El ruido no fue nada comparado con el dolor de la bala atravesando su pierna. Andron liberó un grito de dolor. El hecho de ser un Aberrante no le hacía desconocer el dolor.
—Maldición —gruñó.
Continuaba gritando mientras que Roswell y Drücker lo observaban con indiferencia. Drücker guardó el arma en su portafolio. Roswell se acercó nuevamente apoyando sus manos en el respaldo de la silla.
—Sé de sobra que los Aberrantes sanan rápidamente —Andron ahogó sus gritos mientras que Roswell continuaba hablando—, pero veo que el dolor persiste en usted. Imagine mi dolor cuando perdí a ese monstruo.
El rostro de Andron era rojo carmesí. Roswell no lograba descifrar si era por el dolor o el llanto.
—El único monstruo aquí es usted —habló Andron entre dientes.
—Al fin le crecieron bolas. —Una sonrisa llena de malicia se asomó en los labios de Roswell.
—Les dije que no sé dónde está. —Las venas brotaban del cuello de Andron. Esta vez era la ira apoderándose de él.
—Te creo —Roswell comenzó a rodear la mesa que los dividía y Andron se limitaba a ver a Drücker—. Creo que no sabes dónde están porque había personas en su apartamento. En el de tu madre dejé algunas personas y tus amigos nunca llegaron. Y sé que no están muertos, porque ella no dejaría que eso pasara.
»Si fuera una incrédula, pensaría que ella te dijo una ubicación, que se encontraría en algún lugar después de tomar a tu madre. No esperabas que un francotirador estuviera allí. Y no te culpo, yo tampoco.
Andron respiraba pausadamente. El tono de su piel volvía a normalizarse al igual que su respiración.
—Se equivoca. La última vez que los vi fue en un desierto. No sé dónde están; no acordamos un sitio.
—¿Dividirse sin acordar un sitio? —Roswell frunció el ceño—. Inusual. La izquierda.
—¿Qué?
Otra bala fue dirigida a su pierna izquierda. El dolor prevalecía. Las balas atravesaban su cuerpo y podía sentir cómo la sangre comenzaba a correr debajo de su traje.
—¡Joder! —exclamó.
Mordió su labio inferior con la intención de no demostrar su sufrimiento. Era en vano, porque la sangre les daba indicios de que el suplicio debía ser tormentoso.
—Podemos seguir aquí todo el día, toda la noche si desea —Roswell tomó asiento nuevamente—. Tomo turnos con el señor Drücker y así nadie se agota.
—No… Sé… Dónde… Están… —Andron cerró los ojos permaneciendo cabizbajo.
Había cambiado. Realmente había cambiado.
El niño, lleno de esperanzas, el que podía tomar criminales en un parpadeo, el que sonreía cada mañana al ver a Twyla, el niño que era feliz con la llamada de sus madres. Lo olvidó por completo. Solo había dolor y enojo. Su aura era de un color rojo vivo como la sangre que caía al suelo, creando un charco bajo sus pies.
Había imaginado que éramos la vida de los supuestos “héroes”, pero no pensó que sería tan drástico, no así.
—Le contaré una historia. Se la leí a mi sobrina la otra noche. Se llama “La hormiga hambrienta”. Había una vez una hormiga que se separó de su fila; esa hormiga encontró un tarro de azúcar. La hormiga probó el tarro de azúcar antes de avisarles a sus amigas, pero el dulzor era tan complaciente que no pudo detenerse, así que se lo comió ella sola.
»Después de eso, volvió con sus amigas y ellas, preocupadas, le preguntaron: “¿Dónde estabas?”. La hormiga mentirosa dijo que fue a buscar agua, pero lo que no sabía era que tenía trozos de azúcar en toda su boca; su olor era diferente. Todas le exigieron la verdad.
—¿Qué tiene que ver esto con todo esto? —murmuró Andron.
Su pierna comenzaba a recomponerse. Sentía cómo el dolor se apaciguaba.
—Que seguirás siendo una hormiga mentirosa porque eres amiga de ese monstruo —respondió Roswell.
La palabra cayó como un martillo. “Monstruo”.
Andron sintió el peso de la acusación, más frío que el metal que alguna vez sostuvo en sus manos.
Roswell se inclinó ligeramente hacia él, como un verdugo hablando al oído de su víctima.
—Y lo peor de todo… no eres diferente a ella. Solo te mientes mejor.
Las luces parpadearon una vez, como si la energía en la habitación fuera insuficiente para soportar el peso de las palabras.
Andron respiró hondo, con la mandíbula tensa, mientras el eco de las palabras de Roswell se quedaba atrapado en su cabeza.
—No estoy mintiendo —murmuró.
Roswell volvió a asentir.
Andron sabía que no importaba cuántas veces dijera la verdad; aunque jurara por su madre que decía la verdad, Roswell seguiría insistiendo en que él estaba mintiendo.
—De acuerdo.
Roswell dio media vuelta y se acercó a Drücker. Le susurró algo a su oído y se marchó cerrando la puerta de un tirón. El golpe de la puerta le dio un poco de tranquilidad. El saber que Roswell se había largado le había dado un alivio enorme.
Alzó su mirada. En efecto, solo estaba Drücker, que continuaba de pie y cruzado de brazos, reclinado en la pared con actitudes de “no quiero estar aquí”.
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Editado: 08.10.2026