Mid [#2 Aberrantes]

Capítulo 58 - Una droga de discoteca

Cooper respiró hondo antes de tocar la puerta de Murphy.

La madera desgastada tenía marcas recientes, probablemente del momento en que habían irrumpido. Apenas la golpeó un par de veces cuando la puerta se abrió lentamente, como si el ocupante estuviera esperando que alguien llegara.

Murphy apareció en el umbral. Su expresión era una mezcla de sorpresa y temor. Parecía estar preparado para cualquier cosa, y Cooper no lo culpaba. Pero en cuanto los ojos de Murphy lo reconocieron, su rostro cambió por completo.

—¡Cooper! —exclamó, abriendo de golpe la puerta y estrechándolo entre sus brazos como si no hubiera un mañana.

El abrazo de Murphy era abrumador. Sus brazos eran tan anchos que, como Cooper solía bromear, podría tatuarse todos los versículos de la Biblia y aún le sobraría espacio. La fuerza descomunal de Murphy lo envolvió, literalmente aplastándole los pulmones.

—Me alegra ver que estás bien, hermano —dijo Murphy con sinceridad.

—No puedo… respirar —logró murmurar Cooper, con el poco aire que le quedaba.

Murphy lo soltó de inmediato, levantando las manos como si hubiera cometido un crimen.

—Lo siento, lo siento —dijo apresuradamente, aunque sus ojos reflejaban un alivio sincero—. Estaba preocupado. Rompieron la puerta de entrada, pero no…

—Tranquilo —Cooper lo tomó por los hombros, firme—. Todo está bien. Nos dejaron ir.

Murphy parpadeó, incrédulo.

—¿Los dejaron ir? —repitió con un tono de incredulidad que rozaba lo cómico—. ConAbe jamás hace algo así.

—Bueno… —Cooper suspiró, soltando los hombros de Murphy—. Tuve que hacer un trato con el diablo para sacarnos de allí.

Murphy lo miró con el ceño fruncido, su preocupación volviendo.

—Cooper…

—No podía dejarlas allí —la voz de Cooper tembló ligeramente, cargada de culpa—. No puedo dejar que ConAbe siga torturando a las personas por nacer diferente.

Murphy se relajó, aunque su preocupación no desapareció del todo.

—Está bien, hermano. Tranquilo —cerró la puerta detrás de él y se cruzó de brazos, inclinando un poco la cabeza—. Cuéntamelo todo.

Cooper lo invitó a su apartamento, donde las chicas dormían en su habitación, agotadas por los eventos recientes. Una vez sentados en el pequeño sofá, Cooper le relató todo, desde cómo los habían capturado hasta el trato con Roswell, aunque omitió que Darrin fue quien los delató.

Murphy lo escuchó en silencio. Su enorme figura ocupaba casi todo un lado del sofá.

—¿Y ahora tienen que atrapar a otro Aberrante? —preguntó, finalmente, su tono lleno de escepticismo.

—No exactamente —Cooper pasó una mano por su cabello, claramente agotado.

—¿Entonces?

—Es Parker.

El nombre cayó como un peso en la habitación.

Murphy apretó los labios y se inclinó hacia adelante.

—¿Bueno o malo?

—Definitivamente malo —Cooper dejó escapar un suspiro largo, casi resignado.

Los recuerdos lo golpearon con fuerza. Parker era un dolor constante, una espina en su costado que parecía disfrutar de hacerles la vida imposible. Siempre ganaban, sí, pero Parker era… incansable.

Murphy lo observó mientras Cooper se inclinaba hacia el sofá y sacaba una laptop de debajo.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Murphy, viendo cómo los dedos de Cooper se movían frenéticamente sobre el teclado.

—Buscando.

—¿Buscando qué?

—Noticias, redes sociales… cualquier cosa que nos dé una pista.

Murphy frunció el ceño, inclinándose ligeramente hacia la pantalla.

—¿Y crees que Parker dejará un rastro tan fácil?

Cooper lo miró por un segundo y soltó una risa seca.

—No, pero vale la pena intentarlo. Nunca se sabe con ese idiota.

Murphy se recostó en el sofá, cruzando los brazos, pero no dijo nada más. Él sabía, tanto como Cooper, que este trabajo no iba a ser sencillo. Pero en ese momento, no importaba lo difícil que fuera. Lo único que importaba era que, por primera vez en mucho tiempo, estaban juntos en esto.

Cooper desvió la mirada de la pantalla por un momento, respirando hondo antes de seguir navegando. Sus dedos se movieron con precisión sobre el teclado, saltando entre foros clandestinos, redes sociales y noticias locales.

Nada concreto.

Los reportes hablaban de una nueva droga alucinógena que estaba causando estragos en la ciudad. Ataques de paranoia, crisis nerviosas, alucinaciones tan intensas que habían llevado a más de un usuario a lanzarse de edificios, creyendo que podían volar. Pero no había información sobre dónde se conseguía, ni quién la distribuía.

Los casos eran dispersos. Sin patrón aparente.

Pero Cooper lo entendió en el acto.

Una droga como esta no se vende en las calles. Se vende en la oscuridad, donde nadie hace preguntas.




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