Mid [#2 Aberrantes]

Capítulo 45 - Cambió su ilusión de seguridad por su libertad

—De acuerdo —Lissa hizo tazas con sus manos—. Ahora a pedir un paseo.

Lissa comenzó a caminar por los rastros de pisadas que Andron había dejado a su paso.

—¿Cómo sabes que allí está la ruta? —preguntó Twyla detrás de Lissa pisando sus talones.

Ambas sentían cómo Enrique continuaba la marcha.

—Andron vino por allí de ida y de vuelta —hablaba Lissa a paso moderado—, para no perderse, tuvo que haber visto una referencia, y ¿qué mejor referencia que una carretera?

—De acuerdo, tienes un buen punto allí.

—Por eso nunca dudo de mi amor o corazón —Enrique estaba detrás de ambas empuñando la correa de su mochila.

—¿Realmente esas líneas te hacen ganar un coño? —preguntó Lissa frunciendo el ceño.

—Y además no tienes filtro. Joder, me vuelves loco.

—No, tú me vuelves loca.

Los tres continuaron caminando por el camino de tierra, aunque ya habían perdido el rastro de las pisadas, sin embargo, continuaban el camino recto. Al cabo de unos trece minutos lograron encontrar la carretera de doble vía. Estaba desierta. No había más que asfalto marcado por una pintura a punto de ser borrada.

—Se los dije —sentenció Lissa y rodeó a Twyla con su mano—, ahora a esperar que llegue un camión.

—Perfecto —Enrique colocó su mano encima del hombro de Lissa.

—Pero voy a necesitar que te alejes, Enrique —Enrique obedeció—, un poco más —él continuó retrocediendo unos pasos—. ¡Más! —Enrique continuó—, un pequeñísimo más.

—Creo que estás exagerando un poco —murmuró Twyla viendo cómo Enrique estaba tan alejado que no lograban distinguirlo y no era nada más que un diminuto punto.

—Créeme —Lissa alzó su dedo pulgar—, sé lo que hago.

No pasó ni un minuto cuando una camioneta blanca marca Toyota iba pasando por la carretera. Lissa mordió su labio inferior y el coche comenzó a bajar la velocidad a medida que iba acercándose a las dos chicas. Una chica de baja estatura tenía aspecto rockero, mientras que la otra era más formal, con un abrigo y un aspecto de ser noble.

El auto se detuvo frente a ambas y bajó los vidrios del pasajero.

—Buenas tardes, chicas —saludó el piloto escudriñando a las chicas de pies a cabeza.

El hombre parecía de cuarenta años de edad. Portaba una franelilla blanca. La música que sonaba en la emisora era una ochentera de volumen bajo; sabían que lo había bajado para ser escuchado.

—Buenas tardes, señor —Lissa fue la primera en responder. Twyla no se sentía cómoda con esta idea—. Pero qué lindo coche tiene —mintió Lissa.

El Toyota era una camioneta marca Hilux, los bordes estaban chamuscados de fango y la pintura estaba desgastada. Pensaba que era gris, pero su techo estaba coloreado de amarillo. Los asientos desde su punto de vista se veían desprotegidos y llenos de mugre.

—Tienen suerte de que no traigo a nadie conmigo —la voz del hombre era ronca por la enorme cantidad de cigarrillos que consumía. Lissa no solo lo dedujo por la voz, sino por cómo el olor azotaba su nariz desde su distancia.

—Mucha suerte —asintió ella y volvió a morder su labio inferior.

—¿Para dónde quieren ir? —preguntó el hombre encogiéndose de hombros.

—Para Acrisea.

—Pero qué casualidad —cantó el hombre—, yo voy directamente para allá.

—¡No puede ser! —Lissa abrazó el brazo de Twyla, la observó con una emoción falsa. Twyla nunca había estado en esta situación y se limitó a sonreír—. Esto es perfecto —Lissa giró sobre sus talones y gritó a todo pulmón: —¡Enrique, corre, nos van a dar una vuelta!

—¿Enrique? —el caballero estaba perplejo.

Antes de que pudiera reaccionar, las chicas habían abierto la puerta del copiloto y se adentraron viendo cómo un chico comenzaba a correr en su dirección. No había asientos delanteros, por lo que Enrique tuvo que montarse en la parte trasera del coche aferrándose de los pasamanos y evitando caerse por el asfalto. Lissa volvió a sonreír, pero el hombre solo le devolvió la sonrisa por pura decencia.

Twyla se sentía ajena en esta situación. Estaba en un coche mugriento. Podía oler el cigarrillo a su alrededor sin contar con las migajas de comida que había encima de la guantera. Varios peluches pendían del espejo retrovisor y el señor no le daba nada de confianza. Se estremeció ante esa sensación de incomodidad.

—Oye —Lissa irrumpió en su ensimismamiento—, todo estará bien.

Lissa colocó una mano encima de su regazo.

—Lo sé, pero no puedo evitar sentirme mal por lo de Alan —murmuró Twyla a pesar de que el conductor no estaba al tanto de ellas ahora y la música lograba disfrazar su conversación.

—Estará bien, solamente hace lo que muchos Aberrantes pensamos, pero tememos que hacer.

—¿Qué cosa?

—Él cambió su ilusión de seguridad por su libertad. Los Aberrantes, desde que llegaron al mundo, fueron encadenados, luego liberados, pero aún así con las muñecas atadas. Nosotros tendremos voz propia para demostrar que los Aberrantes somos diferentes, peleamos por un bien mayor y somos personas como ustedes.




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