos.

Las bombas ocultas bajo el asfalto continuaban detonando una tras otra, sacudiendo los cimientos de la ciudad. ConAbe las había colocado allí mucho antes de que Acrisea fuera construida. Blue Velvet lo sabía.

Conocía demasiado bien a ConAbe.

Se acercó a Leopold y arrancó de su oreja el comunicador que llevaba puesto. El grito del hombre apenas consiguió destacar entre los estruendos que sacudían la ciudad.

—¡Roswell! ¿¡Estás loca?! —exclamó Blue Velvet.

Desde aquella altura podía contemplar Acrisea extendiéndose bajo sus pies.

La ciudad que alguna vez había sido una de las más pulcras y hermosas comenzaba a convertirse en una catástrofe.

Los ventanales de los rascacielos estallaban uno tras otro. Miles de fragmentos de vidrio caían desde las alturas, formando una peligrosa lluvia cristalina sobre las calles.

Los gritos de las personas se mezclaban con las alarmas, las explosiones y el estruendo de los edificios.

Blue Velvet observó la destrucción con el rostro endurecido.

Había visto atrocidades.

Había cometido algunas.

Pero incluso ella no era capaz de provocar algo semejante.

—Solo quiero lo mejor para el mundo —dijo Roswell apaciguada.

—¡No habrá mundo si haces esto! —Exclamó Blue Velvet frunciendo el ceño.

—Piensa en esto —respondió—, lo que hago es la misma cantidad de personas que tú y tu amigo matarían solo por querer atrapar a un sujeto que solo quería robar un pan para poder comer.

—Sabes que no hacemos eso —respondió Blue Velvet—. Vamos por las personas que lo valen, personas que incluso tú no puedes controlar.

—Hay muchas personas que refutarían esa idea —respondió Roswell monótona—. Un gran ejemplo eres tú, mírate, te tuve en mi domo por un gran tiempo.

—¿Eso es lo que quieres? ¿Tenerme encerrada en tu cajita por el resto de tu vida?




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