Mid [#2 Aberrantes]

Capítulo 48 - Tú

El coche había dejado a las chicas y a Enrique en el borde del domo, puesto que había dejado de funcionar. Le explicaron lo que había ocurrido, una clase de campo electromagnético. Los tres continuaron su camino a pie. Habían tardado media hora en llegar hasta el apartamento de Brown. Comenzaba a oscurecer y las calles estaban desoladas, no se escuchaba ni un murmullo en toda la cuadra.

Los tres entraron al apartamento y comenzaron a subir los peldaños. Esta vez lograban escuchar las voces detrás de las puertas.

Al menos había vida en este lugar.

Subieron hasta el piso nueve y se dirigieron a la puerta más cercana a los peldaños.

Twyla tocó la puerta, pero los nudillos al hacer el impacto hicieron que la puerta se abriera. Ya estaba abierta. Alguien entró primero que ellos. Al notarlo, Lissa tomó a Twyla por su hombro y la arrastró detrás de ella. Lissa aún conservaba el arma que les había arrebatado a los trabajadores de ConAbe en el apartamento de Enrique.

—Detrás de mí —murmuró Lissa y ambos asintieron.

Lissa abrió la puerta de una patada y apuntó con su arma lo que fuera que vieran sus ojos. No había nada, ni nadie. Estaba vacío.

Lissa escondió el arma de nuevo. Sin embargo, eso no significaba que no hubiera peligro. El apartamento era un desastre. Los sofás estaban desgarrados como si un tigre se hubiera pasado por allí, las librerías estaban en el suelo al igual que los libros, diversos platos estaban quebrados y esparcidos al igual que el televisor.

—¿Tu tío es así de sucio? —preguntó Lissa sobre su hombro a Twyla.

—Lo es, pero tampoco tan extremista.

Twyla escudriñaba el lugar sin saber qué más decir. Su tío no estaba tan mal como para haber dejado el lugar en un desastre. Se acercó a la cocina y se colocó de cuclillas tomando un trozo de plato.

—Hubo forcejeo por aquí —sentenció Twyla.

—Revisaré las habitaciones —exclamó Enrique y abrió la primera puerta que había.

—Fue una buena pelea —admitió Lissa y se acercó al televisor.

Twyla se fue acercando cada vez más a la cocina hasta perderse de vista, mientras que Lissa continuaba preguntándose qué carajos había pasado. Vio a su alrededor y no había una pizca de sangre, ni siquiera muestras de una pelea a mano armada. Podía ser de puños, pero, repetía, no había sangre.

Se acercó al librero e intentaba adivinar cómo podía tumbar un librero, una pelea. Un televisor de pantalla chica era aceptable, pero el librero había caído de frente, no de costado, por lo que en su batalla campal no pudo haber caído, ni siquiera como distracción. El apartamento era enorme.

¿Por qué usaría platos para lanzarlos contra su contrincante y no un cuchillo como defensa?

—Esto no fue ConAbe —murmuró Lissa y tomó uno de los libros que habían caído al suelo.

ConAbe era más conocido por la manera en que lidiaba con sus asuntos. Eran rudos cuando la situación lo ameritaba, pero esta no era una de esas. Eran limpios, ordenados. Esto parecía una masacre donde nadie había perdido. Podía haber sido un robo, pero no se habían llevado el televisor de pantalla plana ni la laptop que vio encima de la mesa de cocina.

Todo estaba mal.

Era una trampa.

—¡Twyla! —exclamó ella.

Hizo un ademán para ir a la cocina; sin embargo, se detuvo en seco al ver a una niña con brazos en forma de cuchillas detrás de Twyla. La niña rozaba la cúspide de las navajas por la espalda de Twyla. Lo podía notar por la mirada de pánico de la chica. Sus ojos parecían salir de sus cuencas y sus piernas estaban agitándose.

Sin dudarlo, Lissa corrió a la habitación, pero de nuevo se detuvo al ver cómo otra mujer, esta vez contemporánea a ellos, se posaba en el portal con una sonrisa llena de satisfacción.

—Puedes salir, chico —murmuró la mujer de cabello castaño y largo.

Enrique vio a Lissa a los ojos, estaba pidiendo ayuda con la mirada, pero no había nada que ella pudiera hacer. Asintió tratando de brindarle algo de coraje para que saliera, que obedeciera. Enrique salió y al dar un paso fuera, una especie de óvalo se abrió en el suelo. Enrique ya había pisado el óvalo, comenzó a caer. Era un portal.

Enrique había desaparecido.

El óvalo se cerró ante sus ojos.

—¡No! —exclamaron Twyla y Lissa al ver cómo el hombre desaparecía.

Twyla se preparó para correr; sin embargo, la otra navaja libre de la chica se posó en su cuello.

—Si te mueves, mueres —murmuró Shaper lo suficientemente alto como para ser escuchada por Lissa.

—Malditas infelices —respondió Lissa.

Extrajo su arma nuevamente y comenzó a disparar en dirección a Scorpion.

Scorpion ya lo había notado por su manera tan violenta de moverse. Extendió sus manos y creó otro portal haciendo que las balas cayeran en él como una diana. Las balas desaparecieron y no quedó nada más que el eco de la espoleta.

—Me disparó —murmuró la mujer de cabello castaño, luego gritó—: ¡Ella quería matarme!




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