Lissa abrió las puertas de par en par revelando la hermosa habitación que acababa de alquilar en el hotel. Una araña de cristal pendía del techo y la habitación era una mezcla de colores entre blanco y dorado. Había dos camas matrimoniales cubiertas de una cobija blanca como la nieve.
Era hermoso.
Lastimosamente, Lissa fue la única en admirar la belleza del lugar, puesto que el resto aún continuaba pasmado por lo que acababa de ocurrir.
—Es bellísimo —comentó Lissa y se sentó en el borde de la cama—. Tenemos un balcón.
Twyla hizo caso omiso y se dirigió directamente al televisor, lo encendió y comenzó a cambiar de canales, mientras que Melissa y Shawn continuaban discutiendo con Alan.
—¿Y por qué decidiste hacer esto, corazón? —preguntó Melissa—, es un mundo muy peligroso.
—Lo sé, mamá —continuó Alan y colocó las bolsas que habían comprado encima de la cama libre—, es que… quería ser parte del cambio. Realmente me gusta pertenecer a algo, y más si es algo bueno.
—Querías ser como los locos de Pestrom —continuó Shawn Brown.
—Eso no es malo —se defendió Alan—, ellos intentan defender un punto. Son personas normales y aun así pelean con los Aberrantes. Imagínate yo, que soy un Aberrante difícil de alcanzar: yo podría demostrar que no todos los Aberrantes son malos.
El último en cerrar la puerta fue Enrique, quien tomó asiento al lado de Lissa. Twyla continuaba zapeando por el televisor sin lograr encontrar lo que buscaba.
—No entiendo por qué nos encerraron en París —comentó Enrique—. Entiendo que nos querían lejos, pero…
—Quieren culpar a los Aberrantes de robo —respondió Lissa y se acostó en la cama dejando que sus piernas colgaran en el borde—, nos encerraron debajo de un banco francés, destruimos el lugar por completo y aunque no nos hayamos robado dinero…
—Sí lo hicieron —intervino Alan.
Lissa frunció el ceño por cómo pasó de su conversación con sus padres a una conversación con ella.
—¿A qué te refieres? —preguntó Lissa.
—Cuando entré al banco y revisé todo el lugar, no había nada de dinero.
—Genial —bufó Lissa.
—Hijo, escúchame —continuó Melissa y tomó el hombro de Alan para que su atención se centrara solo en ella.
Twyla dejó de cambiar canales y dejó uno en donde mostraban noticias. Sin embargo, el volumen era demasiado alto. La mamá de Alan y él continuaban hablando y todo era ruido para los oídos de Lissa. Necesitaba un momento a solas, respirar, necesitaba estar en silencio y pensar en un plan.
—Querida —Enrique estaba a su costado, igual de tendido que ella—, es la ciudad del amor, ¿qué piensas hacer?
Lissa colocó los ojos en blanco. Lo que menos quería era escuchar a Enrique.
Se levantó de la cama y se dirigió al balcón. Quería sacarle provecho al dinero que había gastado. Era una de las habitaciones de lujo de este hotel. Tenía balcón, una hermosa vista, una tina, televisor por cable. Había comprado todo el paquete para que la familia y amigos de Alan se sintieran cómodos. Sin embargo, esto no iba a pasar. Estaban muy desconcertados.
Cerró la puerta del balcón y lo único que lograba escuchar eran los coches y los perros ladrando. Era mejor que estar dentro de esa habitación. Todo era mejor si no estaba Enrique a su lado respirando en su nuca.
Inhaló.
Había pasado mucho tiempo desde la última vez que visitó París. Incluso antes de conocer a Jeff Jacob. Sabía que este no era momento para recordar, pero si algo debía hacer era relajarse para luego pensar.
La ciudad era un caos y esta mujer, esta desconocida con máscara blanca estaba siguiéndole los pasos.
¿Quién era?
La reconocía por lo que le había hecho a Darrin hace años, pero esto era demasiado. Además de eso, no la había conocido en su vida; no la reconocía de nada. Había matado tanta gente, hecho tantos enemigos que no reconocería la cara de todos.
Debía saber el nombre de esta mujer. Su voz la hacía estremecer, y le perturbaba cómo esa desconocida sabía su identidad.
Pero ellas la conocían. Scorpion y Shaper.
Quizás Alan sabría de ella si supiera de Scorpion. Debía tocarlo para tener recuerdos de Deanna, pero no podía tocarlo. Ambos eran incompatibles.
Tocaría a Scorpion entonces. No, no podía.
Ella era un veneno andante. Había leído sus registros. Tenía la piel llena de toxinas; nadie podía tocarla.
¿Shaper? ¿Ella sabría la identidad de la mujer enmascarada?
Escuchó la puerta abrirse a sus espaldas. Vio sobre su hombro cómo Alan entraba con cuidado al mirador y la cerraba despacio.
—Hola —sonrió Lissa.
—Hola —respondió Alan y se colocó a su lado observando los demás apartamentos—, ¿por qué tan solitaria?
—Hay mucho ruido dentro —respondió Lissa—. Dios, daría mi reino por un cigarro.
—No sabía que fumabas —Alan sonrió a la vez que fruncía el ceño.
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Editado: 08.10.2026