Andron llegó al apartamento de su madre tan rápido como pudo. Era un desastre. La puerta de entrada estaba abierta de par en par sin contar con cómo la mesa de cristal estaba boca abajo y quebrada, los libros se hallaban en el suelo y la cocina estaba encendida. Su piel era blanca como la nieve.
Corrió y apagó la hornilla. Esto fue horrible. Solo podía imaginar los peores escenarios. Su madre había dado pelea ante su secuestro. No debería estar secuestrada, debería estar aquí. Debería, pero sabía que no lo estaba. Agradecía que no hubiera manchas de sangre en el suelo.
Varios instrumentos de cocina habían sido esparcidos por los suelos. Ella estaba buscando un cuchillo. Continuó caminando, escudriñando la habitación. El televisor estaba intacto. No podía oler nada más que la carne quemada que estaba en la cocina. El sofá estaba rasgado por una especie de cuchillas. No podía decir si era una espada, un cuchillo de cocina o una navaja.
La sangre comenzaba a hervirle. No sabía si lo que le embargaba era el terror o la ira. Tragó saliva. Apretó su puño sintiendo cómo sus uñas se clavaban en sus palmas. Observó la ventana. Esta era una de las pocas cosas que seguía intacta. Había un rastro de tierra por los suelos. La maceta había caído también junto con la planta.
Esta vez continuó escudriñando por las habitaciones, el cuarto de baño, el armario, nada. No estaba en ningún lugar. Su mamá estaba desaparecida. Maldijo en un susurro.
Andron escuchó unas fuertes pisadas, incluso sintió el temblor del suelo. Giró sobre sus talones para percatarse de que había un Aberrante en la puerta de entrada.
No era una persona. Esta cosa era enorme.
Era verde y de gran tamaño. Le costó atravesar la portezuela. No poseía una nariz, solo dos hoyos en su rostro. Sus ojos eran enormes y sus pupilas eran dos líneas verticales. Su cuerpo completo era escamoso y de color esmeralda. No llevaba camiseta, pero sí un pantalón azabache. Sus pies estaban descubiertos y, al igual que sus uñas, eran garras afiladas y largas de gran grosor.
Andron no sabía cómo reaccionar. Estaba siendo intimidado por un Aberrante del mismo tamaño que un oso. Escuchaba su respiración desde su lugar, un gruñido.
—¿Qué eres? —preguntó Andron viéndolo de pies a cabeza.
—Head...ley —gruñó.
Andron había escuchado ese nombre en algunas páginas web. Hablaban de cómo Headley era un monstruo que robaba, asesinaba y comía personas. Recientemente había sido visto en un centro comercial peleando con Blue Velvet, pero desde ese momento no sabían nada más de su paradero.
—Te conozco —murmuró Andron—, tú eres el chico cocodrilo.
Headley alzó más su cabeza de manera retadora. Agitó su cola colocándola a su costado para que pudiera ser vista.
—Pensé que me dirías otra cosa —habló Headley con lentitud y voz ronca.
«Monstruo», pensó Andron, pero no se atrevía a decirlo.
—Te puedo decir otras cosas a ti y a tu madre hasta que me digas dónde está la mía —dijo Andron con tono despectivo.
—¿No eres muy joven para estar aquí? —A duras penas, Andron lograba entenderle. Las palabras luchaban por salir entre su voz tan gruesa y sus dientes tan afilados—. Esto es algo de vida o muerte, chico. Hay personas que han estado en tu lugar jugando a ser una buena persona y han muerto sin que su nombre fuera escuchado.
—Pero yo tengo el valor y el coraje para hacerlo —Andron frunció el ceño.
Headley caminó un poco más y tomó el sofá que los dividía a ambos. Lo lanzó contra la pared, haciéndolo trizas como si se tratara de algo diminuto. Andron retrocedió observando cómo el sofá se hacía un juego de algodón con telas rasgadas.
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—Haz que se acerque más a la ventana —murmuró Leopold a su comunicador adherido a su oído.
Él se hallaba en la cornisa de un edificio. Su fusil de asalto estaba bien colocado en el borde de la azotea, el bípode lo mantenía estable y gracias a la mirilla podía identificar los pies de Andron, solo un poco. Estaba retrocediendo.
No sabía qué era lo que Headley estaba haciendo, pero lo estaba logrando.
Se acercó más a la mirilla y con su dedo tocó el gatillo. Acariciaba ese gatillo con la esperanza de poder apretarlo.
Podía notar cómo en el piso ocho Andron estaba cada vez más cerca de su punto. Evitaba parpadear, sabía lo rápido que era este sujeto y sabía que él no iba a poder contra Headley. Era una montaña con patas.
—Más cerca —continuaba Leopold en su comunicador.
Un paso más y sería suficiente. Solo un paso… y todo terminaría.
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—No sé quién es tu madre y te aseguro que no me importa, pero sí me importa una cosa, niño —exclamó Headley y dio un paso al frente haciendo que Andron retrocediera un poco más—, y es que no existen ataúdes de tu tamaño aún.
—¿Y los hay del tuyo? —respondió Andron.
Sentía el nudo en su garganta, era su subconsciente pidiéndole que parara, sabía quién tenía la ventaja en esta situación, pero no iba a parar hasta tener respuestas.
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Editado: 10.09.2026