La habitación estaba sumida en la penumbra. Shixed flotaba en el aire, a unos cuarenta centímetros del suelo, con las piernas cruzadas y las manos aferradas a sus rodillas.
Respiraba. Despacio. Profundo.
No pensaba en la discoteca.
No pensaba en ConAbe.
No pensaba en su familia.
Pensar era un error.
Así que solo se concentraba en su respiración, dejando que cada inhalación disipara los pensamientos que amenazaba con colarse entre sus defensas. Aquí, en la oscuridad, en este estado de suspensión, todo estaba en calma.
Knock. Knock.
Shixed abrió los ojos lentamente, exhalando con resignación. Suspiró y dejó caer las piernas, aterrizando con un movimiento ligero.
La luz de la sala la golpeó como un flash repentino.
Por un momento, sus ojos tardaron en ajustarse. No sabía qué la había cegado más: la iluminación de la sala de Cooper o la sonrisa radiante de Phemphit.
—¿Practicando? —preguntó Phemphit con curiosidad, inclinando la cabeza.
Shixed entrecerró los ojos y apoyó un brazo contra el marco de la puerta.
—No. Estaba preparándome para convertir mi habitación en un portal al infierno —su tono era seco, pero sin malicia.
Phemphit sonrió, acostumbrada a su sarcasmo. Pero en su sonrisa había algo más. Algo tenso.
—Shixed… —Phemphit bajó la mirada, su expresión perdió la chispa que siempre la acompañaba.
Shixed lo notó de inmediato. Algo estaba mal.
—Dime —la voz de Shixed se suavizó.
Phemphit se cruzó de brazos y se apoyó contra el marco de la puerta. Parecía estar luchando con las palabras.
—Es solo que… —soltó un suspiro frustrado y negó con la cabeza—. Tengo miedo.
Shixed parpadeó, sorprendida por su franqueza.
—¿De qué? —preguntó con calma.
Phemphit la miró con algo parecido a la vergüenza.
—De todo —su voz bajó un tono—. De ConAbe, de que me sigan persiguiendo, de que no sea suficiente para estar aquí. Todos ustedes… Son personas importantes, han salvado vidas.
Shixed cruzó los brazos. “¿Y tú no?” Quiso decirlo, pero Phemphit la interrumpió antes de que pudiera abrir la boca.
»Desde que me secuestraron… no me siento preparada para esto. No me siento como alguien que pertenece aquí.
Shixed la observó por un largo momento. Finalmente, habló.
—Phemphit… si ConAbe se fijó en ti, fue por una razón.
Phemphit frunció el ceño.
—¿Eso debería hacerme sentir mejor?
Shixed soltó una risa seca.
—Significa que eres buena. Que eres fuerte. Que eres increíble.
Phemphit se tensó por un segundo.
—¿Y tú qué? —susurró.
Shixed ladeó la cabeza.
—¿Yo qué?
Phemphit se giró por completo hacia ella.
—Dices que tendré un hogar aquí. Que tendré un propósito. Pero… ¿Qué pasa contigo?
Shixed sintió cómo un peso se asentaba en su pecho. Esa era la pregunta que evitaba.
Porque no tenía una respuesta.
Miró hacia otro lado.
—No sé qué haré cuando todo esto termine.
Phemphit dio un paso adelante y tomó su mano.
—Siempre tendrás un lugar conmigo.
Shixed la miró sorprendida.
—¿Tú estás segura de eso? —susurró.
Su tono sonaba más frágil de lo que le gustaría admitir.
Phemphit asintió, sin dudarlo.
—A nadie le importa si eres la hija de un demonio o de un político corrupto. Los Aberrantes ya somos considerados monstruos para ellos.
Shixed parpadeó, sorprendida por la claridad de sus palabras.
Phemphit sonrió.
—Si todo el mundo va a pensar que somos lo mismo, entonces qué más da.
Shixed no pudo evitarlo. Sonrió.
Pero el momento se rompió cuando escucharon la puerta principal abrirse de golpe.
Ambas se giraron al mismo tiempo.
Cooper y Murphy entraron con la energía de una tormenta.
—Espero que no hayan hecho las maletas —la voz de Cooper era firme, pero con un deje de emoción contenida.
Phemphit arqueó una ceja.
—¿A dónde vamos?
Murphy sonrió.
—A Pestrom.
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Editado: 25.10.2026