Enrique volvió a asentir y se dirigió a su habitación, él cerró la puerta detrás de él y Lissa se acercó a la ventana. Escuchaba los murmullos de Alan y Twyla. Twyla estaba exaltada mientras que Alan estaba tartamudeando y tratando de relajarla.
No quería ser parte de esa discusión.
Volvió a la ventana y escuchó el chillar de unos frenos. «Si son ellos, los mato, si son ellos, los mato». Las camionetas negras se estacionaron en la avenida cerca de la cera. No tardaron ni un segundo en detenerse cuando de ellos emergieron varios hombres con armas en sus hombros y manos. Corrían adentrándose al edificio, al igual que dos personas que no lograba identificar por la distancia, pero eran parte del equipo de locos de ConAbe. Lissa hizo un puchero.
Habían perdido su escondite más secreto.
—En definitiva, mi vida completa puede ser resumida en solo una oración —interrumpió Lissa y ambos pararon de hablar—: Eso no salió como lo planeé.
Lissa hizo bocina con su mano. Tocó la puerta de Enrique.
—Muévete, ya vienen por nosotros —Lissa alzó un poco más la voz para ser escuchada por la pareja—. Twyla acomoda tu bolso, nos vamos, tú, tú deja de lamentarte que vienen por nosotros y ellos nos matarán si les damos la oportunidad.
—¿Nos matarán? —preguntó Enrique a la vez que abría la puerta.
Enrique embutió todas las prendas que pudo dentro de su mochila, al igual que su cepillo de dientes.
—Posiblemente, así que espero que tengan algún arma o al menos una canción en iTunes porque me encanta pelear con música —Lissa se dirigió a la cocina y tomó el mismo cuchillo con el que había cortado la pierna de Alan.
Abrió la puerta de entrada y escudriñó los corredores.
Estaban vacíos. Vio sobre su hombro a su equipo que murmuraba con turbación.
Colocó su dedo índice sobre sus labios y ellos cogieron la señal, mantuvieron silencio y se acercaron a la puerta. Lissa siguió hasta la pasarela de las escaleras con el grupo detrás de ella como patos bebés, siguiendo a su madre en silencio.
Se asomó por los barandales de las escaleras y notó cómo los hombres uniformados en negro comenzaban a subir los peldaños en su dirección. Escuchaban algunos gritos de los vecinos siendo sorprendidos por los policías. Estaban invadiendo los hogares para saber si estaban escondidos allí.
—Joder —murmuró Lissa.
—¿Qué sucede? —preguntó Twyla.
—Alan —habló Lissa y Alan se acercó a ella—, necesito que te lleves a Twyla y a Enrique lo más lejos que puedas.
—¿Y qué hay de ti? —preguntó él mirándola con rostro severo.
—Después por mí, ahora anda con ellos, ¿de acuerdo? —Lissa tomó el rostro de Alan entre sus manos.
Asintió. Lissa sonrió. Esa sonrisa de nuevo que ocultaba la maldad que había detrás de sus ojos.
Alan tomó a Twyla entre sus brazos cargándola como una niña pequeña, ella liberó un pequeño grito a causa del estupor.
Alan corrió por los peldaños bajando cada escalón a una gran velocidad difícil de ser interceptado. Enrique y Lissa escuchaban los clamores y bocanadas de aire, al igual que los seguros de las armas siendo extraídos, listos para disparar.
—Están arriba —gritó uno de ellos.
—Bien, bien, bien, bien —Lissa tomó a Enrique por sus hombros. Podía sentir su sudor incluso a través de la camiseta que llevaba puesta. Veía cómo las pulsaciones de su cuello aumentaban de ritmo, apostaba que su corazón debía estar luchando por salir—, escucha, Enrique, hay que salir de aquí. Pero para eso hay que matar a esos hijos de puta, lo que debes hacer es esconderte en tu apartamento y cuando cante “La cucaracha” puedes salir, ¿de acuerdo?
—¿Por qué la cucaracha? —preguntó jadeante.
—Porque es la canción más popular del mundo. Y ellos no saben el código, así que escóndete y te aviso. Ve ¡Ve!
Enrique desapareció al cerrar la puerta. Escuchaba los pasos de los policías más enérgicos que antes, estaban decididos a disparar. Lissa vio el interruptor de luz y lo apagó.
No era necesario usar sus poderes después de todo.
Tomó aire y cerró los ojos, al abrirlos no era diferente, todo el piso estaba a oscuras y lo único que podía notar eran las luces que desprendían desde los pisos inferiores.
—¿Está aquí? —preguntó uno de los hombres.
Lissa podía distinguir sus siluetas en la oscuridad, agrupadas frente a ella, con las armas firmemente empuñadas.
No podía esperar a que ellos dieran el primer golpe.
Así que decidió adelantarse.
Se agachó y salió disparada hacia ellos, manteniendo el cuerpo bajo para dificultar que pudieran seguir sus movimientos. Antes de que alguno lograra reaccionar, alcanzó al hombre que parecía estar al mando.
Se lanzó contra él y atrapó su cuello entre los muslos.
Giró con fuerza.
El hombre soltó un gruñido y, al mismo tiempo, el rifle comenzó a disparar.
Los fogonazos de las armas iluminaron el corredor por instantes, revelando la posición de Lissa entre cada ráfaga.
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Editado: 10.09.2026